martes, 13 de mayo de 2014

Las afirmaciones negativas y la "carga de la prueba"

La llamada "carga de la prueba", expresada por medio de la sentencia latina affirmanti incumbit probatio, viene a significar que dentro de una discusión lógica corresponde siempre a quien afirma demostrar la existencia de lo afirmado. Es por eso que los ateos no deberíamos entrar en esa discusión irresoluble sobre la existencia, o no, de Dios (más adelante, veremos que simplemente no es una hipótesis científica ni puede deducirse de la razón).

Existen muchos argumentos para oponerse a la creencia sobrenatural, pero desde un punto de vista ontológico hay que decir que la evidencia nos demuestra que algo como Dios (o sobre cualquier ser que trascienda el mundo natural) es sencillamente una fantasía del ser humano (una fantasía que podemos demostrar posee muchas caras). Richard Dawkins recordó en la introducción de El espejismo de Dios una frase de Douglas Adams, escritor y guionista de los Monty Python, en su libro Guía del autoestopista galáctico: "¿Es que no hay suficiente con ver que un jardín es hermoso, sin tener también que creer que está habitado por hadas?". Cuando alguien afirma la existencia de algo excepcional, algo que resulta bastante sencillo y habitual, no puede ponerse al mismo nivel que los que negamos la afirmación debido a las evidencias en contra. Si queremos progresar en el conocimiento, es necesario probar las afirmaciones positivas que realizamos, o de lo contrario nos rendimos a esa poderosa herramienta creativa que es la imaginación. En conclusión, la carga de la prueba reposa sobre aquellos que realizan una afirmación fuera de lo común y, consecuentemente, deberán respaldarlas con argumentos convincentes.

El ateo no tiene que probar la inexistencia de Dios (tampoco de hadas, duendes, unicornios o de cualquier otro ser sobrenatural), simplemente se respalda la afirmación negativa con la falta de evidencias para demostrar su existencia. La lógica nos dice que es mejor prescindir de la idea de Dios, y en futuras entradas veremos que la afirmación sobre su existencia tiene muchas implicaciones sobre nuestra propia vida, no solo es una cuestión intelectual o meramente ontológica. Bertrand Russell, en un artículo escrito en 1952 para la revista Ilustrated Magazine llamado "¿Hay Dios?", planteó su lúcida y divertida analogía con una supuesta tetera de porcelana que giraba alrededor del Sol. De afirmar semejante cosa, nadie podría refutarnos, pero si dijéramos que por eso se trata de una "presunción intolerable por parte de la razón humana", todo el mundo pensaría que estamos diciendo una sandez sobresaliente. Russell decía que, en cambio, si la existencia de la tetera se afirmara en los libros antiguos, se enseñara como una verdad sagrada e incluso se enseñara en los colegíos a los críos como algo incuestionable, quien afirmara lo contrario sería tildado de excéntrico. El autor de Por qué no soy cristiano, una vez más, es tan lúcido como sencillo en sus plantemientos, la teoría de la tetera es simplemente "no científica", ya que no puede demostrarse su veracidad. Es una hipótesis que no entra dentro del terreno científico, lo que viene a significar que no es "falsable", pero la sensatez nos dice que debemos desccartar su afirmación mientras no haya evidencias que la respalden. Lo mismo ocurre con la idea de Dios.

En la actualidad, y no solo con el pensamiento religioso tradicional, existe una habitual (y falaz) controversia sobre lo que consideramos conocimiento científico. Hay que recordar, una y otra vez, que lo que entendemos por tal cosa es el continuo intento de confirmar la eficacia de las hipótesis; solo cuando se logra de manera fehaciente, sin que haya contradicción en los fenómenos observados, puede reconocerse su validez. Sin embargo, hay que aceptar que ese valor otorgado es siempre provisional, ya que el conocimiento suele avanzar e ir corrigiendo errores y completando informaciones que anteriormente eran parciales. En algunos casos, las evidencias pueden demostrar el fracaso radical de una teoría y ser substituida por completo por otra nueva. La ciencia, en ningún caso, debería basarse en dogmas y sí en evidencias, y en el contraste de opiniones con el afán de mejorar las soluciones a los problemas planteados.

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