martes, 30 de diciembre de 2014

Russell y la existencia de Dios

En un conocido debate sobre la existencia de Dios, Bertrand Russell comenzó declarándose agnóstico. Es fácil de comprender esa postura, ya que su rival le pidió que se manifestara sobre la creencia en lo que podemos llamar la idea de Dios: un ser personal supremo, distinto del mundo y creador del mismo. Desde un punto de vista estrictamente científico, la posición de Russell fue la más inteligente, la existencia de Dios no es una hipótesis falsable, es decir, no puede demostrarse y, por lo tanto, tampoco su inexistencia.

Los religiosos se empecinan en referirse a Dios como un ser "necesario", término opuesto a "contingente", mientras que Russell se niega a entrar en esa lógica que le es extraña. La palabra "necesario" solo cobra sentido aplicada a proposiciones analíticas, es decir, aquellas cuyo valor de verdad se desprende del significado de los términos involucrados. Para entender por qué se considera que la idea de Dios no tiene sentido, solo hay que cotejarla, por ejemplo, con el universo. Un creyente insistirá en asociarla a Dios, en reducir la relación causal a ese ser "necesario" y en buscarla un significado en función de ello, pero la palabra "universo" solo resulta útil en relación a algo, no es posible buscarle un significado por sí misma. La idea de buscar una causa del universo y llamarla Dios es una clara abstracción sin sentido, mientras que todo el conocimiento científico se deriva de relaciones causales muy concretas. Lo que se señala como absurdo es buscar una causa a la totalidad, y de ahí el conocido argumento de Russell sobre la primera causa de Dios de que, si bien todo hombre existente tiene una madre, resulta evidente que la raza humana no tiene una madre. No existe razón para suponer que el mundo globalmente tenga una causa. Si bien el científico se esfuerza en encontrar causas explicativas sobre un acontecimiento particular que tenga su interés, no puede partirse de la idea de que el mundo deba tener una explicación, algo que forma parte del acervo religioso (y que puede ser explicable señalando sus causas sociales y sicológicas). El científico no puede llegar a certezas, en cualquier caso, sino a probabilidades, por lo que hay que insistir en lo ilegítimo de buscar una explicación y significado al mundo en función de una primera causa.


En relación a la experiencia religiosa mística, nos encontramos con el habitual enfrentamiento entre la subjetividad y la realidad objetiva. En esta cuestión, y sin que Russell sitúe necesariamente a Dios al mismo nivel que cualquier otro personaje de ficción, sí recuerda que las experiencias místicas se han producido con la misma intensidad en personas que dicen haber estado en contacto con demonios. En cualquier caso, el hecho de que la creencia tenga un buen o mal efecto moral sobre una persona no supone ninguna evidencia a favor de su verdad. En todos nosotros existen experiencias que suponen alguna alteración para bien, pero no suponen la existencia de algo externo; ni siquiera si la persona piensa que es así, es demostrable que haya una vinculación con unos efectos benignos. Los mitos, por ejemplo, nos afectan tantas veces para bien, nuestro carácter puede verse alterado, pero eso no cambia que siga siendo un mito (por ejemplo, un personaje de la historia que nunca ha existido). En ese sentido, sí hay que hablar de una influencia de los personajes de ficción hasta el punto de influir sobre los valores de las personas. Y es en este punto de los valores donde se producen los problemas del argumento moral sobre la existencia de Dios. El religioso deriva toda bondad de la idea de la divinidad y solo acepta que el hombre pueda distinguirla gracias a ella. Obviamente, se trata de otra excesiva simplificación, podemos distinguir lo bueno de lo malo de manera empírica y también a través de nuestros sentimientos, aunque sigue siendo necesario el constante estudio del problema. Hablar solo de sentimiento para distinguir el bien del mal sigue sido demasiado simple, para Russell hay que tener en cuenta los efectos de los actos y también los sentimientos hacia esos efectos.

Se plantea la cuestión aquí también de los preceptos morales, que Russell acepta a priori a nivel práctico, pero recuerda que a nivel teórico es necesario definir la cuestión muy detalladamente. Desde este punto de vista la palabra "deber" u "obligación" no tiene únicamente una connotación emocional, es necesario observar los efectos y derivar la buena conducta en función de todos los factores concurrentes en las circunstancias y tener en cuenta los efectos probables al considerar lo que es bueno. En términos morales, los religiosos piensan que uno puede acercarse por ese camino a la cuestión de la existencia de Dios al identificarle con valores absolutos. Sin embargo, es rechazable la concepción de algo absoluto a nivel lógico y empíricamente demostrable que la ley moral cambia constantemente en las diferentes sociedades. La idea de obligación moral, que nunca llega a ser absoluta, tiene la mayoría de las veces un eco de lo que hemos recibido por herencia; de hecho, la conciencia de cada persona varía extraordinariamente según el tiempo y el lugar en que se encuentre. Tal y como lo concibe Russell, enfrentado a los preceptos morales categóricos, el sentimiento del deber es la consecuencia de la imaginaria reprobación de alguien; frente a ello, se insiste en lo necesario de apelar al sentimiento hacia las consecuencias de un acto para emitir un juicio. Russell no niega la obligación moral, pero la sitúa en un plano humano oponiéndose a todo absolutismo. De ese modo, al estudiar historia o antropología nos encontramos con deberes morales que nos resultan abominables, por lo que es inimaginable atribuirles un origen divino y sí acaba siendo fácil de explicar de muchas otras maneras.

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