martes, 28 de abril de 2015

¿Tranquilidad o inquietud existencial?


Hay todo tipo de argumentos que justifican que las personas tengan todo tipo de creencias. Para el que suscribe, uno de los más obvios es la simple y llana "tranquilidad existencial"; desde la creencia en un ser supremo, una especie de padre protector sobrenatural todopoderoso, pasando por toda suerte de orden o propósito cósmico (es decir, la idea de que existe un sentido trascendente en la existencia del universo y, ojo al dato, en la propia vida del que cree, que para eso cree, para sentirse especial), hasta llegar a entes o energías de índole sobrenatural o seudocientífica (que, además, supuestamente sanan y vitalizan).
Pues eso, tranquilidad existencial, frente a la cual vamos a reivindicar una especie de "inquietud existencial" que se nutra de un auténtica mejora de la vida terrenal. Desmontar las creencias del prójimo es complicado, principalmente porque el ser humano tiene la muy irritante tendencia de acomodarse en ellas, de no querer escuchar argumento alguno en su contra y de crear todo tipo de racionalizaciones (esto es, seudoargumentos). Alguien dijo una vez que las ideas eran como un virus instalado en la mente humana; creo que no dijo creencias, y está bien que dijera "ideas" para que tratemos de aclarar algunos términos a nivel semántico. Las ideas, a priori, no son buenas ni malas; vienen a ser una especie de primer estadio del conocimiento que necesita ser verificado objetiva o científicamente. Las creencias, aparentemente, tienen una mayor connotación de conformidad con algo y, más tarde o más temprano, de dogmatismo.

En nuestra opinión, las ideas puede perfectamente ser creencias, y las creencias ser simplemente ideas más bien inamovibles. No vamos a negar que cierta dosis de creencia es necesaria, incluso para el progreso en la ciencia, en la sociedad y en la vida en general; lo que consideramos pernicioso es la creencia ciega, rígida, dogmática…, que simplemente desemboca en la esclerosis dogmática. "Yo creo…" es algo que mencionamos constantemente, lo que no parece tan saludable vital e intelectualmente es que continuemos una y otra vez mencionando la misma frase aplicada a la misma cosa; como dijimos, una de las explicaciones que parecen más evidentes es la muy obvia búsqueda de tranquilidad existencial. Como ya hemos señalado en otras ocasiones, este análisis crítico parece más obvio para creencias sobrenaturales y seudocientíficas, pero ojo también a otro tipo de ideologías (creencias políticas, económicas, etc.).

La tranquilidad existencial, que está detrás de todas esas creencias, como hemos mencionado, denota cierta ganas del creyente de sentirse especial. Bien porque se siente parte de una creación, de un orden trascendente o de un propósito de proporciones cósmicas, bien porque cree haber dominado ciertas fuerzas sobrenaturales en su beneficio, bien porque cree haber adquirido incluso un conocimiento y una formación a los cuales no puede acceder todo el mundo (esto viene a ser como una aspiración a convertirse en una clase mediadora, llámese sacerdotal, espiritual o como se quiera). Como puede observarse, nos movemos una y otra vez entre el terreno de la religión y el de otras prácticas espirituales (como el de la medicina alternativa, aunque no siempre se denomine así). Todo ese tipo de creencias, de búsqueda de tranquilidad existencial, conlleva una serie de consecuencias en la vida de cada uno.

En lo que atañe a la religión, y fundamentalismos aparte (cuyo caldo de cultivo es también la necesidad más elemental), la misma sensatez hace que, aunque la gente crea en lo que le venga en gana, difícilmente vaya a aceptar ya los dogmas de rigor. En otros terrenos seudocientíficos, las cosas parecen más nítidas; si alguien cree que un ente sobrenatural va a mejorar su vida, allá él, pero qué ocurre cuando alguien tenga una enfermedad que necesita un tratamiento real (como pasaba también en la religión: dogma frente a sensatez). No podemos, una vez más, sino denunciar a aquellos que comercian con prácticas supuestamente sanadoras, y con la salud y el bienestar de la gente, cuya autenticidad simplemente no se ha demostrado (o se ha demostrado falsa). Como último punto mencionado, lo que también resulta abiertamente criticable es que todo ese conocimiento falso y distorsionado genere una especie de iluminados que traten de hacer proselitismo con el prójimo de manera permanente. En ese sentido, sí estamos seguro que las creencias actúan como un virus, que parece ir a mayores conduciendo al portador hacia el delirio.

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