sábado, 31 de mayo de 2014

Las combatibles certezas

Con todos los matices que se quiera, y nos parece adecuado entrar en una confrontación de ideas al respecto (a un nivel humano, que de eso se trata), la visión libertaria y librepensadora considera que las creencias religiosas (y otras formas de fe) son un claro obstáculo para toda autonomía social e individual. 

Desgraciadamente, los efectos de la religiosidad institucionalizada continúa siendo una triste realidad, los fundamentalismos son la amenaza real de las distintas confesiones. Aunque, socialmente, el apoyo que las personas dan a su supuesta confesión religiosa es muy relativa, la Iglesia sigue jugando con los datos de una sociedad presuntamente católica en aras de conservar privilegios. A pesar de las acusaciones habituales por parte del clero, de lo que ellos denominan "laicismo agresivo", no hay un análisis político y social efectivo sobre el papel de la Iglesia Católica. La crisis, no solo económica, también intelectual y de valores, que sufrimos hace que vivamos de pobre tópicos sobre el "peligro único" del fundamentalismo islámico, cuando seguimos tolerando el poder de una institución eclesiástica en un supuesto Estado aconfesional. No hay voces que trasciendan el conformismo, con gloriosas excepciones, claro está, para alertar sobre el peligro de las certezas religiosas.

Porque, a pesar de lo que probablementee piensan muchas personas, este debate no es secundario. El perfeccionamiento moral e intelectual, negando a cualquier institución jerarquizada que se arrogue toda pretensión de verdad, es probablemente una cuestión más importante que nunca. A pesar de que parezca propio de un nivel preescolar, todavía se sigue manteniendo que los valores están íntimamente a una formación religiosa, incluso por muchos que consideran insostenibles ciertos dogmas. Recordaremos, una vez más, que las mayores barbaridades a lo largo de la historia se han hecho en nombre de fanatismos (religiosos y políticos), es decir, apelando a una idea trascendente. Muchos considerarán perfectamente disociable la creencia religiosa y el fundamentalismo, pero tal vez la diferencia sea solo de grado. Por otra parte, en este análisis sobre la situación de la religión en el siglo XXI hay un arma de doble filo: por una parte, se nos acusa a los ateos y anticlericales (una palabra a la que no hay que tener ningún miedo, aunque sea bueno siempre extender la visión cuando se emplea) de algo así como antiguos (decimonónicos); sin embargo, esa pobre alusión oculta un análisis en el que la visión de Marx (y otros) nos sigue pareciendo muy válida, millones de personas en el Tercer Mundo siguen aferrándose a la creencia religiosa ante el horror que sufren en su vida terrenal (el famoso "opio del pueblo" de Marx se refería a esto, al consuelo que otorga la religión). Jugar con esos datos a nivel mundial, cuando tantas personas se encuentran en la miseria, y cuando se puede establecer una vinculación entre la realidad social y la creencia religiosa, es, cuanto menos, mezquino. Son reflexiones que lanzamos sobre los elementos (supuestamente) positivos de la religión, pero que olvidan otros factores importantes.

Otra discusión recurrente que solemos tener es cuando se vincula la religión con lo social y político. En otras palabras, con una cuestión de poder. Es difícil relegar la religiosidad a una cuestión de conciencia individual, cuando precisamente son las instituciones eclesiásticas las que han combatido siempre toda libertad al respecto. A estas alturas, solo podemos observar la posibilidad del florecimiento social gracias al arrinconamiento continuo del poder religioso (aunque, naturalmente, tengamos que tener en cuenta la existencia de otros poderes coercitivos de similar cometido). Frente a toda la retórica, más o menos explícita, que manifiestan las autoridades religiosas, se impone una idea con fuerza: las certezas religiosas son un peligro para las libertades humanas. Naturalmente, esta crítica abre la veda para otros tópicos, como es el caso de las acusaciones de relativismo. Precisamente, los partidarios del absolutismo pretenden alertar sobre esta cuestión; frente a ellos, la defensa de un relativismo que sirva para fortalecer los valores humanos. Conceptos asociados a la religión, como es el caso de milenarismo, mesianismo, dogmas, evangelio o revelación son, y solo nombrándolos ya lo podemos apreciar, insostenibles en una sociedad plural y abierta al conocimiento. Todos estos conceptos más o menos arcaicos hacen ver, en nuestra opinión, que la religiosidad nos es relegable a lo privado, que incluso la idea de "salvación" tiene aspiraciones sociales, y que todo ello resulta indisociable de las pretensiones de poder de la estructuras eclesiales.

martes, 27 de mayo de 2014

Querido creyente…

El pasado viernes, 23 de mayo, el diario El País, publicó un extenso artículo de opinión llamado "Queridos ateos…". En dicho texto, plagado de lugares comunes (como, inevitablemente, hacemos tantas veces los ateos) se incurría en una serie de argumentos y suposiciones, las cuales suscitaron que enviara una carta a dicho periódico; el siguiente texto es una versión ampliada de la misma.

Querido creyente…
Antes de nada, dejar claro que tenemos mucho en común; un proyecto de respeto muto entre ateos y creyentes no es patrimonio, ni de unos, ni de otros. No obstante, el respeto se tiene a las personas, no a sus ideas y creencias; todas, repito, todas las ideas son susceptibles de crítica en nombre de la libertad de expresión, si de verdad creemos en el progreso, y la constante apelación que realizan algunos al respeto por sus creencias no parece encubrir más que un miedo a un debate intelectual en igualdad de condiciones. Ser o no creyente no implica ser más inteligente, a pesar de lo que creen algunos, ni más guapo ni, por supuesto, ser mejor o peor persona, algo esto último en lo que sí suelen insistir muchos creyentes, todavía a día de hoy, que solo conciben los valores humanos a través de una instancia trascendente; si hablamos de un ateísmo, y no tenemos ningún miedo a adjetivarlo así, aludiendo por supuesto al terreno de las ideas, la diferencia estriba en que, algunos, consideramos que el ateísmo (hay otros nombres de carácter positivo, ya que no se trata de una simple negación de una creencia: humanismo laico o naturalismo) coloca en mejor disposición a la persona para su desarrollo, para indagar y profundizar en los problemas humanos (por supuesto, algo tan cuestionable y digno de debate como cualquier creencia, aunque nos esforcemos en buscar evidencias). Claro que la creencia religiosa es un sentimiento, muy probablemente originado en la aflicción, como dijo el clásico; nadie debe arrebatar sus sentimientos al prójimo, por supuesto, pero sí queremos combatir las miserias del mundo y poner a prueba, de paso, esa peculiar y pertinaz creencia religiosa, que tantas veces vemos identificada con una posición conservadora en la vida (sí, sabemos que es probablemente una simplificación excesiva). Tenemos también en común, amigo creyente, considerar que la posición científica correcta respecto a la creencia en Dios es, por supuesto, el agnosticismo. Dios no es una hipótesis falsable, es decir, no puede demostrarse que no sea cierta; tampoco lo es la famosa tetera del agudo y lúcido Bertrand Russell, no hace falta decir más respecto a este campo. Al margen del ámbito científico, la posición agnóstica, que en numerosas ocasiones se nos espeta como la más sensata si no se tiene creencia alguna, se me antoja algo peculiar; ¿hay que serlo respecto a cualquier fantasía sobrenatural generada por el ser humano o solo ante el monoteísmo? Parafraseando a cierto autor, todos los creyentes son ateos respecto a la mayor parte de fantasías religiosas; solo necesitan dar un paso más, cuestionar la cultura en la que se han formado y, tal vez, ser totalmente coherentes a nivel intelectual (puede que en otros terrenos también). Llegamos ahí a un punto clave para un debate, a nuestro juicio, importantísimo; ¿no es el teísmo, la verdadera creencia, frente a un ambiguo deísmo? Me quedo sin espacio para desarrollar tantos conceptos. Para terminar, algo ya señalado por otras personas en lo que instiremos aunque no tarden, de nuevo, en acusarnos de irrespetuosos; el verdadero debate no es si Dios existe, sino si la religión es o no necesaria a principios del siglo XXI.

sábado, 24 de mayo de 2014

Por qué no soy cristiano

Con este título, pronunció una conferencia Bertrand Russell, el 6 de marzo de 1927, en el Ayuntamiento de Battersea (sur de Londres), bajo los auspicios de la Sociedad Laica Nacional. Russell comienza su discurso aclarando que lo que se entiende por cristiano en su época era muy diferente del significado completo que tenía en los tiempos de San Agustín y Santo Tomás de Aquino. En cualquier cosa, habría dos cosas consustanciales a llamarse cristiano: la primera es de naturaleza dogmática, la creencia en Dios y en la inmortalidad; la segunda es acerca de Cristo, es necesario tener alguna creencia sobre lo superlativo de su figura, aunque no sea necesariamente acerca de su naturaleza divina.

De esa manera, cuando Russell dice que no es cristiano, afirma de entrada dos cosas distintas: la no creencia en Dios y en la inmortalidad, y la negación de la gran capacidad de Cristo en el terreno moral. Lo que entendemos cuando Russell habla de Cristo es la figura histórica que el tiempo ha creado, aunque las fuentes originales de su existencia sean muy dudosas (algo que no se habla lo suficiente). No obstante, parece correcto mencionar un Cristo de los Evangelios (o un profeta llamado Jesús), desprendiéndole de toda connotación sobrenatural, ya que puede decirse que se ha acabado dando lugar a una figura relevante con esas características e importante es reflexionar sobre ella (sin olvidar mencionar la falta de legitimidad histórica para su existencia, juego en el que obviamente no desea entrar la iglesia).
Cuando nos declaramos ateos (nos referimos a los ateos que otorgamos un contenido a nuestra no creencia, claro está, no a la mera incredulidad que constituye solo un punto de partida), parece inevitable que lo hagamos con cierta superioridad intelectual e, inclusive, moral. Tal vez caemos no pocas veces en el simplismo y en la visceralidad cuando nos topamos con los dogmas de fe y con lo pernicioso de las instituciones religiosas. Decimos esto como autocrítica, como una llamada de atención para fortalecer nuestro ateísmo, que se inserta dentro de una visión progresista de la humanidad. Tal y como dice Russell, la cuestión de la existencia de Dios es amplia y seria, por lo que hay que aclarar siempre la imposibilidad de llegar a un punto de encuentro en las discusiones. Por ejemplo, los términos que solemos emplear de "absurdo" e "irracional", asociados a la creencia religiosa, chocan con una razón inherente al catolicismo que asegura probar la existencia de Dios. Lo que queremos expresar es que deberíamos hablar de distorsión histórica de la capacidad racional del hombre, de apropiación de términos y virtudes por parte de visiones trascendentales que perjudican la perfección de la humanidad, que es necesario armarnos cultural y moralmente para combatir lo que consideramos negativo y obstaculizador del progreso.

Tal y como dice Russell, la Iglesia Católica declaró dogma el hecho de que es posible probar la existencia de Dios mediante la razón. Naturalmente, era una artimaña ante el crecimiento del librepensamiento, que afirma que determinados argumentos pueden emplearse en contra de la existencia de Dios. Ante ello, la Iglesia elaboró una serie de argumentos a favor de la existencia divina. El primero de ellos sería el de la Primera Causa, según el cual profundizando en la cadena de causas que han dado lugar al mundo, llegamos a la primera de ellas que le damos el nombre de Dios. Russell ya afirmaba que este argumento no tenía mucho peso en su época, y sin embargo el fundamentalismo vuelve una y otra vez a insistir en ello. Naturalmente, la respuesta a esta oscura cuestión de la causalidad la resolvería hasta un niño: si todo tiene una causa, alguna habría creado también a Dios, por lo que al carajo el argumento de la Primera Causa. El creer que la cosas tienen que tener un principio obedece únicamente a la pobreza de nuestra imaginación.

Otro argumento es el de la ley natural, según la cual el mandato de Dios habría producido los movimientos en el universo. Se puede expresar como creer en una especie de legislador en la naturaleza, confundiendo leyes naturales con las leyes convencionales humanas. Como se observa, cada argumento que esgrime la fe religiosa se debilita con el tiempo, tiene menos peso en una sociedad en la que se prime el conocimiento. Otro argumento resulta en la creencia en algún plan de un Dios caracterizado por la omnisciencia y la omnipotencia, y que sin embargo habría dado lugar a un mundo plagado de arbitrariedades. La ciencia nos dice que la especie humana algún día, dentro de mucho tiempo, será historia, no formamos parte de ningún plan divino. Deprimirse ante un destino que no vamos a vivir, que se producirá dentro de miles de años, o tener sueños de trascendencia al considerarnos parte del plan de una voluntad superior, es negar la posibilidad del presente, de potenciar nuestra vida terrenal.

Kant ideó un nuevo argumento moral a favor de la existencia de Dios, que adoptó diversas formas. Una de ellas es considerar que no habría bien ni mal en el caso de que Dios no existiera. El razonamiento de Russell es que si consideramos que hay diferencia entre el bien y el mal, nos encontramos ante la disyuntiva de si esa diferencia se debe o no al mandato de Dios. En el caso de que fuera así, de que Dios habría ordenado esa distinción entre lo bueno y lo malo, para él mismo no habría diferencia entre una cosa y la otra, y entonces no puede afirmarse su bondad. En el caso de que se afirme, como suelen hacer los teólogos, que Dios es bueno, hay que decir que el bien y el mal tiene un significado independiente del mandato divino. En definitiva, se llega a la conclusión que el bien y el mal no han sido hechos por ese Dios omnipotente, y que serán anteriores a él. Si seguimos empleando la imaginación, y dando créditos al absurdo, podemos hablar de una deidad superior anterior, que hubiera dado órdenes al Dios actual, o tal y como creían algunos gnósticos, que fuera en realidad el demonio el creador del mundo.
Otro argumento tradicional es que la existencia de Dios resulta necesaria para traer justicia al mundo. Podemos cambiar el monoteísmo por toda suerte de creencias que convierten la noción de justicia en algo trascendente. Detrás de todo ello está la incapacidad para aceptar que la justicia y la moralidad son creaciones humanas, el deseo de que nos proteja una voluntad superior y la tranquilidad existencial que supone una vida posterior mejor que la terrenal. Puede decirse que el deseo de seguridad es un factor primordial para que la gente acabe teniendo creencias sobrenaturales. Por lo tanto, el miedo y la seguridad, son los gérmenes de las creencias religiosas. Como es sabido, el miedo suele generar crueldad, y de ahí que la religión haya estado, y esté, tan vinculada a la crueldad (es decir, falta de humanidad, impiedad; en estos términos se observa de nuevo la distorsión de la religión).

Respecto al Cristo, tal y como lo caracterizan los Evangelios, Russell cuestiona su superioridad moral. Un tipo que asegura creer en el infierno, en un castigo eterno, no puede ser profundamente humano. Además, junto a una figura de gran bondad, se pueden ver rasgos vengativos en Cristo contra aquellos que no le escuchan. Era una actitud común en los predicadores, lo que dice mucho sobre los verdaderos orígenes de esta figura adorada. Como contraste, Russell menciona a Socrates, siempre amable con aquellos que no le escuchan. La condición pecaminosa del ser humano, algo inherente al cristianismo, ha causado una terrible aflicción en el mundo, ha supuesto sufrimiento para tantas personas que han creído en la posibilidad de no ser perdonadas. Esta propagación del miedo en la humanidad es digna de ser recordada constantemente, como uno de los grandes males que ha cometido una doctrina y la institución que la sostiene. Russell responsabiliza al Cristo de los Evangelios de esta crueldad extendida por el mundo, basada en una mortificación constante.
Aunque a estas alturas se considere irrisorio considerar la religión como condición para ser virtuoso, no está de más insistir en ello. Es más, como recuerda Russell, es al contrario. Cuanto más religiosa es una etapa de la humanidad, mayor dogmatismo y crueldad se ha producido, las circunstancias se convirtieron en terribles. Las instituciones eclesiásticas han supuesto siempre un obstáculo para el progreso moral, y Russell señala la religión cristiana como una de sus peores fuentes. La Iglesia ha distorsionado la moralidad, por confundirla con normas de conducta que nada tienen que ver con la felicidad humana. Russell confiaba en la ciencia para no esperar ayudas imaginarias y para convertir el mundo en un lugar mejor. Hay que mirar la vida de frente, huir de todo temor y confiar en nuestra inteligencia. Todo concepción de Dios, y de todo aquello que pretenda ocupar su lugar, es una herencia del autoritarismo del pasado, una idea indigna de hombres libres y un obstáculo para una mejor existencia.

sábado, 10 de mayo de 2014

El librepensamiento y la propaganda oficial

En una conferencia de 1922 así titulada, Bertrand Russell alertaba sobre los peligros en torno a la libertad de pensamiento, por mucho terreno que pareciera que se hubiera logrado. Casi un siglo después, con una concepción del progreso, que hay que cuestionar tanto o más que en aquel momento, merece la pena que atendamos a lo que dice el genial filósofo.

En un sentido estricto, lo que entendemos por "librepensamiento" significa desprenderse de los dogmas de la religión tradicional; Russell considera que las religiones no han sido, a grandes rasgos, una fuerza positiva y confía en que acabarían desvaneciéndose al pertenecer a una fase infantil de la razón humana. Pero, el término "librepensamiento" tiene una acepción más amplia, y es precisamente debido a las religiones que no se habría desarrollado en ese sentido. Russell se refiere a "libre" cuando no hay una coacción externa, la cual puede ser evidente o más sutil y esquiva. La dominación del pensamiento más obvia es cuando "corre el riesgo de sufrir una sanción legal por atenerse o dejar de atenerse a según qué opiniones"; Russell aboga por la ausencia de penas legales para que la libertad de expresión sea completa, algo que no se ha terminado de realizar en ningún país. No obstante, existen otros dos grandes impedimentos opuestos al librepensamiento: las servidumbres económicas y la distorsión de lo evidente. Es también evidente que no puede existir un pensamiento libre si se presentan todos los argumentos, dentro de una controversia, del modo más atractivo posible, mientras que los de la otra parte permanecen oculto de tal manera que solo una cuidadosa investigación podría descubrirlos:
Podríamos decir que el pensamiento es libre cuando asistimos a una libre competencia entre las distintas creencias, es decir, cuando se permite que todas las fes expongan sus planteamientos y cuando dichas creencias no se hallan asociadas a ventajas o desventajas de carácter legal o pecuniario. Se trata de un ideal que, por varias razones, jamás se alcanza plenamente. Sin embargo, es posible aproximarse a él mucho más de lo que hoy se hace.
Russell menciona varios incidentes en su país que equilibran la balanza a favor de la confesión cristiana, mientras que los que admiten que son agnósticos o ateos encuentran no pocas desventajas. Hoy en día, a pesar de la propaganda oficial (que no difiere demasiado de la de entonces), ocurre algo parecido; no existe una libertad de pensamiento auténtica, y se siguen perpetuando las creencias supersticiosas subvencionadas por el Estado y aceptadas, por costumbre, repetición acrítica y/o pereza intelectual, por un gran número de padres. Es considerablemente difícil encontrar una esfera pública que se dedique, auténticamente, al librepensamiento y gran parte de la sociedad no se ve estimulada al respecto. Por supuesto, la falta de libertad no se limita a la cuestión religiosa, ya que se extiende a todo tipo de dogmas presentes en todo campo humano. Russell cuestiona la "voluntad de creer", por la que abogó William James, y apuesta por la "voluntad de dudar":
(…) Ninguna de nuestras creencias es totalmente cierta; sobre todas ellas se cierne al menos una leve sombra de impresión y error. Los métodos ideados para incrementar el grado de verdad de nuestras creencias son harto conocidos: consisten en escuchar a todas las partes implicadas, tratando de discernir la totalidad de los hechos pertinentes, dominando nuestros propios sesgos ideológicos mediante el debate con personas de inclinaciones opuestas, y cultivando la plena disposición a descartar cualquier hipótesis que se haya revelado inadecuada. Estos son los métodos que se practican en la ciencia de perspectiva auténticamente científica está dispuesto a admitir que lo que hoy se considera un conocimiento de carácter científico precisará de correcciones -y ello sin la menor duda- conforme avancen los descubrimientos. Esto no impide que dicho conocimiento se halle lo suficientemente cerca de la verdad como para resultar útil y poder aplicarse a la mayoría de las metas prácticas contemporáneas, aunque no a todas. En la ciencia, que es el único campo en el que puede encontrarse algo parecido a un verdadero saber, la actitud de los hombres es tentativa y se halla recorrida por la duda.
En religión y política, no existe nada aproximado al conocimiento científico y casi todo el mundo se empeña en  manifestar opiniones dogmáticas convenientemente aisladas de toda confrontación argumental con planteamientos diferentes. Russell apuesta por renunciar al dogmatismo y adoptar la duda racional en todo ámbito humano, lo que llevaría a erradicar gran parte de los males del mundo; sin posiciones absolutistas, es francamente difícil no considerar la gran responsabilidad que tenemos en cualquier tipo de enfrentamiento con el prójimo. La "voluntad de creer" acaba decidiéndose en el campo de batalla, sin que exista necesidad de recopilar alguna prueba nueva a favor o en contra de ella, mientras que lo que necesitamos es esa "voluntad de dudar", que es el deseo de averiguar. Cuando se admita que es deseable, al menos, cierta dosis de duda racional, se acabará comprendiendo lo importante que es indagar en por qué existe tanta certeza irracional en el mundo. En cierta medida, el ser humano es propenso a la irracionalidad y a la credulidad, aunque es solo parte del problema; existen muchas otras instancias que alimentan y fomentan ese germen que Russel denomina, usando una muy apropiada terminología religiosa, "pecado original del intelecto". Son tres de ellas las que desempeñan un papel más destacado: la educación, la propaganda y la presión económica.

Cuando Russell habla de educación, denuncia que se encuentre en manos de unos Estados conscientes de que tantas cosas que enseñan son falsas, como es el caso de los intereses nacionales opuestos a un cosmopolitismo fundado en la fraternidad universal. La educación se pone al servicio, no del conocimiento verdadero, sino de la creación de individuos dóciles a la voluntad de sus amos. Hoy, la religión es cuestionada por grandes sectores de la población, aunque el librepensamiento corre peligro igualmente en los campos político y económico.  Russel denuncia que se dé solo cierta información a los chavales, por muy necesaria que sea, mientras que se eluda crear los hábitos mentales facultativos para adquirir conocimiento y formarse ideas sensatas por sí mismos. Aunque se acepte teóricamente, en la práctica no interesa que la gente ordinaria piense por sí misma, ya que eso la convierte en difícil de manejar para los poderes establecidos. En el caso del segundo de los factores que actúan como obstáculos para la inteligencia y la libertad, la propaganda, las personas quedan expuestas durante toda su vida a una serie de afirmaciones que les empujan a creer en todo tipo de proposiciones absurdas. Es un problema, claro está, ligado al educativo, ya que la mayor parte de los jóvenes salen de los colegios con cierta formación técnica, pero incapaces de forjarse una opinión independiente. La propagada es algo muy parecido a la moderna publicidad, la cual acostumbra a canalizar con éxito sus objetivos por muy disparatados que sean:
Según se la practica en la actualidad, la propaganda adolece de dos males diferentes. Por un lado, suele apelar por lo general a elementos de creencia irracionales antes que a una argumentación seria, y por otro, concede una ventaja injusta a todos aquellos que logran obtener una abundante publicidad, ya sea empleando la riqueza o el poder. Por mi parte, tiendo a creer que a veces se da demasiado importancia al hecho de que la propaganda incida antes en los efectos que en la razón. La línea divisoria que separa la emoción de la razón no se halla tan claramente delimitada como algunos piensan. Además, todo hombre inteligente tiene la facultad de elaborar, en favor de cualquier planteamiento con posibilidades de obtener seguidores, una argumentación suficientemente racional. Siempre pueden buscarse buenos argumentos a favor o en contra de toda cuestión de auténtico interés. Siempre pueden plantearse objeciones legítimas a toda tergiversación concreta de los hechos, pero estos no son en modo alguno imprescindibles.
Uno de los principios por los que apuesta Russell para resolver los problemas sociales consiste en que el objetivo de la educación debería ser enseñar a la gente a no creer en las proposiciones sino en caso de que exista alguna razón para pensar que sean ciertas. La persecución, del tipo que fuere, evidente o sutil, está ligada a una pretensión de verdad y a su difusión; mientras los seres humanos se vean tan seguros en sus modernas creencias, se perpetuarán las persecuciones en su nombre. Aunque no ocurra lo mismo con la teoría, es necesario aplicar una cierta dosis de duda en la práctica de la tolerancia. Para que ésta exista, debería contrastarse siempre la información proveniente de los medios de las diversas partes en conflicto y enseñar a hacerlo en las escuelas para inferir de ello la realidad de los hechos; se comprenderá así que lo publicado tiene, en mayor o en menor medida, una gran dosis de falsedad. Russell apuesta, antes que por las enseñanzas morales, por los estímulos de la inteligencia. Ya que la prédica y la exhortación ha contribuido a añadir más hipocresía que a resolver los males morales del mundo, puede mejorarse la inteligencia mediante la aplicación de ciertos métodos por parte de un educador competente. Si uno de los grandes males de la humanidad es la credulidad, la sociedades modernas han contribuido, más que nunca, a incrementarla difundiendo información falsa. Hoy, no puede haber más impedimentos a una opinión pública ilustrada. Russell predijo que en el desarrollo de las técnicas de la información iba a ser cada vez más difícil preservar la libertad mental. La influencia de los Estados, que han ocupado el lugar de las iglesias, aunque éstas sigan reclamando el control de los ciudadanos, junto a una feroz presión económica imposibilitan el librepensamiento. La solución puede pasar, con la adecuada disposición de ánimo científica, por dejar campo libre a la iniciativa ciudadana.

martes, 6 de mayo de 2014

La fortaleza humana y espiritual

Si echamos un vistazo a los significados de "Espíritu", vemos que, al margen de todas las connotaciones religiosas (que son bastantes), también es sinónimo de ánimo o valor; a nivel colectivo, también significa un principio o carácter de algo (una ley, una época, una corriente artística)… Así, el lenguaje es una consecuencia de la vida en todos los ámbitos, por lo que no es tarea fácil no identificar un término con el espíritu imperante en un periodo histórico. Quedémonos con la acepción más general de la palabra espíritu, ese vigor o valentía también en el terreno moral, por lo que de ninguna manera podemos aceptar su reducción a un significado religioso o sobrenatural.

Ser espiritual puede ser también ser apasionado y valiente en muchos sentidos; para el caso que nos ocupa, en un sentido verdaderamente humano y social. Cuando alguien se refiere simplemente, con espíritu y espiritual, al reino de lo sobrenatural, señalaremos su error; no solo eso, sino la profunda distorsión que consideramos que significa aludir a lo fantasioso para ocuparse de lo terrenal. Curiosamente, existe todavía otro derivado de la palabra espíritu; se trata de las llamadas bebidas espirituosas, las que contienen un cierto grado de alcohol, y se llaman así por considerarse que elevan el espíritu. Sin ánimo de ser excesivamente moralista, no es fácil evitar acordarse de una frase del anarquista Bakunin: "El pueblo solo tiene tres caminos para librarse de su triste suerte: los dos primeros son los de la taberna y la iglesia; el tercero es el de la revolución social". No está nada mal utilizar como argumento que, en aras del fortalecimiento de la conciencia (lo que podemos llamar también espiritualidad), rechazamos en primer lugar los delirios espirituales y espirituosos.

Como ya hemos mencionado anteriormente, se suele confundir demasiado la espiritualidad con la religión. Desde nuestro punto de vista, considerando la religión perniciosa (por identificarse, entre otras cosas, con el dogma y con el inmovilismo), defendemos un concepto muy diferente de la espiritualidad. Aclararé, a pesar de dedicar ya mucho texto al asunto, que yo mismo no me termino de acostumbrar al término; no obstante, merece la pena el esfuerzo. Consideramos que la espiritualidad pertenece por entero al ámbito humano; dejaremos por el momento a un lado a los animales, aunque sin establecer la rígida separación entre el ser humano y el resto de especies (algo, por cierto, muy propio del egocentrismo religioso). Espiritualidad es profundizar en los asuntos humanos, realizarse preguntas, lo cual no significa caer en respuestas delirantes. De nuevo, parafraseamos a Bakunin: "Yo no pongo nombre a mi ignorancia, lo coloca en un altar y lo llamo Dios" (póngase aquí el concepto que se quiera, para no aludir solo críticamente al monoteísmo). La espiritualidad que nos ocupa, por lo tanto, es una actitud radical ante la vida, dejar a un lado lo superficial y lo meramente técnico; es el desarrollo de la conciencia, tanto hacia el exterior como hacia el interior de uno mismo, aunque abandonando todo misticismo (y entiendo, por supuesto, que los sentimientos de cada persona varían en relación a este concepto). Espiritualidad es también cierta comunión con la naturaleza, por lo que inevitablemente hay que tener en cuenta al conjunto de la humanidad e incluso a las otras especies; rechazamos así los sectarismos propios de los nacionalismos y las religiones. Como espero que se esté entendiendo a estas alturas, nuestro extenso y humano concepto de espiritualidad comprende, tanto la naturaleza como el arte, la literatura o cualquier creación humana que trate de elevar los sentidos; igualmente, forman un componente primordial los sentimientos más nobles de fraternidad y de respeto a la vida.

Frente a las prácticas y rituales propios de la religión, y que tantas personas identifican con formas espirituales, defendemos aquí una determinada forma de pensar, de sentir y de actuar. No decimos que cierta dosis de fe no sea importante, pero reclamamos una muy diferente; mencionamos ahora a otro anarquista, Errico Malatesta, cuando consideraba un sentido de la fe, no como una creencia ciega enfocada en el absurdo y la incomprensión, sino como una potente mezcla de voluntad y esperanza en un mundo mejor. Una bella concepción de la espiritualidad. Consideramos estéril confundir la fe con creencias religiosas, las cuales ocupan no pocas veces parte considerable de la filosofía en una tarea más que cuestionable. Si, con cierta asiduidad, la religión y la ciencia se han mostrado enfrentadas (a veces, de modo caricaturesco para vergüenza de la religión, aunque no es siempre sea el caso), la espiritualidad que nos ocupa no puede ser ajena al conocimiento; si, como ya hemos dicho, la vida y la filosofía no es reducible al pensamiento científico, éste es un factor primordial a tener en cuenta en aras de las explicaciones causales. Traemos ahora a colación una frase de Kant: "La ciencia es la organización del conocimiento, pero la sabiduría es la organización de la vida". La espiritualidad que reclamamos tiene mucho que ver con la ciencia y, especialmente, con la sabiduría.

La espiritualidad que estamos teorizando, de manera amplia y potente, debe ser constantemente puesta a prueba con los hechos. Solo a través de la práctica pueden demostrarse los más nobles valores y sentimientos humanos; dejando a un lado un mundo frívolo, es necesario el desarrollo espiritual mediante la repetición de actos nobles en el quehacer humano; esta actitud y esta práctica, como es sabido y resulta lógico, acaba repercutiendo también en la conciencia y en los sentimientos. No estamos hablando de ingenuidad ni de una bondad aparente, ya que consideramos que es necesaria esa constante profundización en los asuntos humanos para una actuación racional y ética (dos herramientas esenciales para nuestro concepto de la espiritualidad); existen personas con mejor o peor intención, mediocres o brillantes, pero esas capacidades existen en potencia en la condición humana; el desarrollo de su "espiritualidad" dependerá entonces de ellos junto a una serie de factores ambientales (no lo dejemos nunca de lado). En cualquier caso, la espiritualidad no está restringida a unos pocos, tal y como se han empeñado las religiones con sus santos y gurús; a propósito de esto, nada tiene que ver la espiritualidad con la renuncia a los placeres terrenales, con el ascetismo o con el aislamiento. Más bien, el disfrute de la vida, también en sociedad, es condición indispensable para todo desarrollo espiritual; otro motivo para oponerse a ciertas creencias. La espiritualidad no es, ni más ni menos, el intento de mejorar a nivel personal y de hacerlo también con el entorno social.
A pesar de todo el contenido que hemos pretendido dar a nuestro concepto de espiritualidad, todavía hay que señalar su uso por demasiado farsante; del mismo modo, el deseo de asociar el término a los más bellos sentimientos humanos no quita que tantas veces se vincule con el mero sentimentalismo más bien vacío de contenido. Es necesario, por lo tanto, tratar de otorgar ese contenido a la espiritualidad, identificado en suma con un potente humanismo racional y secular; todo ello para evitar que las personas, frente a un mundo político y socioeconómico pobre, frívolo y egoísta, caigan en las más absurdas creencias espirituales.

sábado, 3 de mayo de 2014

¡Ay, la quiropráctica!

La quiropráctica, de nuevo una medicina "alternativa", reúne algunos de los tópicos de este tipo de terapias como son la (supuesta) capacidad del cuerpo para curarse por sí mismo y una visión global del mismo y de sus funciones (especialmente, en el caso que nos ocupa, la columna vertebral).

Las "armas" del quiropráctico
Lo que realizan estos quiroprácticos es una manipulación vertebral o "ajuste" con sus manos. Parece ser que el inventor fue un tal David Daniel Palmer, alrededor del año 1885, cuando este hombre corrigió la vértebra de una persona que había perdido la audición en un accidente y, ¡ya pueden imaginarse ustedes!, el milagro se produjo; los estudios de Palmer sobre la relación entre la columna vertebral, el sistema nervioso y sus efectos en todo el cuerpo le llevaron, en consonancia con teorías vitalistas de la época, a asegurar que existe una especie de inteligencia innata en el cuerpo humano que controla las funciones del mismo (a partir de aquí, se sucederá cierta terminología esotérica de lo más cuestionable). Los expertos aseguran que la quiropráctica ha evolucionado, desde los estudios de Palmer, y ha sabido incorporarar los avances más modernos de la medicina científica (no lo digo yo, ojo, lo dicen los "expertos").  De nuevo nos encontramos con una terapia "complementaria" o "alternativa", parece ser que reconocida de algunos países, pero que no ha acabado de incorporarse a una visión amplia de la medicina (que solo podemos denominar "científica", es decir, que se ha demostrado de verdad que funciona). No ahondaremos en la formación de estos terapeutas, ni en el reconocimiento que ha dado a esta práctica la legislación de algunos países, para ello hay ya abundante información en la red (aunque, ojo, en este mundo en que vivimos la manipulación informativa no es demasiado complicada). Abundaremos, ¡como no!, en nuestro gusto por el escepticismo y la crítica, esta vez fortalecidos por cierta experiencia personal del que suscribe.

Los quiroprácticos emplean un término llamado subluxación, desplazamiento de una articulación que supone toda suerte de trastornos y que estos terapeutas alternativos se encargarían de corregir. Pues bien, los detractores de esta práctica niegan evidencia científica alguna sobre este concepto de subluxación, así como del efecto beneficioso que conlleva la manipulación de la columna que realizan los quiroprácticos; es más, al contrario que en otras terapias, se ha advertido sobre posibles efectos perjudiciales de tanta manipulación (y, perdonen ustedes la obviedad, no solo física), especialmente de la cervical. Los defensores de la quiropráctica, en un alarde de extrema originalidad, aseguran que tanta controversia solo es producto de los muchos intereses comerciales que existen en el mundo de la medicina. No queremos nosotros dar un veredicto definitivo sobre práctica alguna, ya que sobrepasa nuestra capacidad (en gran medida por eso somos escépticos, la ignorancia no nos introduce en la creencia, ¡nosotros somos así!), pero sí señalar cosas en las que ya hemos insistido: que toda terapia, si de verdad funciona, debe ser incorporada a una visión amplia de la medicina científica y que, por supuesto, existen demasiados intereses y demasiada manipulación en el mundo de la salud (también en el mundo "alternativo"), pero que eso no legitima cualquier teoría no validada más allá del consuelo y del efecto placebo.

Mencionaré ahora cierta experiencia personal, en la clínica madrileña de un conocido quiroprático, ya que los niveles de surrealismo dispararon todas las alarmas escépticas con alguna que otra indignación añadida. Incluso, hizo demostraciones de escasos segundos en los que, supuestamente, manipulaba ciertas vértebras de "voluntarios" corrigiendo no sabemos muy bien qué desajuste. Se trataba de una presentación, en la más patética tradición de la charlatanería que todos hemos visto en películas antiguas, de la terapia de marras. Lo peor no era el tono, con frecuencia pueril y a ratos irrisorio, con el que se dirigía a personas que están deseando, obviamente, encontrar un remedio milagroso para sus dolencias. Lo grave, y digno de denuncia, es afirmar que puede curar el cáncer (sí, lo dijo, aunque luego matizó cuando pedí que lo repitiera y la cosa quedó en algo ambiguo). No sé si preparado o no, cuando aún no había acabado la presentación, empezó un desfile de pacientes que hablaban de forma somera, de los beneficios de la terapia.

Personas que han iniciado la terapia en este clínica madrileña han confirmado la vergüenza ajena que sufrimos en aquella presentación; una especie de sala de espera con un mostrador de recepción frente a una pantalla donde se emiten imágenes de… ¡la Pantera Rosa! (aunque no vivimos esto en la presentación, es muy creíble, ya que en la propaganda impresa de la clínica, efectivamente y no me pregunten por qué, utilizan imágenes de este icono popular). Otra sala más grande, con multitud de camillas, en los que el amigo terapeuta manipula raudo y veloz a los pacientes con una especie de pistolita de juguete algo ridícula; esto ya nos lo explicaron en la presentación, parece ser que trata a muchas personas a la vez, ya que solo necesita a veces unos segundos para sus "ajustes" (rigurosamente cierto). Vamos ahora con la cuestión crematística; el precio de una sesión no es demasiado caro (aunque, según el tiempo empleado, puede ser hasta dudoso esto), pero hay trampa como no podía ser de otra manera; pocas sesiones pueden no valer para mucho, por lo que necesitas bastantes más y tu tratamiento puede ascender a unos cuantos miles de euros. Juzguen ustedes por sí mismos; lo que vivimos en la presentación ya fue bastante irrisorio, pero lo narrado en las sesiones parece abundar en un ambiente sectario y pueril, que Woody Allen no superaría en sus maravillosas sátiras sobre el género humano. Una vez más, parece jugarse con la desesperación de personas, que buscan un remedio para dolencias extremas sobre los que otros profesionales de la medicina no les han dado respuesta. Diremos, para acabar, que en todas las terapias alternativas, existen casos de gente que le funciona, en todas (y en cada uno de ellos puede indagarse en un montón de factores por los que, supuestamente, funcionan). La cuestión es la cantidad de personas con las que no sirven (pueden ponerse muchos ejemplos) o el alcance que pueden tener los (supuestos) beneficios de determinadas prácticas.