martes, 27 de mayo de 2014

Querido creyente…

El pasado viernes, 23 de mayo, el diario El País, publicó un extenso artículo de opinión llamado "Queridos ateos…". En dicho texto, plagado de lugares comunes (como, inevitablemente, hacemos tantas veces los ateos) se incurría en una serie de argumentos y suposiciones, las cuales suscitaron que enviara una carta a dicho periódico; el siguiente texto es una versión ampliada de la misma.

Querido creyente…
Antes de nada, dejar claro que tenemos mucho en común; un proyecto de respeto muto entre ateos y creyentes no es patrimonio, ni de unos, ni de otros. No obstante, el respeto se tiene a las personas, no a sus ideas y creencias; todas, repito, todas las ideas son susceptibles de crítica en nombre de la libertad de expresión, si de verdad creemos en el progreso, y la constante apelación que realizan algunos al respeto por sus creencias no parece encubrir más que un miedo a un debate intelectual en igualdad de condiciones. Ser o no creyente no implica ser más inteligente, a pesar de lo que creen algunos, ni más guapo ni, por supuesto, ser mejor o peor persona, algo esto último en lo que sí suelen insistir muchos creyentes, todavía a día de hoy, que solo conciben los valores humanos a través de una instancia trascendente; si hablamos de un ateísmo, y no tenemos ningún miedo a adjetivarlo así, aludiendo por supuesto al terreno de las ideas, la diferencia estriba en que, algunos, consideramos que el ateísmo (hay otros nombres de carácter positivo, ya que no se trata de una simple negación de una creencia: humanismo laico o naturalismo) coloca en mejor disposición a la persona para su desarrollo, para indagar y profundizar en los problemas humanos (por supuesto, algo tan cuestionable y digno de debate como cualquier creencia, aunque nos esforcemos en buscar evidencias). Claro que la creencia religiosa es un sentimiento, muy probablemente originado en la aflicción, como dijo el clásico; nadie debe arrebatar sus sentimientos al prójimo, por supuesto, pero sí queremos combatir las miserias del mundo y poner a prueba, de paso, esa peculiar y pertinaz creencia religiosa, que tantas veces vemos identificada con una posición conservadora en la vida (sí, sabemos que es probablemente una simplificación excesiva). Tenemos también en común, amigo creyente, considerar que la posición científica correcta respecto a la creencia en Dios es, por supuesto, el agnosticismo. Dios no es una hipótesis falsable, es decir, no puede demostrarse que no sea cierta; tampoco lo es la famosa tetera del agudo y lúcido Bertrand Russell, no hace falta decir más respecto a este campo. Al margen del ámbito científico, la posición agnóstica, que en numerosas ocasiones se nos espeta como la más sensata si no se tiene creencia alguna, se me antoja algo peculiar; ¿hay que serlo respecto a cualquier fantasía sobrenatural generada por el ser humano o solo ante el monoteísmo? Parafraseando a cierto autor, todos los creyentes son ateos respecto a la mayor parte de fantasías religiosas; solo necesitan dar un paso más, cuestionar la cultura en la que se han formado y, tal vez, ser totalmente coherentes a nivel intelectual (puede que en otros terrenos también). Llegamos ahí a un punto clave para un debate, a nuestro juicio, importantísimo; ¿no es el teísmo, la verdadera creencia, frente a un ambiguo deísmo? Me quedo sin espacio para desarrollar tantos conceptos. Para terminar, algo ya señalado por otras personas en lo que instiremos aunque no tarden, de nuevo, en acusarnos de irrespetuosos; el verdadero debate no es si Dios existe, sino si la religión es o no necesaria a principios del siglo XXI.

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