
Se trata de un filósofo que aboga por el naturalismo y el materialismo; la única realidad sería la materia, organizada en la naturaleza y sin que intervenga en su movimiento ninguna causa sobrenatural. Por lo tanto, la materia se explica por sí misma y no hay que buscar nada tras ella; por supuesto, se niega la providencia y toda causa primera, d'Holbach combate tanto el teísmo como el deísmo y abraza un ateísmo sin ambages. En la naturaleza no existe ninguna finalidad ni tampoco está dotada de inteligencia alguna; si hablamos de una naturaleza inteligible y racional es porque puede ser comprendida por el hombre. El ser humano sería parte de la naturaleza y puede conocerla de forma óptima gracias, no solo a la razón especulativa, también a las impresiones sensibles causadas por el movimiento de la materia.
La filosofía de d'Holbach no puede entenderse sin que vinculemos el conocimiento de la naturaleza, la materia y el movimiento a la completa liberación del temor a los dioses y a la clase sacerdotal, así como a los reyes y toda suerte de tiranos. Puede decirse que hablamos de una moral fundada en el conocimiento de la naturaleza; d'Holbach considera que no hay distinción entre lo físico y lo moral, por lo que tanto el odio como el amor pueden se concebidos como formas de movimiento análogos a la repulsión y la atracción. El objetivo final de esta visión filosófica es la liberación del temor y la superstición en el ser humano de todos los fantasmas que le han perseguido a lo largo de la historia; el individuo no puede lograr esa emancipación de manera aislada, sino que es el conjunto de la sociedad el que debe ser persuadido para alcanzar un nivel óptimo de justicia, paz y bondad.

La pasión atea de d'Holbach es sorprendente, convirtiendo en trizas las visiones religiosas melifluas de Rousseau, Voltaire o Diderot. En su obra, tal y como afirma Michel Onfray, "podemos diferenciar fácilmente tres momentos teóricos con su temática propia: la deconstrucción del cristianismo, la elaboración de un materialismo sensualista y ateo, y la propuesta de una política eudemonista y utilitarista. El conjunto constituye el programa más vasto posible de una filosofía de las Luces digna de tal nombre o, dicho en otros términos, del combate contra las supersticiones religiosas, filosóficas, idealistas, espiritualistas y metafísicas". Con seguridad, no se ha prestado a este autor la atención debida, en comparación con otros supuestos gigantes intelectuales de su tiempo, por lo que es el momento de revisar sus muy valientes y oxigenantes planteamientos liberadores.
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