sábado, 1 de agosto de 2015

¿Es el ateísmo contrario a la religión?

El concepto de religión es posible que surja tal y como lo conocemos en un contexto judeo-cristiano, y ahí es donde más se reflexiona sobre él. Sin embargo, habría que preguntarse qué entendemos exactamente por religión desde el ateísmo y la libertad intelectual.

William Alston menciona las siguientes características que dan lugar a la religión: (1) creencia en seres sobrenaturales; (2) diferenciación entre objetos sagrados y objeto profanos; (3) actos rituales relacionados con los objetos sagrados; (4) un código moral sancionado por los dioses; (5) sentimientos religiosos característicos (temor reverencial, sensación de misterio, sentimientos de culpa, adoración), idealmente relacionados con dioses, que suelen aflorar en presencia de los objetos sagrados y durante el ritual; (6) oraciones y otras forma de comunicación con los dioses; (7) una visión o idea general del mundo holística que incluye al individuo, y que acaba justificando la idea de que el mundo cumple un propósito general (en el que, obviamente, está incluido el propio individuo); (8) una organización más o menos completa de la vida basada en esa visión del mundo; (9) un grupo social unido por la trascendencia.


No hay que ver estos rasgos como suficientes para dar lugar a una religión, pero me parece una buena serie que contribuye a precisar lo que podemos entender como una religión. El catolicismo romano y el judaísmo ortodoxo constituyen los paradigmas de lo que entendemos como una religión, aunque por supuesto existen muchas otras formas que tal vez no lleguen a cumplir los requisitos de esa lista. En algunas formas de budismo, por ejemplo, la creencia en seres sobrenaturales no existe no no es importante, por lo que se complica algo la cosa. Digamos que podemos establecer las características mencionadas, para luego precisar y delimitar en numerosos casos. Naturalmente, el ateísmo no es una religión, ya que no se cumplen varios de los requisitos, todo relacionados con entes sobrenaturales.

Otros autores, como Monroy Beardsley y Elizabeth Beardsley, amplian el horizonte de lo que se considera religión y consideran como tal a las religiones antiguas y a las de las sociedades carentes de escritura; según esta perspectiva, no se podría definir religión en términos de creencia en Dios o en el alma, ya que no todas comparten esas creencias. Lo que se propone en este caso son una serie de interrogantes básicos en torno a la religión: ¿cuáles son las características fundamentales de los seres humanos y los principales problemas a los que se enfrentan?; ¿qué características de la realidad no-humana son las más importantes para la vida humana?; ¿cómo deberían vivir los hombres teniendo en cuenta la naturaleza del ser humano y del universo?; teniendo en cuenta las respuestas dadas a las tres preguntas anteriores, ¿qué desarrollaría y daría a los hombres una mejor comprensión de la naturaleza de la realidad humana y no-humana y les ayudaría a intentar hacer realidad un ideal de vida humana?; ¿qué método o métodos deberíamos usar para responder a las preguntas anteriores?

Podemos considerar las dos primeras preguntas metafísicas, la tercera y la cuarta, éticas, y la quinta, epistemológica. En cualquier caso, todas las preguntas están íntimamente relacionadas. Responder a alguna de esas preguntas, puede entenderse que es entrar al menos en el terreno de la religión, por lo que el ateísmo empieza a decir ya mucho en esta perpectiva, que es no solo intelectual, sino fundamentalmente práctica y emocional. Es más, puede decirse que existen creencias, prácticas y actitudes interrelacionadas, que entran dentro de esas especificaciones, y no por ello se consideran religiones. Estaremos de acuerdo en que, dejando la tradición a un lado, los límites del término religión se amplían o se diluyen, según el caso. Por ejemplo, el humanismo, aunque suficientemente amplio, podría responder a esas especificaciones.

En el caso de ideologías, como puede ser el comunismo marxista, la cosa se complica, pero podría entrar también en la definición. En cualquier caso, tal y como se ha afirmado de manera pobre y reduccionista, no toda ideología entra necesariamente en esos límites establecidos. Por supuesto, el anarquismo, aunque inmensamente preocupado por el plano humano, intelectual, práctico y afectivo, jamás podría ser calificado simplemente como religioso; aunque en algunos casos a nivel histórico se haya ocupado seguramente de los interrogantes tradicionales, siendo recibido como es lógico por personas desarrolladas en un contexto netamente religioso, pero ampliando el horizonte para la razón y para la ética, y negando cualquier verdad trascendental.

De forma obvia, el ateísmo no es una religión, al no organizar a un conjunto de personas con unos mismos rasgos identitatarios. Incluso, hay quien ha criticado este asunto, reclamando tal vez dicha organización para que haga frente al inconmensurable poder de la religión institucionalizada. El ateísmo no puede realizar ese cometido, por la sencilla razón de que no es una religión: tanto un ateísmo negativo o débil, la no creencia en seres sobrenaturales, como un ateísmo positivo y combativo, donde se niega estrictamente a la deidad, no pueden considerarse de tal modo. El análisis siempre interesante de algunas (supuestas) religiones ateas, como es el caso del jainismo, de algunas variantes del budismo y del confucionismo, lo dejaremos para mejor ocasión. Respecto a la pregunta de si el ateísmo es contrario a la religión, o incompatible con ella, la existencia de esas religiones ateas (aunque, muy matizable el asunto de que lo sean en sentido estricto, ante la imposibilidad de precisar con satisfacción los límites de lo que consideramos religión) complica el asunto.

Lo que sí debe resultar nítido, al menos desde la perspectiva del que subscribe, es que el ateísmo abre la puerta a la libertad intelectual (y, por extensión, a todo ámbito práctico y afectivo de la existencia humana). Por supuesto, el ateo se opone al monoteísmo (recordaremos, que la noción de ateísmo nace de forma efectiva en la modernidad), a la subordinación a una entidad benevolente, omnisciente y omnipotente (ya nos hemos ocupado en diveras ocasiones de la demostración de la imposibilidad lógica de esas características). Eso no quita que se puedan admirar algunos de las rasgos que recogen las tradiciones religiosas, como pueden ser algunas cuestiones morales, pero siempre aceptando que su nacimiento y desarrollo se han realizado en un plano humano y social. Muchas actitudes y prácticas derivadas de creencias pueden ser encomiables, pero ello no justifica ni legitima a la propia creencia. Por supuesto, los ateos no obedecen a una misma práctica ni actitud, ni en lo ético ni en lo estético, pero lo que sí podemos dilucidar es cómo el ateísmo ayuda a una mejor práctica intelectual, política y moral.

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