martes, 25 de agosto de 2015

Occidens

Ahora mismo, en la ciudad de Pamplona, en su Catedral, puede verse una exposición llamada Occidens. Se trata de una alabanza, no demasiado encubierta, del Occidente cristiano. Propaganda burda de la Iglesia Católica, vamos.

Occidente, según la exposición, hunde sus raíces en la Antigüedad fruto de un mestizaje (Atenas, Roma, Jerusalén y el Espíritu Germánico), se construye a través de la reforma Gregoriana, en el Medioevo, y alcanza su plenitud en la Modernidad (sic). Muy apresurado es considerar que los valores occidentales son universales, algo que hay que poner a prueba, y bastante cuestionable considerar como tales la democracia (así, sin matices), la racionalidad crítica (ay, que la propaganda religiosa asegure tal cosa), el estado de derecho, los derechos humanos e, incluso, la libertad de conciencia y la solidaridad.


Todo ello, insisto, resulta digno de poner en cuestión. Sin embargo, lo peor son las ausencias, la falta de matices y la conclusión final. Muy a menudo, tendemos a explicar la historia de una manera tremendamente sesgada, producto de una determinada cultura, y visión parcial, que desgraciadamente se extiende al sistema educativo, en la que nos vemos insertos. Si ello se produce por parte de una institución dogmática (no empleo ninguna connotación en esta denominación, simplemente es una descripción objetiva de lo que es la religión), hay que andar prevenidos.

Es cierto que Occidente, tal y como lo conocemos, es inequívocamente producto de la cristiandad. Para bien y para mal. Lo peor es que observar la historia de una manera lineal  progresiva, algo por otra parte lógico en la visión religiosa, es sencillamente falaz. Una simpleza, en otras palabras. Es cierto que se han producido grandes adelantos en muchos aspectos, y a todos nos gusta saber que vivimos en un mundo donde es posible realizar técnicamente increíbles cosas. Insisto, donde es posible, pero no siempre se realiza debido a demasiados obstáculos políticos, económicos… y religiosos. Sin embargo, hay que aprender de la historia que son precisamente las trabas dogmáticas, y las visiones sesgadas e interesadas, las que imposibilitan comprender por qué siguen existiendo tantos problemas en el mundo.

Me parece muy bien que el Cristianismo se considere heredero del mundo antiguo. A menudo se considera que con la visión cristiana llega la igualdad para todos los seres humanos (se llega a decir que gracias a la divinidad, para la que todos serán iguales). Es cierto que en la Antigüedad existía la esclavitud, pero la misma no se acaba ni mucho menos con la llegada del Cristianismo; las mayores barbaridades se han realizado en nombre del dogma religioso, y así hay que subrayarlo en estas exposiciones. Los derechos humanos es verdad que nacen en un contexto occidental y cristiano, junto a la razón crítica, pero demasiado a menudo a pesar de la visión religiosa (producto de la fe, no de la razón, a pesar de lo que nos digan algunos discursos).

Alabar los logros del liberalismo (se llega a decir que uno de los logros de Occidente es la propiedad privada), obviando la otra gran corriente moderna que es el socialismo (y no hablo solo de ese gran desastre político, económico y humano que fue el comunismo), es sencillamente risible. La Iglesia Católica, ni más ni menos, ha ido dando tumbos en la época contemporánea a medida que iba perdiendo cotas de poder. Atribuir que el Concilio de Vaticano II, que por otra parte se cargaron en gran medida papas abiertamente reaccionarios como Juan Pablo II y Benedicto XVI, es pasar por la historia con un rodillo interesado al que se le ven todas las costuras.

Occidens nos propone cuatro encrucijadas. La primera de ellas había de elegir entre el paganismo y la fe cristiana; sinceramente, y con la dificultad que supone siempre colocarse en el momento histórico, considero que hay muchas cosas buenas en el paganismo y unas cuantas cuestionables en el Cristianismo como para tener que elegir. La segunda encrucijada, que se produce en Navarra en la Edad Media (de ahí la situación de la exposición), es entre el Cristianismo y el Islam; hoy vemos a los musulmanes como un pueblo atrasado (desgraciadamente, los problemas sociales son también caldo de cultivo para el fanatismo y Occidente tiene su responsabilidad en ello), pero la cosa era muy diferente entonces. La tercera encrucijada, ya en la Edad Moderna, nos habla de un proceso de secularización (y, ojo, de expansión de la Iglesia); bueno, precisamente la Ilustración supone en gran medida el apartamiento de la Iglesia, y de cualquier visión religiosa, para la (supuesta, claro) llegada del laicismo y del librepensamiento (conceptos para nada mencionados en Occidens).

La cuarta, y última encrucijada, es entre la modernidad y la posmodernidad (aunque no son términos empleados en la exposición). Se considera que la época en que vivimos es la del relativismo, destruyéndose los valores de Occidente (sic). Bien, es cierto que seguimos viviendo en una sociedad con demasiados problemas, con una cada vez menor inquietud ética e intelectual, pero el análisis nunca puede ser reaccionario. En primer lugar, insisto, las mayores barbaridades en la historia se han hecho en nombre del absolutismo (con sus diferentes rostros, también el de Dios), no sé si tanto en el del relativismo (concepto necesitado de matices). Frente a esa reivindicación de valores universales y absolutos, en mayúsculas, yo reclamaría un mundo más humano y concreto, no relegado a un plano trascendente y sobrenatural que tanto daño ha causado. Todos los problemas existentes, sociales, políticos y económicos, tienen un análisis y una explicación muy terrenales. Atribuirlos a la ausencia de Dios (esa gran mayúscula sobrenatural), a estas alturas y por parte de la Iglesia Católica, es sencillamente tener demasiada cara.

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