martes, 1 de septiembre de 2015

La fuerza moral del pensamiento de Bertrand Russell

Un aspecto de la obra de Bertrand Russell muy importante, y estrechamente vinculado a la concepción libertaria como garante de una sociedad libre compuesta de individuos libres, es el de la educación. En este sentido, la educación estaría muy relacionada con la política, ya que ésta debe ocuparse verdaderamente del individuo y no quedar reducida a una mera técnica.


 Se ha dicho que tres son las cualidades principales que Russell afronta en su pensamiento educacional relativas al individuo: inteligencia, amor y valor. En un mundo cada vez más complejo, es necesario encontrar soluciones inteligentes, ya que sin ellas amor y el valor resultan estériles. Obviamente, sin amor la inteligencia y el valor resultan francamente peligrosos y potencialmente destructivos. Por último, es necesaria la valentía de caminar contracorriente y abrir nuevos senderos en un mundo donde las cualidades de la inteligencia y el amor no son suficientemente reconocidos. Russell consideró el siglo pasado que era necesaria la síntesis de estas tres cualidades para afrontar los graves problemas del mundo moderno, y hoy resulta tan o más reivindicable.


Como ya insistiremos muy a menudo, uno de los rasgos más sobresalientes de Russell es su fuerte compromiso, el intento permanente de que su pensamiento sirviera en la práctica para mejorar la existencia humana. Sin ninguna duda, y acorde con el legado de su obra, se trata de una persona de enorme talla intelectual y también humana. Otro de los aspectos que queremos ver muy emparentado con la concepción libertaria es su inquebrantable visión internacionalista en un mundo que vivía más marcado por las fronteras y el poder de los Estados nacionales. La visión de la humanidad como un todo, una educación dirigida a vivir en sociedad, la fomentación de los aspectos más constructivos del ser humano y la preocupación por la dignidad y por la libertad de cada individuo es lo que caracteriza la obra de Russell.

Por otra parte, huía Russell de cualquier absolutismo, tenía siempre presentes los límites y lo necesario de buscar la combinación en el pensamiento. Es muy difícil reprochar nada a este autor, aceptando que él mismo no negaba caer en contradicciones, inherentes por otra parte a cualquiera, cuando observamos cómo combinaba todo lo bueno de la educación clásica con la moderna, el estudio de la historia con las ciencias aplicadas, la disciplina con la libertad, la razón con la emoción, la pasión con la inteligencia, el conocimiento con la responsabilidad, la realidad con la imaginación... Hablamos pues de un autor plenamente revindicable, también en el aspecto educacional, con un pensamiento rico y complejo en el que se dan diferentes dimensiones y se combinan distintos factores.

Frente a toda visión trascendente, Bertrand Russell dedicó su vida y su obra a demostrar que la solución únicamente está en nosotros mismos y una de las claves se encuentra en la educación política para formar individuos libres.
En la siguientes líneas, extractadas del final de su obra Los caminos de la libertad, podemos ver la belleza de un pensamiento que jamás renunció al compromiso y que resulta más necesario que nunca en el mundo actual, tan plagado de charlatanería y de corrupción moral:
No es imposible para la fuerza humana crear un mundo lleno de felicidad: los obstáculos impuestos por la naturaleza inanimada no son insuperables. Los obstáculos reales se hallan en el corazón del hombre, y el remedio para éstos es una esperanza constante, encauzada y fortalecida por el pensamiento.
El mundo que tenemos que buscar es un mundo en el cual el espíritu creador esté vivo, en el cual la vida sea una aventura llena de alegría y esperanza, basada más en el impulso de construir que en el deseo de guardar lo que poseamos y de apoderarnos de lo que poseen los demás. Tiene que ser un mundo en el cual el cariño pueda obrar libremente, el amor esté purgado del instinto de la dominación, la crueldad y la envidia hayan sido disipadas por la alegría y el desarrollo ilimitado de todos los instintos constructivos de vida que la llenen de delicias espirituales. Un mundo así es posible; espera solamente que los hombres quieran crearlo.
Mientras tanto, el mundo en el cual nosotros vivimos tiene otras finalidades. Pero éste desaparecerá, consumido en el fuego de sus ardientes pasiones, y de sus cenizas surgirá un nuevo mundo más joven, preñado de una nueva esperanza y con la luz de la alborada bullendo en sus ojos.

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