martes, 9 de febrero de 2016

La invasión de los ladrones de mentes

De un tiempo a esta parte, observaba algo extraño en la ciudad. Desde primera hora de la mañana, unos seres de actitud gris, y expresión algo hostil, deambulaban por las calles. Algo les llamaba la atención de mi persona, ya que me miraban con curiosidad señalándome con el dedo e, incluso, emitiendo un pequeño gritito de desaprobación. Comprobaba paulatinamente mi, cada vez mayores, soledad e individuación, mientras que aquellas criaturas parecían moverse en manadas. Tardé un tiempo en descubrir qué era lo que les motivaba para moverse de esa manera en grupo. Gracias a cierta metodología científica, supe de la existencia de un virus que se estaba extendiendo por la urbe. Estos microorganismos penetraban en el cerebro, se asentaban en él sin remedio y obligaban al huésped a adoptar ideas fijas e inmutables.

Había logrado aislar el virus del dogmatismo, pero no existía remedio conocido. Era una especie de paradoja, conocía de su existencia gracias a la ciencia, pero esta no tenía capacidad para buscar un antídoto. Cada vez que salía a la calle, la hostilidad era mayor al no seguir opiniones establecidas. En el mejor de los casos, esas ideas me parecían cuestionables, pero en la mayoría soberanos dislates. Las miradas y los gestos eran agresivos, mientras que los términos que salían de su boca solo invitaban a una mayor perplejidad.  Así, gritos de "¡escéptico, escéptico!" provocaban qué me preguntase qué ocurría dentro de la mente de aquellos seres. La respuesta era, con seguridad, que no mucho, ya que tal vez la comunicación interneuronal no era la adecuada. En cualquier caso, el virus parecía obligar a la persona que lo albergaba a no cuestionar nada de lo comúnmente aceptado.

Ningún género, ni clase social, ni gremio profesional, parecía estar a salvo de la pandemia. No obstante, observé que los críos parecían a salvo de aquello si no se exponían demasiado al papanatismo adulto. Mi actitud encrespaba a cada una de los grupos, ya que era cada vez más obvio que no pertenecía a ninguno de ellas, algo que no parecían comprender ni aceptar sus miembros. Cada manada, exhibía algún símbolo de sus creencias comunes inamovibles: banderas, pancartas, pequeños objetos… La uniformidad de mente parecía tener alguna equivalencia en el físico o atuendo, así como en sus cánticos y proclamas. Estos seres, solían caminar por caminos usualmente transitados, cómodos, pero sin demasiada luminosidad. En cambio, me vi empujado a adoptar terrenos más abruptos, en los que necesitaba detenerme cada rato a examinar e indagar. Pese al esfuerzo agotador de huir de la desidia, de la autoridad y del respeto a lo establecido, aquel panorama me parecía con mucha mayor claridad.

Con el tiempo, pude salvar a un grupo de infantes y protegerles del virus, con un trabajo pedagógico esforzado, pero satisfactorio. A pesar de ello, muchos se perdieron en la empresa para no tardar demasiado en caminar por lo establecido de una manera u otra, por pequeños o grandes grupos. No obstante, existen las suficientes personas a salvo para que exista esperanza y se adopten otros paradigmas sociales distanciados de este panorama desolado de aceptación acrítica. También, pude contactar con otros individuos escépticos en la gran ciudad y, algunos de ellos, están decididos a combatir la plaga dogmática de forma abnegada. Otros, aunque igualmente conscientes del problema, se limitan a una mueca de desdén y tratan de pasar desapercibidos para evitarse problemas. En cualquier caso, no sé cuánto tiempo más podré seguir emitiendo este comunicado. Es posible que la presión social sea ya tan insoportable, que nos obligue a escapar a un entorno aislado para tratar de empezar desde el principio y fundar una nueva civilización. El tiempo lo dirá.

1 comentario:

  1. ¿Escapar a un entorno aislado?... Umm, me temo que para ello tendremos que descubrir algún planeta habitable. El tiempo, efectivamente, dirá.

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