lunes, 14 de noviembre de 2016

¿Por qué diablos hablamos tanto los ateos de Dios?

No soy muy original, la verdad, al formular dicha pregunta, ¿Por qué los ateos hablamos de Dios? Recuerdo alguna discusión, en cierto ámbito ateo (y, supuestamente, librepensador) en el que alguno sostenía que lo único que nos vinculaba a los ateos era la no creencia en Dios (o en cualquier tipo de dioses o deidad). De acuerdo, el asunto era técnicamente correcto, pero la mayor parte de los ateos, amantes de la discusión y de la polémica, se suelen organizar, discutir y realizar a veces incluos acciones por algo. Ese algo, en mi opinión, es la idea de que la creencia en Dios, y por extensión religiosa, resulta perniciosa y un obstáculo para el progreso. No es casualidad que los ateos que sostenían aquello, reduciendo el asunto sencillamente a la no creencia, eran los elementos más conservadores, más reacios al cambio social. Si los ateos hablamos tanto de Dios es por la búsqueda de esa polémica que erosione el dogma, que cuestione e indague en cualquier tipo de creencia. Es una actitud librepensadora, aunque como ya he sostenido en alguna otra ocasión estoy lejos de identificar el ateísmo, sencillamente, con el librepensamiento. Como es natural, hay mucho zoquete ateo y proclive al dogmatismo o al papanatismo, por lo que la mera no creencia no supone nada en ocasiones.

En cuanto a los creyentes, no pocas veces, suelen aludir a una especie de variante del argumento ontológico. Este, venía a sostener que si el ser humano ha concebido un ser con los rasgos de Dios (ya saben), es que forzosamente existe. Como lo están leyendo. Así, hoy en día, sin el menos asomo de rubor, se sostiene en ocasiones que si los ateos estamos erre que erre con el asunto de Dios, es una prueba de que este existe. Por supuesto, es tan sencillo como ir un paso más allá, nuestro permanente cuestionamiento de la creencia en Dios (que no negación taxativa, ya que la misma es algo ajeno a cualquier verificación científica) es porque, sencillamente, creemos que el mundo terrenal es mucho mejor sin la misma. Así lo expresamos, y ningún rayo divino nos ha fulminado de momento. Hoy, la cuestión no debería ser solo sobre la existencia o no de la divinidad, también sobre si su creencia resulta o no perniciosa. Ese pasito adelante, para iniciar el debate, es lo que tantas veces se nos escatima con argumentos simplistas e intelectualmente irritantes. Los argumentos clásicos sobre la creencia en Dios, por muy abstrusos que quieran presentarse, así me lo parecen: el ontológico, el cosmológico, el moral… Desgraciadamente, todavía se escucha que un mundo ateo es un mundo exento de moralidad, lo cual ya impide cualquier discusión: el infiel es, sencillamente, el peor criminal. Esto no se expresa siempre así, con esas palabras, pero es lo que subyace todavía a la creencia religiosa y a las instituciones consecuentes.

Volvamos a la cuestión de que no paramos de hablar de Dios. También en algunos foros y debates ateos, se suele equiparar a Dios con cualquier otro personaje de ficción. Es muy divertida esa aseveración de Homer Simpson: "Dios es mi personaje de ficción favorito". Equiparar a Dios con, por ejemplo, Astérix es una boutade atractiva a priori, con su buena dosis de mala leche, pero no sabemos si muy efectiva de cara al debate. Sin embargo, hacerlo con cualquier otra deidad histórica, como por ejemplo Zeus (de semejanzas fonéticas y rasgos similares), o incluso a nivel filosófico con el argumento del Primer motor inmóvil de los antiguos griegos, es ya más interesante. Es decir, la creencia religiosa, y en concreto la monoteísta, no es más que una evolución o resultante de creencias anteriores. De la misma manera, los mitos y ritos religiosos son siempre plagios o variantes de otros previos en la historia. ¿Esta información hace cuestionar, al menos un poquito, la creencia religiosa de uno? Debería, lo mismo que comprender que sencillamente la tenemos tantas veces por una cuestión geográfica, social y de costumbre. Seguimos hablando de Dios.

Los ateos somos consecuentes (al menos, gran parte, los que solemos ser tan pesados). No esgrimimos una creencia (dogma) para anular cualquier otra, la del vecino. Sencillamente, consideramos que es perniciosa, que muchas cosas desaparecen en la historia de la humanidad para tratar de que nazca algo mejor. Como dijo el clásico moderno, los ateos vamos un paso por delante del monoteísta; a este, solo le falta creer en un dios menos. El creyente en un dios particular piensa que el resto está equivocado al creer en otro distinto y, seguramente, emplea tanto tiempo como los ateos para demostrarlo. Los principales filósofos de la Ilustración solían equiparar el ateísmo con la filosofía. Tan sencillo como eso, por lo que retomemos esa actitud. Nuestro gusto por la humanidades hace que se coloque en su justo sitio la creencia religiosa, así nos lo hace comprender la filosofía, la antropología, el estudio de la mitología, etc. Porque el hablar y debatir sobre cualquier cuestión, aunque sea sobre creencias sobrenaturales, es muy valioso. A pesar de lo que nos digan, seguimos pensando que el conocimiento y el aprendizaje son muy aprovechables para el crecimiento individual y colectivo. Una manera de dejar el dogma, el inmovilismo, atrás. No siempre funciona, ojo, y de vez en cuando nos aparece a alguien que nos merecía cierto respeto intelectual con algunas peculiares creencias. ¡En algo hay que creer!, otro argumento vulgar escuchado por doquier. Claro que sí, creemos que la idea de Dios es perniciosa, no la creencia particular que cada uno puede tener de lo que le venga en gana, sino los dogmas, verdades indiscutibles e instituciones que ha generado esta peculiar atención a lo sobrenatural. Caldo de cultivo para persecución de herejes y para mantener a la humanidad enfrentada. Sin todo esto, creemos que la creencia religiosa, aunque se quiera presentar como una simple opción personal, no tiene mucho sentido. Sí, seguiremos hablando mucho de Dios.

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