lunes, 6 de febrero de 2017

El lugar de Dios en la historia del pensamiento

Si queremos combatir de verdad nuestros prejuicios, a la hora de abordar la cuestión desde una perspectiva atea y liberadora, hay que comprender en primer lugar que el concepto de Dios ha estado presente en, prácticamente, toda la historia de la filosofía. Lo que quiero decir también, nos guste o no, es que que nuestra manera de pensar es heredera de la tradición judeo-cristiana. Seguramente, tenemos más de ella que de las antigua filosofía griega. Insisto, nos guste o no, es necesaria asumir esto precisamente en aras de la libertad de pensamiento. Por lo tanto, hay que preguntarse en primer lugar por qué aparece Dios con tanta frecuencia en el pensamiento, especialmente en la modernidad a partir de Descartes. La respuesta a esta cuestión no puede reducirse a un nivel personal, ya que muchos filósofos, en cuyo pensamiento aparece Dios, no eran personas religiosas o, incluso, declaraban abiertamente su agnosticismo o ateísmo. Descartes, pensador claro y brillante, puede ser una buena elección para tratar de explicar esta cuestión, ya que es el iniciador de la la época moderna en la filosofía. El autor de El discurso del método, iniciador también de la filosofía de la subjetividad y pensador barroco, comienza con la duda, muy acorde con el escepticismo filosófico imperante en el contexto histórico que le tocó vivir. Al hablar de "duda" lo que se quiere plantear es que ante el más mínimo planteamiento que ponga en cuestion la verdad, que no parezca absolutamente verdadero, se considerará entonces falso y se eliminará.

Ante la disyuntiva, presente desde los inicios de la filosofía, entre el conocimiento sensible y el conocimiento racional, Descartes considerará que los sentidos nos engañan; ante la evidencia de que el conocimiento sensible nos confunde en ciertas ocasiones, concluirá que puede engañarnos siempre. Así, en este primer nivel de duda se puede decir que Descartes se carga el mundo externo, "quedándose solo" (ni siquiera con su propio cuerpo, el cual pertenece también al mundo sensible). Pero en el siguiente nivel de duda concluirá la imposibilidad de diferenciar entre sueño y vigilia sin el conocimiento sensible, afirmando que en ambas situaciones existe algo que parece absolutamente cierto y es el conocimiento matemático. Aquí, Descartes realiza un artificio literario para avanzar en su pensamiento, y habla de un "genio maligno" capaz de engañarnos en nuestro acceso al conocimiento matemático. Lo que en realidad plantea es "cómo podemos saber que existe un orden del pensar y un orden de la realidad y que esos dos órdenes coinciden", es la gran pregunta del escepticismo filosófico. Dudar entre la conexión entre el pensamiento y la realidad sería el máximo nivel de duda. El cogito cartesiano sería lo que podemos llamar el pensamiento puro, "solo yo y mis pensamientos". Lo que quiere decir el conocido "pienso luego existo" de Descartes es que si existe la acción de pensar se garantiza la existencia del acto de pensar. No obstante, Descartes no se queda solo en este punto, lo que le convertiría en un escéptico más, sino que desea el conocimiento de la verdad.

Considerará que el pensamiento existe y admitirá tres tipos: conocimiento de conciencia, que proviene del exterior; el conocimiento que se construye en nuestra imaginación, y las ideas innatas. Con estas últimas nacemos y entre ellas está, por eliminación de las dos anteriores, la idea de Dios. Esta es la gran trampa de Descartes, ya que esta idea innata que es Dios es la que destruye al "genio maligno", la que garantiza el conocimiento de la verdad. Cuando yo realizo un enunciado racional, Dios será el garante de que se corresponda con la verdad. Hasta tal punto este plantemiento fue importante, que todos los filósofos racionalistas posteriores no comenzarán con la duda, sino con esta idea de Dios. Leibniz dirá que si existe un orden racional, un fundamento de la verdad, será gracias a Dios, el cual cumple este papel fundamental en la modernidad al hacer de puente entre el pensamiento y la realidad. Nietzsche será el único capaz de realizar una ruptura con su enunciado de que "Dios ha muerto" (frase que en realidad es de Hegel, pero a la que sacará su máximo partido Nietzsche) y afirmar que no existe ese puente ontológico, que no hay ningún garante de la verdad. Lo que también debemos recordar, para tratar precisamente de desembarazarnos de este legado dogmático, es que desde los inicios del Cristianismo todo el afán del pensamiento filosófico y científico ha sido reducir la multiplicidad a la unidad: para explicar la realidad es necesario reducirla a uno, y el presupuesto ontológico para ello es Dios (el principio de todo). De nada sirve que nos declaremos ateos o contrarios a la religión si seguimos manteniendo esos presupuestos ontológicos, reduciendo el pensar a la unidad, y cambiando a Dios por la Razón o por el Hombre. Es un simple cambio de monarca. Reducir toda la explicación de la realidad a un único principio es un legado del Cristianismo, "una secularización disfrazada".

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