A
estas alturas de la historia, todavía parece haber personas que
identifican ateísmo con ausencia de moral. El ateísmo, a priori, no
implica gran cosa sobre la moral, tampoco rechazarla. Se dice que hay
ateos que son nihilistas en sentido peyorativo, en su sentido más pobre,
es decir, un nihilismo meramente negativo, conservador o más bien
reaccionario, ya que se remonta a Hobbes y su concepción de un estado
natural en el que no existen nociones de lo bueno y lo malo, y en el que
los seres humanos vendríamos a ser bestias egoístas en guerra unos con
otros.
Por supuesto, nos atrevemos a decir que
es un minoría de ateos la que
piensa de este modo y es más bien una mayoría de "creyentes", del tipo
que fuere, la que acepta un mundo político y económico basado en esos
presupuestos hobbesianos. Empleamos entonces el término creyentes,
simplemente como sinónimo de "conservadores", es decir, los que aceptan
el mundo tal y como lo colocan ante sus ojos, por muy injusto e
irracional que se muestre. Es una terminología tal vez muy suave cuando
hablamos de reducir al ser humano al nivel de la bestia, incapaz de
transformar el medio, condicionado entonces por fuerzas externas y
preocupado solo por su propia supervivencia. Precisamente, lo que nos
diferencia de las bestias es la capacidad de elección, de proporcionar
contenido a la moral, y no empleamos este término de manera restrictiva,
sino todo lo contrario. Los ateos, una mayoría al menos de los que
conocemos, consideramos que la moral no deriva de ninguna fuerza externa
al ser humano y a las sociedades que ha creado, sino que surge de su
propia potencialidad, de la capacidad que poseemos para transformar
nuestro mundo con la única limitación de las leyes naturales (en las
que, obviamente, no existe ninguna condición humana determinante
previa).
Por supuesto, existirán muchos creyentes
religiosos que compartan esa misma visión de la moral. De hecho, a poco
que indaguemos, veremos que la moral no deja de ser, no solo
independiente e incluso tantas veces contraria a los preceptos de la
religión, también ajena a las propias creencias de cada persona. Es
decir, el comportamiento moral está mucho más influenciado por los
rasgos inherentes al ser humano y, sobre todo, por el medio en que
habita, que por obligaciones morales de la naturaleza que fuere. Decir
lo contrario es admitir que, tal y como dijo Einstein, el hombre no vale
gran cosa si la cultura que ha creado se basa, simplemente, en el
castigo y la recompensa. Esta es la herencia cultural que nos ha legado
la religión, totalmente vigente hoy en día en el mundo político y
económico, y esa misma moralidad es la que tienen los creyentes que solo
admiten un buen comportamiento en base al miedo al castigo o a una
retribución material o ultraterrena. Pero no solo los creyentes, los
ateos que niegan cualquier contenido a la moral (negarla en sí es,
simplemente, un despropósito) no dejan de tener la misma visión que los
creyentes más cerrados y dogmáticos. Negar la posibilidad que una acción
sea buena o mala, es tanto como decir que el bien y el mal deriva de
algo tan arbitrario como una entidad sobrenatural. Por supuesto, la
moral es independiente de cualquier creencia sobrenatural, pero hay que
ir más allá, ya que la posibilidad de otorgarle un contenido lo más
amplio depende del propio ser humano y su capacidad para transformar su
entorno. Ateísmo, tal y como nosotros lo entendemos, y tal y como lo hace la
mayoría de ateos que conocemos, consiste en la posibilidad de otorgar una
mayor dignidad y moralidad al horizonte humano. Ateísmo no es sinónimo
de un nihilismo negativo, pobre y falaz, que no es más que la otra cara
del dogmatismo religioso. Ateísmo, si se quiere ver así, es un nihilismo
combativo y positivo, capaz de generar un mundo nuevo ajeno a los
dogmas y de otorgar sentido a la existencia humana.
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