sábado, 1 de junio de 2019

El mito del libre albedrío

En este blog, ya hemos abordado el concepto del libre albedrío, basado en una supuesta voluntad libre del individuo, que ya señalamos como una fantasía y un concepto reduccionista proveniente de la tradición religiosa; la libertad humana es algo complejo y apasionante, pero la vida social está sujeta a tantos condicionantes, máxime en una sociedad jerarquizada y muy mediática, con tantos intereses, que quien no ponga en cuestión sus actos y creencias resulta alguien más bien pobre y determinado. 

Esta situación se produce más en concreto en la posmoderna sociedad de consumo, donde la tecnología, internet y redes sociales juegan un cuestionable papel, deberíamos esforzarnos en un mayor tiempo para la reflexión y el contraste de las ideas. Muy probablemente, la ideología que aparentemente se ha impuesto en el desarrollo de la humanidad, con todos los altibajos que se quiera, el liberalismo, tomó una confianza exacerbada en el libre albedrío. Por lo común, las personas creen actuar libremente, sin apenas espacio para el análisis, la crítica y la autocrítica; desgraciadamente, forma parte de nuestro acervo cultural. Sin embargo, de forma obvia a poco que reflexionemos, el libre albedrío no es una realidad científica, más bien lo contrario, un concepto heredado de la visión religiosa (quizá, más en concreto, la monoteísta). Así, se considera tradicionalmente que el ser humano es libre para actuar, algo que justifica la recompensa o el castigo de Dios; yendo un poco más allá, se considera el libre albedrío resulta un reflejo de nuestra alma eterna, por lo que no hay cabida para las limitaciones biológicas y sociales. Un mito que debería tener poca relación con lo que nos dice el conocimiento, disciplinas como la antropología o la biología, incluso la filosofìa en general si se quiere ser extremadamente crítico con la ciencia.

Si negamos el libre albedrío, si empezamos a comprender que nuestros actos, elecciones, creencias e incluso nuestra propia condición pueden estar más que condicionados, si no directamente determinados, en mi opinión supondría toda una auténtica revolución cultural. Yo mismo, cuando escribo estas líneas, estoy empujado por múltiples condicionantes: mi propia naturaleza escéptica y mi confianza en el pensamiento crítico, que no deja de ser una creencia que quiere cuestionar las creencias. Con tanta o más fuerza como condicionante es también mi propio conocimiento de las cosas, así como el contexto cultural donde me muevo (que sí, es cierto, posibilita al menos cuestionar las cosas). Es decir, en la sociedad posmoderna, con todos los males que yo creo que en ella se producen, también hay un espacio para la reflexión y el pensamiento crítico. Un espacio que, demasiadas personas, no están dispuestas a ocupar, e incluso se muestran críticos con su posiblidad si se cuestionan sus propias creencias. No cabe duda que la creencia, también la del libre albedrío, ha tenido su función histórica. En épocas absolutistas, de imposiciones religiosas o en regímenes totalitarios, podía tener una lógica y cumplir un papel efectivo a la hora de luchar contrar el sistema la creencia de que el individuo actuaba libremente.

Hoy, en la compleja sociedad posmoderna, de supuesta condición liberal, pero donde gobiernos y corporaciones tienen el poder, puede que sutil en algunos aspectos, pero peligroso al manejar el adecuado conocimiento tecnológico para poder condicionar a las personas. Todos somos ciudadanos susceptibles de ser persuadidos para justificar el poder político, elegir a aquellos que toman las verdaderas decisiones, y para consumir toda suerte de productos, la mayor parte innecesarios. El creyente, aquel que sigue teniendo fe en el libre albedrío, en que sus decisiones y creencias no están manipuladas, considerará esto exagerado. Nos reafirmamos en que la creencia, si no va acompañada de bases firmes, no hace desaparecer los problemas ni transforma la realidad de modo alguno. Si la manipulacion y la propaganda se producían hace décadas de forma masiva, hoy debe actuar de forma más precisa, algo que la tecnología posibilita. Incluso, hay quien ha mencionado la posibilidad de piratear el propio cerebro humano, si hablamos ya en términos informáticos, para vendernos lo que deseen o seducirnos en cuestiones políticas.

Como un ejemplo concreto, además de un mercado de oferta y demanda de bienes y servicios en el que está claro que estamos permanentemente catalogados a poco que nos conectemos a la red, está el éxito de ciertas fuerzas políticas en sociedades (supuestamente democráticas). El triunfo de políticos reaccionarios, con discursos plagados de odio ultranacionalista, como Trump, Salvini o Bolsonaro, incluso el cierto auge de Vox en España, tal vez se explica por ciertos mecanismos manipuladores mediáticos. Es cierto que, muy probablemente, llevemos dentro todo ese miedo, egoísmo y odio, que se ve reforzado en una sociedad en la que se delega sin problemas nuestra potestad política. Pero ambas cosas, tanto las condiciones inherentes del ser humano, como la vida social y política jerarquizada, parece reforzar el hecho de que nuestros actos no son totalmente libres. El liberalismo, tal vez, se mostró eficaz en la modernidad contra los viejos poderes absolutistas, pero hoy resulta más que cuestionable ya en el siglo XXI. El libre albedrío hunde sus raíces en la tradición monoteísta, pero continuó secularizado en la Ilustración y en la Modernidad. Hoy, en la sociedad posmoderna, ya en otro estadio, tenemos que armarnos intelectualmente, negando de entrada la creencia en el libre albedrío, para no ser manipulados de otra manera.

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