¿Existe
un forma correcta de pensar? Habría que contestar, tal vez en primer
lugar, que no existe una forma única. Algo tan evidente, queda en
entredicho al resultar tremendamente difícil filtrar en esta sociedad
algo tan necesario como es el pensamiento crítico y el escepticismo.
Es más, parece que ser crítico o escéptico se convierte incluso en algo cuestionable o despectivo y, el mundo al revés, uno debe avergonzarse de su actitud, de su manera de pensar no categórica, de suspender el juicio sobre tantas cosas (no confundir con inseguridad) y debe, además, demostrar sus dudas sobre el asunto en cuestión. Por otra parte, la duda para el escéptico se demuestra con la falta de certidumbre, tan sencillo como esto, pero es el dogmático (el iluminado, y de verdad que no queremos ser, al menos ahora, irónico con este calificativo, sino referirnos a aquel que posee la certidumbre) el que suele negar el debate. Nuestro escepticismo nos lleva a dudar de lo que se nos exponga y, después de cierto análisis, tal vez estar en franco desacuerdo. Naturalmente, el escepticismo no bebe de la ignorancia, todo lo contrario, se encuentra abierto a expandir el conocimiento y la razón. No hace falta decir lo necesario que resulta para el progreso, para combatir el integrismo, que nos más que el deseo de no seguir haciéndose preguntas. Naturalmente, el escepticismo y el pensamiento crítico se aplican primero a uno mismo, a su percepción y conocimiento del mundo (insistimos, la inseguridad es otra cosa), abre la posibilidad del cambio hacia mejor, a desterrar el conformismo.
Es más, parece que ser crítico o escéptico se convierte incluso en algo cuestionable o despectivo y, el mundo al revés, uno debe avergonzarse de su actitud, de su manera de pensar no categórica, de suspender el juicio sobre tantas cosas (no confundir con inseguridad) y debe, además, demostrar sus dudas sobre el asunto en cuestión. Por otra parte, la duda para el escéptico se demuestra con la falta de certidumbre, tan sencillo como esto, pero es el dogmático (el iluminado, y de verdad que no queremos ser, al menos ahora, irónico con este calificativo, sino referirnos a aquel que posee la certidumbre) el que suele negar el debate. Nuestro escepticismo nos lleva a dudar de lo que se nos exponga y, después de cierto análisis, tal vez estar en franco desacuerdo. Naturalmente, el escepticismo no bebe de la ignorancia, todo lo contrario, se encuentra abierto a expandir el conocimiento y la razón. No hace falta decir lo necesario que resulta para el progreso, para combatir el integrismo, que nos más que el deseo de no seguir haciéndose preguntas. Naturalmente, el escepticismo y el pensamiento crítico se aplican primero a uno mismo, a su percepción y conocimiento del mundo (insistimos, la inseguridad es otra cosa), abre la posibilidad del cambio hacia mejor, a desterrar el conformismo.





