Es habitual escuchar el argumento, por parte de personas religiosas, relativo a
que fue la ausencia de Dios la que dio lugar a los horrores provocados
en el siglo XX por regímenes como el nazi o el totalitarismo. No es que
merezca mucha profundización dicha afirmación, ya que no solo es
simplista, también sumamente distorsionadora, pero dado que hay que
tantas personas que siguen vinculando moral a religión merece alguna
atención. Esto es así porque la substitución de un dogma por otro, y es
posible que algunas ideologías hayan encontrado un terreno fecundo en la
mentalidad religiosa para desarrollarse, es el auténtico problema.
El
pensamiento, que sería fecundo de otro modo, también en el terreno
moral, haya un obstáculo en doctrinas, religiosas o no, que se limitan a
cambiar el objeto de su idolatría y subordinación. Que la moral dependa
o no de la religión, a estas alturas, no debería ser ya ni un debate.
Es más, algunas virtudes son más evidentes en personas no religiosas que
se rigen por la honestidad intelectual más que por cualquier dogma. Tal
y como entendía Bertrand Russell esa integridad intelectual, consiste
en decidir las cuestiones problemáticas en base a una prueba o bien
dejar el asunto en suspenso si no hay pruebas concluyentes. Así, este
punto de vista aparece como mucho más importante que cualquier sistema
dogmático y puede ser infinitamente más beneficioso.

