sábado, 12 de abril de 2014

Creacionismos varios

Desde un punto de vista filosófico el creacionismo puede tener dos sentidos: en primer lugar, como afirmación de que la creación del mundo tuvo lugar ex nihilo (es decir, a partir de la nada) por obra de Dios; en segundo lugar, puede aludir a la producción de almas humanas, lo que se presupone también la existencia de Dios. En un caso y en otro, el creacionismo quiere negar que el mundo y el alma humana (preexistente, para los creyentes, a la propia existencia del hombre; para los que no creemos, señalamos el alma como una de las grandes falacias en la historia de la humanidad origen del pensamiento religioso y del desbarajuste intelectual que todavía pagamos) tengan una condición previa según la cual hayan surgido a partir de algo. Es decir, la afirmación "Dios lo hizo" es la visión más cómoda a nivel intelectual, un deseo brusco de no hacerse más preguntas y, posiblemente, lo que sigue manteniendo a gran parte de la humanidad en un estadio más bien infantil. Recordaremos también el clásico moderno, que alude a la imposibilidad la causa primera de las cosas y niega la creencia religiosa: "Yo no pongo nombre a mi ignorancia, la coloco en un altar y la llamo Dios".

Este breve resumen sobre la visión filosófica del creacionismo lo adelantamos a un análisis más popular del concepto, y para echarnos a temblar, como veremos a continuación, preguntándonos si el pensamiento religioso es una suerte de virus que mina intelectualmente a las personas; puede que nos acusen de reduccionistas y demagogos, algo que asumimos, nosotros somos así.
Hay que aclarar, y un motivo más para entender lo fantasioso de la creencia religiosa (o mágica o como la queramos llamar), que el creacionismo no debería aludir necesariamente a la mano de un único Dios en la creación del mundo y los seres vivos. Es decir, si nos viene uno diciendo que él es un politeísta que también piensa que hay una creación ex nihilo, ¿quiénes somos nosotros para negarle la condición de creacionista? Queremos decir con esto que el creacionismo es un concepto, como tantos otros, insertado en la tradición monoteísta (exactamente, judeocristiana); si los seres humanos pertenecen a otra cultura, puede que crean en otras cosas disparatadas, pero al parecer no se les puede etiquetar de creacionistas según los cánones oficiales. Un desbarajuste intelectual de lo más peculiar, como ven ustedes, y nos esforzaremos siempre en señalar lo ridículamente dogmático de las creencias religiosas; es fácil señalar lo irrisorio, por ejemplo, del politeísmo hindú, con su universo plagado de deidades en plan despiporre, pero al parecer si indicas, por ejemplo, que el cristianismo tiene igualmente cosas contradictorias y disparatadas, contrarias a la razón, el asunto es más delicado.

Volvamos al creacionismo. A estas alturas de la película, todavía existen creyentes que pretenden que la visión religiosa (sobrenatural) debe contrarrestar en la educación las enseñanzas científicas (naturales). Así, pretenden que existe todo un debate científico sobre el creacionismo enfrentado al evolucionismo (y, ojo, no decimos que no haya fisuras, como es lógico, en lo que sabemos sobre la evolución; no obstante, insistimos, no pongamos nombre a la ignorancia en un caso o en otro); el creacionismo, junto a la idea del diseño inteligente, es decir, de que existe un propósito racional por parte de una voluntad superior en el origen del universo y de la vida humana (aunque, ya sabemos que hay quien no alude necesariamente en ello a la existencia de un Dios personal), no son más que mitos y creencias que deben ser colocadas en su justa medida. Si puede que exista un creacionismo clásico, amparado en la "verdad" revelada de la Biblia (un libro bien escrito y entretenido, pero plagado de hechos verdaderamente terribles que deberían hacer cuestionar la creencia religiosa más que afirmarse en ella), existe una doctrina creacionista moderna, que simplemente habría de calificar de seudociencia al ignorar o manipular el método científico.

Por supuesto, existen muchas variantes del asunto que nos ocupa, de tal manera que el pensamiento religioso se adapta ladinamente a la ciencia y pretende afirmar que sus creencias no se oponen en absoluto al conocimiento científico; así, se limitan a retrasar el acto creador ex nihilo de una manera de nuevo cómoda, pero cuestionablemente honesta. Por ejemplo, la inefable Iglesia católica, viendo tal vez que el chiringuito y los privilegios se le venían abajo, llegó un momento en la historia moderna que simplemente no trata de oponerse al desarrollo de la ciencia, siempre y cuando se creyera en última instancia en la causalidad divinia. Dejamos para el lector, para que nos nos acusen de nuevo de tendenciosos, la lectura intelectual y ética del asunto. Como es, o debería ser sabido, algunos postulados creacionistas, como la de no pocas iglesias de Estados Unidos, llevan a creer y afirmar que la Tierra tiene solo unos miles de años. Es una línea diferente a la del monstruo institucional católico, más replegada en el fundamentalismo; ello implica una notable falta de ridículo y, muy probablemente, de vergüenza, pero a priori es al menos más honesta desde el punto de vista dogmático-religioso.
En cualquier caso, insistimos, qué extraño y pernicioso virus se cuela en el cerebro de las personas y les lleva a creer en tanto disparate.

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