viernes, 9 de diciembre de 2016

La duda viva y dinámica del pragmatismo

Charles Sanders Pierce, uno de los fundadores de la corriente filosófica que se conoce como pragmatismo, consideró que "la duda viva constituye la vida de la investigación". A diferencia de la creencia, que siempre tendrá la tentación de imponer una verdad abstracta, la duda para el ser humano comienza cuando conoce que hay opiniones diferentes a las suyas. El pragmatismo posee confianza en la viabilidad de una praxis humana, pero lejos del dogmatismo y del autoritarismo, y lo hace en aras del progreso y teniendo en cuenta los valores humanos. Muy interesante es conocer esta corriente filosófica, y hacerlo además con palabras accesibles acercándola a la persona de la calle para hacer frente a sus problemas cotidianos. Si, tantas veces, hemos creado abstracciones a partir de las experiencias en el mundo, habría que invertir los términos: poner las ideas en circulación y tratar de buscar su verificación en la acción. Como vemos, se trata de una postura muy adecuada a la sociedad posmoderna, en la que los grandes discursos (y las grandes verdades) no tienen ya cabida. El esfuerzo se encuentra en desmitificar esas grandes nociones de la filosofía escritas con mayúsculas: Verdad, Realidad, Dios…

La filosofía pragmatista, de origen anglosajón en la modernidad, debió causar un notable revuelo en su momento. Así lo hace pensar al afirmar que no hay demasiadas cosas que decir sobre la verdad en términos abstractos o especulativos, ya que es necesario poner las ideas a prueba en el ámbito de la acción humana. La renuncia a grandes verdades, o a una verdad general, no supone un ataque ni a la racionalidad ni a la reflexión, más bien al contrario, se trata de fomentar el deseo de indagación (la búsqueda de nuevas verdades concretas, en la práctica), algo que está detrás también de un pragmatismo vigoroso que no renuncia jamás a la ética ni a los valores humanos. No podemos más que simpatizar con los autores que vinculan la labor filosófica con las preocupaciones del hombre de la calle, las cuales no tienen que caer en ninguna vulgaridad y sí proclamar su querencia al conocimiento, que se comprometen con lo particular (sacrificando toda abstracción y generalidad que pretenda que los seres humanos nos subordinemos a ellas).

Desde el punto de vista científico, el pragmatismo resulta muy útil, ya que de la multitud de hipótesis posibles, solo se admiten como factibles aquellas que tengan efectos prácticos en la experiencia. La actitud del científico se distingue de la cualquier gurú o charlatán en que aquel admite la falibilidad de lo que piensa. Un nuevo experimento puede refutar lo que hasta ese momento pensaba la ciencia, algo que no suele ser habitual en el mundo alternativo de la pseudociencia caracterizado por el inmovilismo dogmático. Es así de sencillo, el verdadero científico tiene que aceptar que lo que hasta determinado momento crecía cierto se ha demostrado falso gracias a una nueva revisión. Alguien dijo en cierta ocasión algo parecido a que el verdadero sabio es aquel que reconoce su ignorancia y se esfuerza en proba e indagar una y otra vez para acercarse a la verdad. Esta actitud es lo más opuesto al dogmatismo, caracterizado por verdades inamovibles fundadas en motivos ideológicos o religiosos.

Hemos mencionado anteriormente la filosofía posmoderna, según la cual el acceso a la realidad resulta complicado al estar determinada por nuestra subjetividad. Resulta algo a tener en cuenta, pero cuidado con llevar esa máxima demasiado lejos o caemos en el delirio de la multiplicidad de discursos ideológicos, que nada tienen que ver con la ciencia. Precisamente, necesitamos el método científico para concretar un concepto de la realidad aproximado. Si alguien piensa que su vida está regida por los astros o determinada por una energía universal curativa, sencillamente hay que demostrarle que son hipótesis que se han demostrado falsas (aunque, hay veces que el delirio místico se refugia en terreno ajenos a cualquier verificación). Cualquiera puede pensar y creer lo que quiera, pero los hechos son los hechos. La filosofía pragmática, plural y antidogmática, basada en una duda viva y dinámica, ya que los seres humanos estamos en un proceso constante de corrección y adquisición de nuevas creencias, nos demuestra que puede haber muchos puntos de vista, pero gracias a la verificación en la práctica podemos tener un acercamiento razonable a la verdad.

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