martes, 8 de julio de 2014

¿Ateísmo posmoderno?

La posmodernidad se suele entender como el fracaso de la modernidad, es decir, el fin de todo proyecto y normativa global y totalizante. Es por ello que en el terreno de la religión, se trata de un rechazo máximo a la idea de Dios, por lo que tantas veces se menciona a Nietzche como el precursor de la posmodernidad.

El ateísmo, al que hay que observar como una parte de las ideas antiautoritarias, inauguró una corriente moderna radical con Feuerbach en la que se trató de invertir los postulados teístas, al considerar que Dios había arrebatado los valores y la libertad al ser humanos, para tratar de divinizar a la humanidad. El lugar central de Dios vendría a ser ocupado ahora por el hombre y el ateísmo liberaría al hombre de la concepción alienante de la religión y la creencia sobrenatural. Como he dicho, se trata de una radicalización de los ideales modernos: la emancipación humana se apoyaría en la razón, de base sobre todo científica, y en una organización justa, solidaria e igualitaria. Desde la perspectiva actual, y con el desarrollo paralelo a la modernidad de la dominación económica capitalista (proyecto autoritario y totalizante, por mucho que se presente con un barniz de liberalismo), hay que ser crítico con esa concepción absolutista de la razón, apoyada en una ciencia que ha estado al servicio de grandes horrores en las disputas humanas. A mi modo de ver la cosas, y aunque se pretende desde el pensamiento periclitarse el proyecto emancipador moderno, esa línea humanista del ateísmo es reivindicable como una parte del rechazo al autoritarismo. La liquidación de Dios, desde la posmodernidad, supone la inexistencia de un gran fundamento donde apoyarse (verdad, realidad, historia, razón...), se rechaza toda herencia histórica e ideológica, algo que supone un nihilismo que tantas veces quieres verse como positivo (con todo por construir). Bien, el atractivo de esta visión filosófica, el cual no voy a negar, no puede hacernos no ver el sujeto social que se ha generado de forma mayoritaria en la sociedades "avanzadas": un individuo atomizado practicante de un placer superfluo y alienante, con poca o ninguna conciencia histórica y política. La presunta muerte de Dios en la modernidad quiso entronizar al hombre (otro concepto abstracto), y recogemos aquí otra herencia histórica con la crítica de Stirner que señala la alienación que se seguirá produciendo si no nos enfrentamos a una realidad concreta basada en el desarrollo de nuestra personalidad.

La destrucción definitiva de Dios, y de toda abstracción que mantenga encadenado al ser humano, pasa por un nihilismo positivo capaz de desarrollar todas las potencialidades, de acuerdo, pero sin tabla rasa alguna que anule toda conciencia y en permanente tensión con la línea histórica más emancipadora. Los cambios de paradigma que presuponen los autores posmodernos son la substitución de la razón por la experiencia y de la conciencia por el lenguaje (es decir, una comunicación a la que podríamos poner el apelativo de "racional"). Como he dicho, no considero posible ni tolerable eliminar importantes rasgos que, sin aceptar ningún condicionamiento biológico previo, son rasgos de la existencia humana. Parafraseando la metáfora que alguna vez se ha utilizado: la posmodernidad, solo tal vez, ha eliminado al gran monarca, pero ha dejado el trono intacto, por lo que acaba sentándose en él cualquier otro concepto alienante. Así es, el rechazo de la posmodernidad a los grandes discursos no ha acabado con la religión, a pesar del obvio declive de los grandes sistemas, y ha abierto la puerta a toda suerte de sectarismos. La fascinación por el misterio y por lo sagrado se han implantado en la vacua sociedad de consumo y en sus medios de comunicación masivos: los rasgos occidentales religiosos más evidentes se mezclan con misticismo oriental e irrisorios elementos de la new age. Las explicaciones a este hecho han sido diversas, entre ellas está la supuesta represión de la búsqueda de lo sagrado que habría supuesto ese predominio de una racionalidad científica subordinada a la técnica y la producción económica, de tal manera que lo esotérico acaba asomando por cualquier lado. Otras explicaciones, que abundan en la espiritualidad del hombre, consideran que la falta de experiencia interior en las sociedades avanzadas ha conducido al ser humano a adoptar otros caminos, los cuales son abiertamente disparatados. Lo que parece claro es que no se ha conseguido eliminar la religiosidad, ya que la antigua se ve substituida por otras creencias abiertamente absurdas. Un análisis más ambicioso no puede dejar de lado los numerosos factores sicológicos, sociales y económicos que han conducido a una sociedad plagada de sujetos sin conciencia, sin inquietudes intelectuales y practicantes, en el mejor de los casos, de un hedonismo superfluo.

Desde posiciones ateas posmodernas, no pocas veces se ha denunciado esa substitución de Dios por la razón científica. Algunos hablan de un gran fraude o distorsión histórica de la razón, de tal manera que ha transformado al (potencialmente) enorme sujeto de la Ilustración en un pobre burgués que no ve más allá de la productividad y de un cuestionable desarrollo. El ser humano no puede ser reducido, ni a mero feligrés como en las antiguas teologías, ni a simple técnico o consumidor como en las que se desprenden de la modernidad y del progreso propuesto por el capitalismo. Se pretende acabar con las iglesias, pero no para construir inmediatamente otros lugares de subordinación con mejor aspecto. Es necesario innovar en todos los terrenos, si no, la negación de Dios solo parece un medio para empezar a construir otro edificio autoritario cimentado esta vez en bases muy humanas. La posición posmoderna, excesivamente especulativa y algo irreal si se quiere a la hora de afrontar la cotidianeidad, sí puede adoptar en la práctica una tensión permanente al peligro autoritario de la modernidad, pero sin renuncia alguna al progreso y la emancipación social, ni tampoco a unas aspiraciones de autonomía individual. Aceptar esa tensión entre modernidad y posmodernidad (a la que habría que observar solo como un desengaño y no como una oposición radical a la primera) no supone, por supuesto, renuncia alguna a la pretensión científica ni a la racionalidad, aunque cuestione a los sujetos que se erigen en nuevos sacerdotes portadores de una verdad objetiva; existe en ello una oposición a la trascendencia y al absolutismo, en aras de otorgar sentido a la existencia terrenal; pero también pretende que se otorgue un mayor horizonte moral a la conciencia humana y a unos valores antiautoritarios con una aspiración subversiva permanente. Si se quiere expresar de otra manera, frente a un distorsionadora y fraudulenta razón moderna hay que reivindicar una poderosa razón ilustrada y antiautoritaria que renueve el interés por la innovación (la utopía).

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