martes, 23 de septiembre de 2014

Por qué creemos en cosas raras

Ese es el título de un libro de Michael Sherner, subtitulado Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo.
Correspondiente a esa obra, repasamos a continuación algunos de los factores que inducen a las personas a creer cosas más que raras, los cuales son incluidos en la categoría de "lenguaje pseudocientífico":

Las anécdotas no constituyen una ciencia
Las anécdotas —las historias que se cuentan para apoyar una afirmación— no constituyen una ciencia. Sin testimonios de otras fuentes que las corroboren, sin pruebas físicas de algún tipo, diez anécdotas no valen más que una sola y cien no valen más que diez. Quienes cuentan una anécdota son narradores humanos falsables.

El lenguaje científico por sí solo no constituye una ciencia
Vestir un sistema de creencias con los atavíos de una ciencia recurriendo al lenguaje y a la jerga científicas, como en «ciencia de la creación» no significa nada sin testimonios, pruebas experimentales y corroboración. Como en nuestra sociedad la ciencia está investida de un gran poder místico, quienes desean respetabilidad, pero carecen de pruebas, intentan llenar lagunas buscando una apariencia y un lenguaje «científicos».

Que una afirmación sea rotunda no quiere decir que sea cierta
Es probable que algo sea pseudocientífico si se hacen afirmaciones tajantes de su poder y veracidad pero las pruebas que las apoyan son tan escasas como los dientes de una gallina. Por ejemplo, Hubbard, el padre de la cienciología, que tanto debe a Tom Cruise entre otros, comienza su Dianética: la ciencia moderna de la salud mental, con esta afirmación: «La creación de la dianética es para el hombre un hito comparable al descubrimiento del fuego y más importante que la aparición del arco y de la rueda» (Gardner, 1952) pero , desde un espíritu crítico, cuanto más extraordinaria sea la afirmación, más extraordinariamente sólidas han de ser las pruebas que la respalden y en el caso citado no se dice nada.

Herejía no es sinónimo de verdad
Se rieron de Copérnico. Se rieron de los hermanos Wright. Y, bueno, también se rieron de los hermanos Marx. Que se rían de uno no le da a uno la razón. Muchos citan la famosa frase de Schopenhauer en la que afirma que «Toda verdad pasa por tres etapas: primero es ridiculizada; luego exageradamente combatida; y, por último, es aceptada como evidente». Pero no «toda verdad» atraviesa esas tres etapas. Muchas ideas que son verdad son aceptadas sin sufrir el ridículo ni la oposición, encarnizada o de otro tipo. La teoría de la relatividad de Einstein fue mayormente ignorada hasta 1919, año en que las pruebas experimentales demostraron su tino, pero Einstein no fue ridiculizado y nadie combatió encarnizadamente sus ideas. La cita de Schopenhauer sólo es una justificación, una bonita forma de que quienes son ridiculizados o han de enfrentarse a una oposición violenta digan: «i Lo veis!, debo de tener razón». ¡Pues no!

La carga de la prueba
¿Quién tiene que probar qué a quién? La persona que anuncia su extraordinario descubrimiento carga con la pesada tarea de demostrar a los especialistas y a la comunidad en su conjunto que lo que cree tiene más validez que lo que los demás dan por bueno. Hay que promocionarse, hacerse oír. Luego, es necesario convencer a especialistas y, a continuación, convencer también a la mayoría que, frente a lo que siempre han creído, le crean a uno. Finalmente, cuando uno pasa a formar parte de la mayoría, quien carga con tarea de demostrar su verdad es el rebelde que desea desafiarle con su raro hallazgo.

Rumor no equivale a realidad
Los rumores empiezan así: «He leído en algún sido que , o así: «Alguien me ha dicho que...». En poco tiempo el rumor se convierte en realidad, a medida que el «Me he enterado de que...» pasa de boca en boca. Hay rumores que pueden ser ciertos, pero normalmente no lo son pero que, sin embargo, dan pie a cuentos estupendos. El uso de una metodología de contraste en la ciencia es la que evita que ideas falsamente científicas se establezcan como verdaderas.

Sin explicación no es lo mismo que inexplicable
Muchas personas tienen tanta confianza en sí mismas que, si no pueden explicar algo, piensan que debe de ser inexplicable y, por tanto, un verdadero misterio de lo paranormal. Incluso las personas más razonables piensan que, si los «expertos» son incapaces de explicar algo, tiene que ser inexplicable. Muchas veces se piensa que, por ejemplo, doblar cucharas, caminar sobre fuego o la telepatía son sucesos paranormales o místicos porque la mayoría no puede explicarlos. Y cuando se encuentra una explicación la mayoría responde: «Sí, claro», o «Si lo piensas, es obvio». Existen muchos misterios sin resolver genuinos en el universo y no ocurre nada por decir: «Todavía no podemos explicarlos, pero algún día tal vez sí lo hagamos». El problema es que a la mayoría nos resulta más reconfortante la certidumbre, por mucho que sea prematura, que vivir en medio de misterios inexplicados o sin resolver.

Racionalizar los fracasos
En ciencia, nunca se valorará suficientemente el valor de los hallazgos negativos —los fracasos—. Normalmente no se los desea y, con frecuencia, no se publican. Pero la mayor parte de las veces son la mejor forma de acercarse a la verdad. Los científicos honrados admiten sus errores sin inconveniente y el conjunto de la comunidad científica sabe que cualquier intento de eludirlos será vigilado. No se da esta vigilancia entre los pseudocientíficos. Los pseudocientíficos o hacen caso omiso de los fracasos o los racionalizan, especialmente cuando salen a la luz.

Argumentar a posteriori
También conocida como post hoc ergo propter hoc, es decir, literalmente: «Después de esto, luego a causa de esto».  En su nivel más bajo, se trata de una forma de superstición. El día que no se afeita, un jugador de balonmano logra trece goles. Un jugador de póquer se pone sus zapatos de la suerte porque ya ha ganado con ellos varias partidas. Con mayor sutileza, los estudios científicos también pueden caer en esta falacia. En 1993 y tras interpretar los resultados de un estudio, unos científicos afirmaron que los bebés alimentados con leche materna tenían un cociente intelectual superior. Se armó un gran revuelo en busca del ingrediente de la leche que aumentaba la inteligencia y las madres que daban biberón a sin hijos se sintieron culpables. Pero muy pronto los investigadores empezaron a preguntarse si a los niños a quienes se les da el pecho se les cuida de otra forma, porque era posible que las madres que dan el pecho pasen más tiempo con sus hijos y que la atención maternal fuera la causa de las diferencias de cociente intelectual. Como Hume nos enseñó, el hecho de que dos hechos se sucedan no significa que entre ellos exista un vínculo causal. Correlación no equivale a causalidad.

Coincidencia
En el mundo de lo paranormal suele considerarse que las coincidencias tienen gran significado. Se invoca la «sincronicidad», como si entre bastidores actuara alguna fuerza misteriosa. La sincronicidad no es más que un tipo de contingencia, la conjunción de dos o más sucesos sin motivo aparente. Cuando la relación se establece de una forma que parece imposible para nuestra intuición o las leyes de la probabilidad, tenemos tendencia a pensar que ha entrado en funcionamiento algo misterioso.
Como el psicólogo conductista Skinner demostró en un laboratorio, la mente humana busca relaciones entre acontecimientos y a menudo las encuentra incluso cuando no las hay. Las máquinas tragaperras están basadas en el principio skinneriano del refuerzo intermitente. Al bobo del ser humano, como a la boba de la rata de laboratorio, sólo le hace falta cobrar de vez en cuando para seguir apretando la palanca. La mente hará el resto.

Representatividad
Como dijo Aristóteles, «la suma de coincidencias equivale a certeza». Olvidamos casi todas las coincidencias irrelevantes, pero recordamos las que son significativas. Nuestra tendencia a recordar los aciertos e ignorar los fallos es el pan nuestro de cada día de videntes, profetas y adivinos que cada 1 de enero hacen predicciones. En primer lugar  incrementan la probabilidad de un acierto con la predicción de apuestas seguras como «Habrá un gran terremoto en el sur de California» o «Veo problemas en el seno de la familia real británica». Luego, el mes de enero siguiente, anuncian sus aciertos y prescinden de sus fracasos, y esperan que nadie les haya seguido la pista.
Hay que recordar siempre el contexto más amplio en el que ocurre un suceso que parece poco habitual y analizar, siempre, sucesos poco habituales por lo que suponen dentro del tipo de fenómenos que representan.
Haríamos bien en buscar la explicación más probable y pedestre de un suceso antes de recurrir a lo ultramundano.
Lo importante son las pruebas y, por muchas que puedan ser sus limitaciones, el método científico es nuestra mejor herramienta para determinar qué afirmaciones son ciertas y cuáles no lo son (o, al menos, para decirnos qué probabilidades hay de que sean verdaderas o falsas).
Pero ¿Por qué seguimos creyendo en ellos? Podemos decir que  los análisis realizados explican en una triple gradación los porqués de que las personas crean en cosas raras:
    1.    porque de la esperanza nace lo eterno.
    2.    porque el pensamiento se puede equivocar en lo general y
    3.    porque el pensamiento se puede equivocar en lo particular.
Quienes creen en los ovnis, las abducciones extraterrestres, la percepción extrasensorial los fenómenos parapsicológicos incurren en un error cognitivo porque creen en algo que es falso. Los creacionistas  caen en un error cognitivo al rechazar algo que es verdadero. No es que esas personas sean ignorantes o estén desinformadas, son inteligentes, pero manejan informaciones erróneas. Su pensamiento falla. Estos errores están escamoteado los aciertos que se producen al negar algo que sea falso y admitir algo que resulta cierto.
Por fortuna, hay pruebas de sobra de que el motor de creencias es maleable. El pensamiento crítico se puede enseñar. A tener una actitud escéptica se puede aprender.

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