martes, 9 de junio de 2015

Anarquismo, ateísmo y librepensamiento

Desde sus inicios, y como una indudable seña de identidad, el anarquismo ha tenido una indudable preocupación por el librepensamiento. Y lo ha hecho desde diversos puntos de vista, todos con el objetivo de la emancipación humana.

Así, en primer lugar, y de un modo tan honesto como simple, para el librepensador anarquista clásico no tienen cabida los dogmas religiosos en una concepción amplia del progreso donde, por supuesto, cuentan unos valores humanos que no tienen ningún origen sobrenatural. Para un espacio más amplio, dejaremos un análisis más exhaustivo de cómo el fervor religioso se seculariza en la modernidad llegando al terreno de la adoración al Estado-nación; por supuesto, los anarquistas supieron ver desde el principio la estrecha relación que existe entre todo forma de poder religioso y poder político denunciando lo que consideraban la alienación de las personas, súbditos y feligreses, en nombre de los valores más amplios: cosmopolitismo y fraternidad universal. Razón, conocimiento y progreso, valores que algunos críticos de la modernidad se empeñan en devaluar, observados de manera amplia, fueron adoptados por un movimiento anarquista hermanado con el librepensador.

En  nombre del librepensamiento, las ideas anarquistas realizan una devastadora crítica a la religión, y por extensión a toda forma de autoridad, desde muchos puntos de vista. Para huir de una cómoda tranquilidad existencial, que suelen aportar las religiones, pero también otros tipos de ideología, nada mejor que el deseo de conocer el mundo a través del saber científico. Enfrentándose a todo dogma, el mejor antídoto es el pensamiento crítico, el deseo constante de hacerse preguntas para mejorar la existencia humana; es tal vez esta la mejor forma de describir al librepensador. En la actualidad, al igual que en el pasado a pesar de que el énfasis contra la religión era mayor por el poder que tenía en la sociedad, el librepensador es aquel que pone en cuestión un discurso establecido, mediante el escepticismo y el pensamiento crítico, y tratando de establecer una base sólida para el conocimiento. Hoy, además de contra la religión, la crítica hay que establecerla en otros ámbitos, y por eso seguimos considerando el anarquismo como el mejor garante para el librepensamiento. En cuanto al ateísmo, de nuevo hay que hablar de un concepto clave para el desarrollo de la modernidad, y de nuevo observamos que los anarquistas supieron ver la vinculación sociopolítica que se encuentra detrás de esta creencia sobrenatural.

Muy probablemente, el ateísmo tal y como lo conoceremos en la modernidad, y con una buena carga ya de posiciones antiautoritarias, tiene su punto de partida en la impresionante obra del párroco Jean Meslier, Memoria contra la religión. En dicho libro, encontrado tras la muerte del autor en 1729, se plasma un ateísmo radical, una cosmovisión materialista y una denuncia de la falsedad del cristianismo junto al resto de religiones. No deja de ser una obra muy reinvindicable, especialmente por haber sido difundida de manera sesgada tras la desaparición de Meslier; existe una edición reciente muy completa de la editorial Laeoli que es francamente recomendable.

En uno de los grandes pensadores anarquistas, Mijaíl Bakunin, encontramos el motivo por el que a la emancipación humana que promueve el anarquismo le es ajeno el concepto de un ser supremo, la deidad objeto de culto en las religiones, ya que esa abstracción producto de la imaginación humana ha supuesto el empobrecimento de la vida terrenal y la aceptación de una subordinación cercana a la esclavitud. La huella en Bakunin de otro gran filósofo, Ludwig Feuerbach, es indudable. Como muestra de la originalidad de Bakunin, no hay que dejar de recordar la relación que establece entre la autoridad metafísico-trascendental (Dios) y la autoridad política (Estado), que plasma en una de sus obras más conocidas: Dios y el Estado; para profundizar en esta asociación, de gran influencia en el jurismo del siglo XX, resulta fundamental la reciente obra de Aníbal D’Auria El hombre, Dios y el Estado. Contribución en torno  la cuestión de la teología-política, en la que el autor se atreve a radicalizar el legado de la modernidad y elegir, de una vez por todas, entre el ser humano y los fantasmas que él mismo genera.

En otro anarquista, Sébastien Faure, encontramos una obra de capital importancia para el ateísmo moderno, Doce pruebas de la inexistencia de Dios. Para tan llamativa conclusión plasmada en el título, Faure realiza tres grupos en sus argumentos recogiendo rasgos que se atribuyen a la divinidad: Contra el Dios creador, Contra el Dios gobernador o Providencia y Contra el Dios justiciero. Bertrand Russell aseguró que la ciencia nada tenía que decir sobre la existencia de Dios, ya que al igual que cualquier otra fantasía del ser humano no puede ser confirmada ni rechazada; no obstante, los argumentos lógicos de Faure no tienen precio y se trata de una obra con la que el pensamiento religioso aún se está recuperando.

En los últimos años, son muchas las obras editadas que se ocupan de deidades y religiones de modo crítico; afortunadamente, la libertad de expresión y de debate tienen una mayor cabida en un mundo en el que el fundamentalismo religioso es un peligro permanente, Michel Onfray, uno de los autores más prolíficos en cuanto a ateísmo y librepensamiento, con obras como Tratado de ateología, desde una perspectiva libertaria y confiando en una realización radical de los valores de la Ilustración, apuesta por una razón materialista y hedonista, que ayude a los seres humanos a escapar de lo que considera son creencias infantiles y a potenciar su vida al máximo.

La literatura anarquista, de ayer y de hoy, es abundante en preocupaciones sobre una auténtica libertad de pensamiento. Si desea ser consecuente consigo mismo, el anarquismo debe combatir siempre cualquier forma de principio trascendente, adquiera la forma de Dios o del Estado, o de cualquier otra instancia que acaba enajenando a las personas. La modernidad supuso el esfuerzo por apartar a la divinidad de los asuntos humanos, pero cuidado con no destruir también el lugar trascendente que ha ocupado; si dejamos el trono vacío, es posible que su lugar sea ocupado por alguna otra instancia. Se trata de no buscar nuevas formas de sumisión, de no entregar nuestra libertad, y de fundar la sociedad libertaria donde se apuesta decididamente por el ser humano.

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