martes, 29 de marzo de 2016

Religión y fundamentalismo

Dados los tiempos que corren, por otra parte no muy diferentes a los que corrieron en el pasado (tendemos a pensar que lo que vivimos en la actualidad es siempre peor olvidando las muchas explicaciones históricas que existen), conviene una reflexión profunda sobre la correspondencia entre fundamentalismo y creencia religiosa. Antes de establecer la misma, recordemos lo que podemos considerar "fundamentalismo", al menos en el habla corriente: sinónimo de "integrismo" o "fanatismo" (apasionamiento), "imposición de una determinada doctrina o forma de ver el mundo" o, siendo más concretos en la cuestión religiosa, "interpretación literal de los textos sagrados" (más adelante, veremos que esta es una de las características de la religión, la del vínculo inexorable con los dichosos textos, la verdad revelada, etc.). Curiosamente, el origen del término "fundamentalismo" no está, al parecer, en la religión musulmana, como se quiere ver ahora, sino en la cristiana. Más concretamente, en las Iglesias protestantes de Estados Unidos, finalmente bifurcadas en conservadoras y más o menos modernas o liberales. No obstante, el fundamentalismo pronto se extendería a otras religiones, y hay que recordar que los papados con más calado en la Iglesia Católica, como es el caso del de Juan Pablo II, son eminentemente fundamentalistas (es decir, fe en unos principios considerados eternos; es decir, lo que viene a ser la religión).

Así, hablamos de fundamentalismo como una actitud religiosa que pretende conservar lo esencial de sus creencias, opuesta a la pluralidad de visiones y enfrentada a todo lo que no sea su credo. Como hemos dicho, una de las características del fundamentalismo es la literalidad de los textos sagrados; como es sabido, en la Biblia hay tal cantidad de despropósitos, que dudamos que nadie en su sano juicio pueda ser de verdad un "literalista", por muchas que sean sus convicciones religiosas y por muy fundamentalista que aparezca. Claro que, un subterfugio muy habitual es considerar que hay que tomar ciertas cosas presentes en los libros sagrados de modo simbólico o, ay, ay, interpretarlo de cierto modo para comprenderlo. De este modo, lo que sencillamente habría que ver como algo producto de la contingencia histórica (nunca, el más elemental sentido de la razón así nos lo dice, como una verdad revelada absoluta) se convierte en interpretable por creyentes y se abre la veda para un mayor despropósito. Como hemos dicho, las religiones, especialmente las monoteístas, se caracterizan por verdades definitivas; de esto modo, hay que observarlas siempre como excluyentes para los impíos, desobedientes, etc.

El absolutismo, pues, es plenamente identificable con el fundamentalismo o integrismo, que en última instancia es lo que caracteriza la creencia religiosa. Sí, se nos dirá que no todo el mundo está dispuesto a realizar cualquier acción en nombre de su verdad absoluta (de la que se deriva, por ejemplo, el comportamiento moral con los peligros consecuentes), que la gran mayoría de creyentes suele ser, por norma general, tolerante; por supuesto, pero eso precisamente convierte la cuestión en relativa (no absoluta) y es un argumento a favor de considerar las religiones, y cualquier otra manifestación cultural, como producto de la contingencia histórica (simple y llanamente). Las verdades absolutas, por supuesto no solo ligadas a la creencia religiosa (aunque, fundamentalmente sí), también condicionadas por muchos otros factores sociales, políticos o económicos, generan modos de ver la vida totalitarios y unívocos, y acaban justificando las mayores atrocidades contra los impíos. La religión también tiene mucho que ver con el autoritarismo, primero por la subordinación a una instancia superior (sobrenatural), pero también porque terminan generando intermediarios entre los planos terrenal y trascendente (rabinos, sacerdotes, imanes…).

Si desprendemos a la religión de su esencia fundamentalista, es posible que el edificio no tarde demasiado en venirse abajo. Las religiones, o bien se repliegan en el fundamentalismo (con el rechazo consecuente de gran parte de las personas, las cuales actúan de modo sensato a poco que se les dé la oportunidad), o bien terminan claudicando haciendo desaparecer sus propias esencias. El caso más evidente es el de la Iglesia Católica, con su permanente cambio de actitud, tal vez para que todo continúe de formaparecida y demasiado vinculada a cuotas de poder como para pensar en su desaparición a corto plazo. Sus creencias fundamentales son tan absurdas como las del judaísmo o la del Islam, pero se quiere presentar ahora como una institución abierta a la modernidad (algo, por otra parte, que no pasaría una revisión profunda ni honesta desde el punto de vista creyente). El fundamentalismo, por supuesto, es uno de los grandes enemigos de la civilización, la cual debe caracterizarse por una visión todo lo amplia posible, también a nivel ético y de justicia en todos los ámbitos de la vida; el dogma, la actitud acrítica o el culto reaccionario a la tradición son rasgos muy rechazables, que difícilmente pueden desprenderse de la creencia religiosa, mientras que consideramos muy saludables para el progreso la duda ante el conocimiento y la constante reflexión. Bien entrado el siglo XXI, el verdadero debate no es qué religión es más auténtica o tolerante (todas, por definición son excluyentes), sino si la creencia religiosa es o no perniciosa.

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