miércoles, 28 de septiembre de 2016

Reflexiones (sencillas y asequibles) sobre la creencia en Dios

Hay algo que tenemos que admitir, y creemos que no admite más lecturas, y es que el ateísmo, nuestro ateísmo, nació en principio como negación u oposición de la creencia teísta. Si lo que era en principio un escepticismo o cuestionamiento, se convierte después en una superación en beneficio de un mundo mejor (y mejorable), es lo más importante del asunto, a nuestro modo de ver las cosas. Son muchos los argumentos contra la creencia de una entidad sobrenatural todopoderosa, pero simplificados puede ser el hecho de colocar todos los asuntos que afectan a los seres humanos en un plano terrenal (natural, humano); es decir, colocar la responsabilidad por entero en nosotros, que no es otra cosa que la posibilidad de ser libres. Algo consustancial a la creencia en Dios es la existencia de salvadores, que suelen ser muy terrenales, por lo que es exigible esa responsabilidad y esa libertad. Procurar que la gente, una tendencia que hasta ahora ha sido muy humana, no corra a hacer llamamientos a salvadores.

Creo que está bien definido de esa manera, el ateísmo que proponemos es la no interferencia de entes extraños ni sobrenaturales. El mundo que conocemos es este, que ya entraña un montón de misterios dignos de ser estudiados y comprendidos en la medida de lo posible. La propia concepción de una naturaleza divina niega el mundo terrenal que conocemos o, al menos, lo empobrece en su beneficio. La espiritualidad no es algo apartado de nuestra existencia material, hay que comprender que es algo producto de nuestro propio cerebro, que podemos denominar conciencia o inteligencia; es posible que no terminemos de comprender bien cómo funciona en cada persona, pero no hay que crear por ello explicaciones extrañas ni sobrenaturales. Es mucho más inteligente y lúcido indagar en todos los factores en juego y tratar de aportar explicaciones plausibles.

En nuestra cultura, judeocristiana, y por mucho que se quiera adornar de otra manera, la misma creencia en la existencia en Dios es asumir que el hombre está subordinado a él (la palabra "esclavo" es tal vez excesiva, pero repasamos las Sagradas Escrituras con espíritu crítico y puede que cambiemos de opinión). De hecho, una de las teorías para la formación de la religión, la monoteísta al menos, es el miedo a estar solo y no obtener ayuda, a perder la protección de una familia. Es por eso que, tantas veces, se denomine a Dios como un padre protector. La misma creencia, muy infantil, en un cielo y en un infierno no parece más que la traslación sobrenatural de la idea, pertinaz en la educación de los chavales, del castigo o la recompensa. Es algo, también, muy digno de ser cuestionado y criticado.

Dios es, supuestamente, un ente espiritual, un Gran Espíritu si lo queremos denominar así. Por supuesto, la existencia de un plano espiritual, lo mismo que la existencia de algo denominado alma, es un invento humano. Como dijimos antes, lo que conocemos que podemos denominar "espiritual" es la conciencia, que no está separada de la material (el cerebro). Tampoco somos los humanos seres extraordinarios, algo que puede ir unido a la creencia en Dios, sino producto de un desarrollo superior a otros seres vivos. La existencia de esa conciencia desarrollada, que es cierto que históricamente ha concebido algo extraordinario como Dios, no debería seguir justificando dicha fuerza superior. Según nuestra opinión, si de verdad queremos seguir potenciando y mejorando nuestra universo material, conocido y muy humano. Todo esto nos lleva a la existencia de una cosmovisión (una explicación de la existencia del universo), que en el mundo de las religiones siempre ha sido simple y fantástica, pero que gracias al conocimiento científico debe ser compleja e ir aportando cada vez más luz. Así, la propia idea de Dios se va apartando y careciendo de sentido. La cosmovisión científica es, por supuesto, cambiante y mejorable en función de nuevos descubrimientos. La cosmovisión teísta es, a pesar de cómo se quiera adornar, inmutable. Es, por lo tanto, reaccionaria, contraria al progreso.

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