
No dejéis nunca que la verdad os prive de una buena historia.
El magnate William Randolph Hearst, a los periodistas que trabajaban para él
Parece
fundamental, para ser auténticamente consciente de lo que se oculta
tras las apariencias de la política y de la sociedad, establecer dudas
de las ideas establecidas que recibimos continuamente, pensar con
criterios propios usando nuestra inteligencia para tratar de acercarnos a
la verdad. Ésta, no resulta sencilla de definir ni de formular pero, al
menos, debe ser nuestra obligación acercarnos a una explicación exacta.
Es con seguridad una postura extremista el aislamiento total respecto a
los grandes medios de comunicación; es esencial estar informado por
muchos frentes, incluidos los controlados por las grandes empresas o
instituciones, pero es exigible una mayor crítica con lo que se está
leyendo o recibiendo. Es vital, por lo tanto, la continua información
-sin la misma, no puede existir democracia-, pero también una crítica
constante de la misma; sin el hábito de leer constantemente y hacerlo de
manera activa, se prepara el terreno para la manipulación y el
embrutecimiento, de tragar con lo que nos echen, de aceptar la realidad
tal y como se nos la presenta.
Hay
que comprender, en primer lugar, que los periódicos generalistas, así
como cualquier otro medio de ese tipo, lo que desea es vender ejemplares
y formar opinión -quizá, por este orden- por lo que debemos deshacernos
de esa idea tan sectaria e ingenua de que un diario u otro representan
alguna línea política; tal vez puedan hacerlo en cierto sentido, pero
perfectamente ajustada a los parámetros del poder, yo me refiero a que
no existe una orientación auténticamente transformadora. Puede ser que
trabajen más profesionales “progresistas” en el diario El País,
pero considerar que eso suponga una defensa de la clase trabajadora, de
los desfavorecidos, resulta disparatado. Es posible que hace más de tres
décadas, cuando la Transición abría una etapa esperanzadora, pudiera
resultar creíble para muchos tal cosa; patético resulta en la actualidad
seguir sosteniendo tal afirmación después de varias legislaturas
“socialistas”, con todo un imperio mediático -terrible resulta la idea
de alguien que solo se informe por medio de un diario, una radio o una
cadena de televisión, concentradas en las mismas manos- puesto al
servicio de un partido que todavía conserva la palabra obrero en sus
siglas y la instauración de otra democracia burguesa más en este país
-sí, burguesa, no hay que tener miedo a las palabras y no hay que temer
la acusación de usar una terminología anacrónica; los escépticos al
respecto pueden echar un vistazo a la definición de la palabra “burgués”
y observarán cómo somos capaces de tragarnos el cuento y formar parte
del sistema-.
Nuestra
democracia formal no utiliza ya, como en otras formas de gobierno,
claros instrumentos de coerción sino que el asunto se vuelve mucho más
sutil y, en gran medida, bien de forma consciente o por omisión de
información, es posible que el aparato estatal se sustente en una
continua propaganda incapaz de cuestionar, ni de profundizar, en los
problemas políticos o sociales.
Por
otra parte, los medios de comunicación están muy implicados en la
economía capitalista; por esto, defenderán una concepción del mundo
ajustada a ella, una continua afirmación de que vivimos en el mejor de
los mundos posibles y no existe, por lo tanto, una alternativa política
ni económica. Me da la impresión que los profesionales de la información
se van adaptando a este esquema y si no existe una censura clara -que
es muy posible que la haya siendo muchas voces acalladas de manera
sistemática, de una manera o de otra-, sí existe la autocensura del que
informa, resultando más perversa, si cabe, ya que la domesticación está
asegurada. Todo esto hablando en términos generales; existen voces
honestas, independientes y discordantes, ajenas a las estructuras del
poder y celosas de su independencia, pero que resultan muy débiles, en
el conjunto, para hacer el más mínimo daño.
Si
alguna vez pudo considerarse que el llamado “cuarto poder” podía
criticar desde fuera el funcionamiento político, hoy se ha convertido en
un poder más que defiende sus propios intereses y, coyunturalmente, los
de alguna opción política que le garantice su parte del pastel. No hay
que olvidar los medios propiedad de la institución católica, garantes,
según afirman en sus constantes promociones, de una información libre,
pero lo que defienden y afirman, en numerosas ocasiones, parece tan
grotesco y carente de sutileza que la cosa habla por sí misma.
Recomendamos, eso sí, por favor, a las personas que se consideran
católicas en este país, igual que hacíamos anteriormente generalizando
en el conjunto de la sociedad, que sean igualmente críticas y
autoconscientes, dejando a un lado las creencias individuales de cada
uno, para no dar protagonismo al prejuicio y a la ligereza allí donde se
debe profundizar y racionalizar.
Otra
gran perversión de la información -y del profesional que la maneja- en
los tiempos modernos es su conversión en espectáculo, el sensacionalismo
que busca acaparar atención a cualquier precio y que conlleva
observaciones no contrastadas. Si manipulaciones informativas ha habido
siempre, las modernas técnicas digitales suponen que el documento
visual, que siempre ha tenido mayor credibilidad, adquiera otra
dimensión en cuanto al trucaje de la realidad, situando en una situación
de absoluta indefensión a los profanos en la materia. Es necesario
mantener una distancia acerca de lo aparente, o sobre lo que nos
proporcionan nuestros sentidos, en un mundo donde la primacía de la
imagen sobre una investigación sólida y veraz es un hecho.
Paralelamente
a la confusión informativa, la sociedad de consumo tiende a crear
necesidades artificiales para los ciudadanos, de manera individual, lo
cual contribuye al aislamiento. Alguien lo definió como la “filosofía de
la futilidad” y parece muy acertada la frase. El mercado, y la
publicidad que lo sustenta, convierte a los seres humanos en apáticos, e
inconscientes en un sentido político; son pocos los que escapan a esta
situación y si lo hacen y combaten lo que consideran perverso es posible
que sea después de un proceso de interiorización de muchos de sus
valores. No quisiéramos que estas palabras resulten tremendistas,
únicamente que inciten a un continuo análisis de nuestro entorno y
cotidianeidad. La información y la educación son primordiales -en todas
las etapas de la vida de una persona, pero queda quizá muy marcada por
la de sus primeros años- y si los valores académicos resultan ya muy
cuestionables, con su reproducción de un sistema ferozmente competitivo y
jerarquizado, la abstracción que hace la sociedad de consumo de unos
valores sólidos de solidaridad, compasión, o valores humanos en general,
resulta determinante -no hay que negar su parte de grandeza y libre
albedrío al ser humano, pero tal vez uno de las factores que más influye
en él sea el ambiente donde vive y la educación que recibe-.
La
concentración de recursos y poder no hace fácil la creación de medios
alternativos, pero si las personas corrientes nos unimos, creando
estructuras de información paralelas, independientes, con un estudio de
la realidad, una síntesis de la información adquirida que pueda
acercarse a la verdad -junto a las vivencias de las personas, mucho más
valiosas-, y una utilización de la técnica no alienante, las cosas
pueden cambiar -estamos hablando de la cuestión mediática pero esto es
extensible a cualquier otro proyecto- y puede haber una educación
recíproca entre personas y pueblos. No existe un gran poder totalitario
que todo lo controla, no hay ningún “gran hermano” que nos observe
continuamente -al menos, si no se ha interiorizado en el individuo, como
sostenían algunas de las teorías del filósofo Foucault-, sino que el
poder está lo suficientemente descentralizado para que la tensión
libertaria, individual o colectiva, sea posible. Todo régimen, lo eran
incluso los más represivos, es susceptible de ser erosionado cuando la
presión pública y los movimientos sociales se convierten en importantes,
y reclaman su espacio.
La información globalizada
La
irrupción de Internet, con la inmediatez de la noticia y la falta de
reflexión que ello conlleva, está yendo paralela a una paulatina
desaparición de la calidad de información, además de suponer un peligro
mayor para el condicionamiento de las personas. La tecnología es neutral
y puede ser fantástico el uso que hagamos de ella, pero la apariencia
de pluralidad y libertad que supone la red no esconde más que una
reproducción de lo que es “la nueva economía”: concentración empresarial
-donde el objetivo es vender y vender- e integración en el sistema
mediático -donde se confunden la información, el entretenimiento, la
cultura, etc.-. Todo ello, como hemos dicho, en detrimento de una
información solida, y con el añadido -más perverso que en los media
tradicionales, y con una mayor carga manipuladora- de hacer que la
persona pueda resolver todos sus trámites como consumidor de manera
inmediata, sin intermediarios, gracias a su ordenador conectado. El
caldo de cultivo para la alienación -la distracción, absolutamente
banal, que tanto se critica en la televisión, se multiplica en la red- y
la manipulación -aquellos hábitos del ciudadano, muchos de ellos
ofrecidos artificialmente por la sociedad consumista, se refuerzan en
ese gran mercado que es internet- puede estar servido.
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