sábado, 7 de febrero de 2015

Espiritualidad

El término espiritualidad, debido a su apropiación por parte de la religión, hasta el punto que casi se confunden en el lenguaje coloquial, se nos hace terriblemente antipático. 

Y, sin embargo, merece que le prestemos atención, precisamente para desprenderle de esa condición trascendente y sobrenatural y tratar de demostrar la superioridad de lo inmanente de cara a los valores humanos y la transformación social. En el siglo XIX, en un momento en que la religión no es ya necesaria, e incluso se considera perniciosa para el devenir humano según algunas corrientes de pensamiento, el término "espiritual" se convierte en un sinónimo de humanismo y búsqueda de la perfección en todos los ámbitos de la vida. A comienzos del siglo XXI, con la permanencia pertinaz de las religiones tradicionales, que tantas veces de repliega en el fundamentalismo más reaccionario, y las necedades sincréticas de la New Age, merece la pena que reclamemos la fortaleza de una espiritualidad basada en el verdadero progreso de los valores humanos y sociales. En más de una ocasión, se acusa de falta de espiritualidad a los que, no solo rechazan la religiosidad, sino que abiertamente se muestran contrarios a ella, cuando precisamente se realiza en nombre de una concepción más poderosa de la misma. No es un debate que, más allá del loable rechazo a las instituciones religiosas y las manipulaciones teológicas, en el que podemos estar de acuerdo sensibilidades muy diferentes, resulte sencillo; sin embargo, reclamamos ese derecho a considerar la espiritualidad como inherente a la naturaleza y al ámbito humano, rechazando todo fantasía fundada en lo sobrenatural. La espiritualidad está tan contaminada por el sectarismo religioso, e incluso por el rechazo al conocimiento científico, que solo plantear la cuestión ya resulta transgresor.

El amor al conocimiento no significa reducir la vida al ámbito científico; reclamamos también con fuerza lo inmaterial, si con ello entendemos las emociones y los deseos humanos, no meras fantasías espirituales de dudosa valía. La filosofía, por encima del conocimiento científico, debe ocuparse de esa concepción de la espiritualidad basada en las aspiraciones terrenales del ser humano; del mismo modo, la racionalidad y el pensamiento crítico no pueden ser ajenas a nuestra visión espiritual, por lo que la aleja así inevitablemente de la estrechez dogmática que suele acompañar a la religiones. Con esto no quiere decirse que las personas dentro del sentimiento religioso no puedan vivir una espiritualidad basada en el fortalecimiento de los valores humanos, pero quiere invitarse con estas reflexiones a todo alejamiento del dogma y el sectarismo en el que con tanta frecuencia cae el pensamiento si abandona una racionalidad fundada en lo humano. Muchas personas, insisto, mostrarán su desacuerdo y querrán indicar la complejidad del asunto; de momento, señalaré al menos que la espiritualidad no es reducible a la religión (que, desde nuestro punto de vista no es meramente reducirla, es también distorsionarla); algunos filósofos han querido hablar en este sentido de una "espiritualidad naturalizada" (término con el que podemos estar de acuerdo). Así, puede ser ya una muestra de este tipo de espiritualidad la contemplación de la belleza presente en la naturaleza, aunque rechacemos obviamente ver un propósito oculto en ella, ya que consideramos que nos introduce en no pocos problemas. Dentro de las emociones humanas, la confianza en la amor, de un modo personal, y en la fraternidad y solidaridad, a nivel social, es otro ejemplo de la espiritualidad que nos ocupa.

Hay quien quiere ver fuerzas trascendentes, ajenas a la comprensión humana, intervinientes en el devenir humano. Aceptando lo contigente y limitado de la existencia humana, parece muy rechazable esa visión trascendente, la cual ha tenido su transposición en filosofías secularizadas. Hay quien ha querido hacer una lectura de Hegel, autor tan importante para la modernidad, como un empeño de naturalizar la espiritualidad intentando superar las religiones y toda filosofía sobrenatural. No soy ningún entendido en Hegel, y su idea de un espíritu (sinónimo, en este caso de idea) que se va desplegando y perfeccionando a lo largo de la historia (con su posterior versión materialista), se me hace francamente cuestionable. Sin embargo, esa lectura de Hegel como un intento de identificar espiritualidad con la ciencia y con la naturaleza es una visión con la que sí podemos estar de acuerdo. Del mismo modo, entendemos que la espiritualidad está estrechamente vinculada a una actitud reflexiva, lo cual no supone elaborar respuestas definitivas como han pretendido ciertas doctrinas y dogmas; esa actitud reflexiva, por supuesto, va profundamente unida a las emociones y pasiones humanas. He mencionado a Hegel y suelo recurrir a uno de sus discípulos capaz de elaborar una filosofía propia de cara a la fortaleza espiritual humana; Stirner confió plenamente en la expansión del yo individual sin ninguna abstracción o doctrina, terrenal o metafísica, que lo subordinase. Por otra parte, y como ya se ha dicho, no podemos concebir la espiritualidad sin su fuerte componente social y cosmopolita; si confiamos plenamente en el desarrollo personal, éste no es posible sin tener en cuenta al resto de los seres humanos y al conjunto de la naturaleza.

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