Desde
sus inicios, y como una indudable seña de identidad, el anarquismo ha
tenido una indudable preocupación por el librepensamiento. Y lo ha hecho
desde diversos puntos de vista, todos con el objetivo de la
emancipación humana.
Así, en primer lugar, y de un modo tan honesto como
simple, para el librepensador anarquista clásico no tienen cabida los
dogmas religiosos en una concepción amplia del progreso donde, por
supuesto, cuentan unos valores humanos que no tienen ningún origen
sobrenatural. Para un espacio más amplio, dejaremos un análisis más
exhaustivo de cómo el fervor religioso se seculariza en la modernidad
llegando al terreno de la adoración al Estado-nación; por supuesto, los
anarquistas supieron ver desde el principio la estrecha relación que
existe entre todo forma de poder religioso y poder político denunciando
lo que consideraban la alienación de las personas, súbditos y
feligreses, en nombre de los valores más amplios: cosmopolitismo y
fraternidad universal. Razón, conocimiento y progreso, valores que
algunos críticos de la modernidad se empeñan en devaluar, observados de
manera amplia, fueron adoptados por un movimiento anarquista hermanado
con el librepensador.