Recuperamos
un texto que reflexiona sobre la calidad de la información que
recibimos, y nuestra actitud hacia ella, en un mundo donde el desarrollo
tecnológico parece haber ido paralelo a una mayor enajenación de las
personas; reclamamos una mayor conciencia y crítica sobre el mundo en
que vivimos conforme a la imagen que los grandes medios quieren darnos
de él.
No dejéis nunca que la verdad os prive de una buena historia. El magnate William Randolph Hearst, a los periodistas que trabajaban para él
En cierta ocasión, supe de cierta persona educada en el ateísmo y en el pensamiento racional, pero finalmente convertida al catolicismo gracias a… ¡la lectura de El señor de los anillos! Es curioso que se mencione esa obra, cuya belleza y calidad literaria nadie discute, y se haga además desde una perspectiva espiritualmente transformadora, pero en mi opinión insultantemente maniquea y (algo) infantil. Es decir, la persona ex-atea consideró que, después de la lectura del libro de Tolkien, era fundamental ya resistirse al Mal. Con ello, puede pensarse en primera instancia que antes de la conversión a la creencia religiosa no existía esa resistencia al Mal, y muy probablemente gracias a su ateísmo. No obstante, tratemos de profundizar en el asunto. Al parecer, lo que se trata de demostrar es que el bien y el mal no son meramente constructos sociales, sino que corresponden a un nivel más profundo o, mejor expresado, a un plano trascendente a la existencia humana. Nos viene muy bien el ejemplo del autor de El señor de los anillos. Dejemos a un lado la ficción literaria, por muy bonita y profunda que pretenda ser, y dediquémonos a la vida real (que es la que nos interesa cuando hablamos de lo bueno y lo malo). Tal vez no es muy sabido que Tolkien, sin ser un fascista, apoyó a Franco en la Guerra Civil Española. Como persona católica y conservadora (algo que, en mi opinión, suele ir unido), es muy probable que pensara que la criminal cruzada nacional en España era una manera de frenar el ateo y pecaminoso comunismo. Lo mismo que pensaban Franco y sus secuaces, por otra parte.
Esta mañana, al levantarme temprano, no me encontraba muy "católico", por lo que decido bajar a la farmacia a ver qué me venden. Antes de poder salir a la calle, una vecina me saluda cordialmente y se congratula de la proximidad de las fiestas que conmemoran el nacimiento del "hijo de Dios". Sin que me dé tiempo a poner una excusa, aparece el hombre hindú del Primero-A y comenta que ellos acaban de celebrar su propia festividad en honor de la deidad de turno, cuyo nombre no recuerdo, lo cual explica el ameno mantra que escuché el otro día. Como la cosa se anima, se unen otro vecino marroquí musulmán, una mujer rumana de credo ortodoxo y otro señor del vecindario, que no conozco, asegurando que él no tiene religión alguna, pero "en algo hay que creer". Como uno tiene en ese momento las defensas nihilistas algo bajas, solo soy capaz de emitir un sonido indescifrable y salir huyendo.
Ya hemos aludido en otra entradas, de forma extensa, a la enajenación, propia de nuestras sociedades modernas. Uno de sus mayores teóricos fue Erich Fromm, que en su obra El arte de amar considera
que el amor no es un objeto (que debe "encontrarse"), sino una facultad
(la cual debe crearse y ser desarrollada).
Ya hemos hablado en este blog de la editorial Laetoli, con numerosas ediciones que reivindican el legado de la Ilustración y critican la a religión, y lo hacemos ahora con el libro que abre la colección llamada "Los Ilustrados": Memoria contra la religión, de Jean Meslier, tal vez la primera obra que puede ocuparse de un ateísmo con rasgos ya plenamente modernos.
El debate sobre la naturaleza y designios de la
divinidad, a lo largo de la historia, ha supuesto entregas tremendamente
entusiastas. Fernando Savater ha considerado tres actitudes básicas
sobre esta cuestión: en primer lugar, la de quienes han considerado como
inverosímil, inconsistente o falsa de cualquier modo la creencia en uno
o varios dioses; en segundo lugar, la que precisamente considera que la
fe en Dios consiste en creer en un ser invisible con rasgos
incomparables a cuanto conocemos o podemos comprender; en último lugar,
están aquellos que aceptan la divinidad como el esbozo todavía
impregnado de mitología de un concepto supremo que sirve para pensar el
conjunto de la realidad.
La sociedad posmoderna nos depara una sorpresa tras otra. Como ya hemos dicho muy a menudo, afloran toda suerte de gurús, maestros de pacotilla y adalides de la más manida y cuestionable espiritualidad.
Estos iluminados, suelen dar conferencias, impartir cursos y escribir libros, y no pocos incautos se ven seducidos por sus propuestas. No vamos a entrar en muy concretas técnicas o terapias, que no son más que pseudociencia que habría que rechazar. No, hoy vamos a hablar de esa filosofía genérica de baratillo, que podríamos encuadrar dentro de lo que en las secciones de las librerías, que al fin y al cabo lo que quieren es vender libros, denominan "autoayuda". Bien es cierto, que las propuestas pseudocientíficas, junto a una muy poco innovadora espiritualidad (ya sabe, la superioridad de la mente sobre la materia), se fusionan en estos gurús, que aseguran hacerlo todo por el prójimo.