sábado, 18 de octubre de 2014

Ética, muy humana

Ética deriva de una palabra griega que significa costumbre, y es por eso que con frecuencia se ha definido dicho concepto como "doctrina de las costumbres". Aristóteles consideraba que las virtudes éticas son aquellas que se desenvuelven en la práctica (en la vida social, relativas a la justicia, el valor, la amistad, etc.), diferenciadas de las virtudes propiamente intelectuales, que se denominan dianoéticas (todo aquello que tiene que ver con la inteligencia o la razón, como son la sabiduría o la prudencia). En la evolución posterior de la ética, llegará a identificarse cada vez más con la moral, por lo que hay que hablar de una ciencia que se ocupa de los objetos morales.

No obstante, es complicado diferenciar entre la ética, entendida como los sistemas morales, y el conjunto de normas y actitudes de tipo moral propio de una determinada sociedad o de un periodo histórico. Es por eso que los que se han ocupado de la historia de la ética, es frecuente que se limiten a un uso filosófico del concepto, es decir, examinado en sus fundamentos para encontrar una base racional de las ideas o de las normas. Antes de Aristóteles, donde se coloca el punto de partida de la ética, ya existen reflexiones en los filósofos presocráticos en las que se preguntan las razones por las que los hombres se comportan de cierta manera. Sócrates podría ser el fundador de una reflexión ética autónoma, aunque se suele considerar que la misma no hubiera sido posible sin el sistema de ideas morales en el que vivía el filósofo y, de forma importante, sin las cuestiones lanzadas acerca de ellas por los sofistas (recordemos que con ellos nace la oposición entre lo que es por naturaleza y lo que es por mera convención). Platón continuará la obra de Sócrates en los primeros tiempos, aunque luego emprenderá un camino muy diferente, trabajando en un concepto abstracto del bien y subordinando la ética a la metafísica. Más interesante, y fundamental para la historia, es el trabajo de Aristóteles al plantear la mayor parte de los problemas que luego ocupará la atención de filósofos posteriores: relación entre las normas y los bienes, relación entre la ética individual y la social, clasificación de las virtudes, análisis de la relación entre la vida teórica y la vida práctica... Es la vinculación entre teoría y prácticas éticas la que interesó posteriormente a escuelas y autores post-aristotélicos, siendo frecuente en esa comparación que se establezca la primacía de la vida práctica. Hay que recordar la pluralidad del pensamiento griego, de tal manera que aunque se solían jerarquizar en todas las escuelas los bienes concretos a los que debía aspirar el hombre, existía discrepancia en cómo encontrar la deseada tranquilidad de ánimo: búsqueda de la impasibilidad (en los estoicos), desprecio de las convenciones (cínicos) o persecución del placer moderado (o, para expresarlo mejor, equilibrio racional entre las pasiones y su satisfacción, según los epicúreos).

Desgraciadamente, todo esa diversidad y librepensamiento se trastoca con los neoplatónicos y con la llegada del cristianismo. La ética se fundirá en lo religioso y nace la tendencia a edificar toda ética de forma heterónoma o teónoma; esto es, fundamentar los principios de la moral en la idea de Dios. Hay que insistir en la construcción histórica de esta idea de la moral, muy posterior al nacimiento de la filosofía y a la posibilidad de un pensamiento libre. Solo algunas corrientes de la filosofía griega, como es el platonismo y el estoicismo, se insertarán en el cristianismo (y suprimiendo todo aquello incompatible con los nuevos fundamentos de la moral). Los aspectos hedonistas, naturalistas y autónomos propios del mundo griego antiguo no tienen cabida en una filosofía cristiana que traslada la felicidad humana a una supuesta vida ultraterrena. Es a partir del Renacimiento cuando la cosa se vuelve más compleja, recuperándose tendencias antiguas que no habían desaparecido totalmente y estableciéndose nuevos planteamiento ante los problemas del nuevo periodo histórico. A partir del siglo XVII, los cambios de normas entre las relaciones entre personas y naciones conducen a cambios radicales en las teorías éticas. Es importante insistir en estas cuestiones, especialmente en las escuelas con los chavales, para apartar de una vez por todas las influencias religiosas que buscan, tanto la aceptación de dogmas, como el reduccionismo en el análisis o la tergiversación histórica. Hay que recordar, por ejemplo, que el egoísmo hobbesiano o el realismo político de Maquiavelo son teorías vinculadas a la ética propias de un determinado periodo histórico.

Es fundamental el desarrollo histórico posterior, cuando los pensadores modernos indagan en el origen de la ideas morales. Unos hablarán de facultades innatas en el ser humano, bien de carácter intelectual, bien de carácter emotivo; otros buscaron las bases de la ética en una intuición especial, en el sentido común o en la simpatía; los utilitaristas primarán la utilidad, individual o social, y muy importante es también la corriente que insiste en la sociedad como fundamento de los conceptos éticos. Con Kant, se produce un cambio radical en la ética, ya que trata de fundamentar una ética formal, autónoma y con cierto rigorismo. Es importante, a continuación, establecer el vínculo entre Kant y el desarrollo en el anarquismo de conceptos como libertad y moralidad.  Para el filósofo alemán, la ética individual es el punto de apoyo de la construcción política. La confirmación de los postulados de la ilustración (predominio de la razón, confianza en el progreso y emancipación social) solo será posible a través de la transformación moral individual. La reflexión kantiana supone el acercamiento entre política y ética, lo cual presupone la existencia de hombres libres capaces de actuar como tales. Según esta visión, directamente emparentada con el anarquismo, el principal obstáculo para la emancipación del ser humano es el dejarse conducir por otros, huir de la ilustración por desidia y cobardía y dejarse tutelar por otros. En lugar de obedecer, el hombre debe razonar, ya que todo hombre está dotado de razón moral (sinónimo de libertad). Bakunin recogerá esta herencia kantiana que niega toda ley previa y toda imposición externa, ya que el ser humano se caracteriza por una autonomía base para su libertad. Del mismo modo, la ética de Bakunin recoge también los grandes principios kantianos: todo ser humano es un fin en sí mismo y nunca un medio (la llamada dignidad humana); la libertad solo es posible en sociedad, en una comunidad de hombres libres y responsables (ningún sentido tiene la libertad solitaria y abstracta), y una moral autónoma entendida como pautas de acción que emanan del propio individuo. Por contra, Bakunin substituirá el sujeto trascendental kantiano por el sujeto empírico (el género humano). Como es sabido, el nexo social que asegura esa comunidad de seres libres es la solidaridad en el anarquismo, lo que le distancia de la visión de Kant, que confía en un nexo dado por la naturaleza (la razón y el progreso conducirían inevitablemente a la perfección moral).

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