sábado, 19 de abril de 2014

El origen del sentimiento religioso y la distorsión de la racionalidad


Introducimos en esta entrada a la teoría de Gonzalo Puente Ojea sobre el origen de la religión. Sería la mente la que da lugar a todos capacidades del ser humano, entre las que hay que incluir el sentimiento religioso. El origen del mismo estaría en un proceso de animismo primitivo, en el que el hombre proyecta una dualidad antropológica hacia los grandes fenómenos cósmicos. La comprensión de este proceso esclarece el hecho de la perdurabilidad de las religiones en la civilización, con la profunda distorsión cognitiva y racional que ello supone.

Puente Ojea diferencia entre el concepto de lo transnatural y el de lo sobrenatural. El primero alude a la mente del ser humano primitivo cuando se aleja de los datos reales, de su circunstancia, y quiere proyectar hacia puntos del espacio la posibilidad de que haya elementos existentes que no son más que un producto ilusorio del mecanismo de su mente; así, lo transnatural se refiere a un estadio de la historia en el que la ciencia no existía y el homo sapiens se encontraba en un estado juvenil de su existencia. Es un momento en el que nace una dualidad antropológica, el principio de la vida y el principio del pensamiento, que con el devenir de la historia, cuando el hombre tenga ya más herramientas conceptuales, se confirmará en una concepción del cosmos fragmentada en materia o cuerpo y espíritu o alma. La existencia de almas y espíritus no es más que un producto de la mente, de una mala lectura que la misma hace de datos reales; Puente Ojea considera que el origen de la religión se encuentra en lo que denomina proceso de animación. Esa dualidad antropológica proyectada hacia el cosmos es lo que provoca que se produzca también otra que distingue entre la naturaleza, de tipo material, y una supuesta sobrenaturaleza o supernaturaleza (es decir, un mundo de espíritus y almas que tienen gran poder e influye en los destinos del hombre). Es esto lo que explica históricamente la visión religiosa de la vida.

Puente Ojea quiere explicar en ese proceso de animación en los albores de la humanidad, así en la falta de datos fiables en el ser humano, el origen de la creencia en un ser superior. Así, el hombre primitivo sufriría un proceso introspectivo en el que observaría esa dualidad entre materia y espíritu, para luego proyectarla hacia los astros y generar una serie de mitos en base a los fenómenos naturales; esos mitos, que hablarían de seres trascendentes a la existencia humana, provocaría bien rechazo en el ser humano o bien un sentimiento de humillación. Eso es lo que explica las dos vertientes de la visión teológica, negativa y positiva. No obstante, el elemento positivo será el que cobre cada vez más vigor y da lugar a la fe religiosa, que no es más que un sentimiento de sometimiento para alejar la mala voluntad de esos seres espirituales. Este es el del origen de la religión, esa proyección del interior del ser humano hacia los grandes fenómenos cósmicos, por lo que se considera que nace en el cerebro del hombre y supone una distorsión cognitiva y racional. Según Puente Ojea, el centro material del ser humano (el tálamo cortical, centro del sistema nervioso) es el que dirige todas las operaciones de la mente: la acción, la emoción, el pensamiento; como se ve, no hay que buscar entes sobrenaturales que intervengan en los procesos mentales humanos. Así, el primer error para no comprender el fenómeno religioso es pretender que el ser humano alcanza una cierta capacidad de reflexión y sabiduría en determinado momento de la historia en el que está muy evolucionado. En realidad, el sentimiento religioso procedería de las funciones cerebrales del ser humano y está muy condicionado por la materia; la mente, si bien es solo una parte del cuerpo humano, es sutil y compleja, todo parte de ella. Hay que tener en cuenta también que la mente tiene dos rasgos principales: por un lado es dinámica y creadora, pero por otra también cumple una función archivadora o conservadora.

Lo que Puente Ojea considera es que cuando nacen las grandes religiones, ya se había producido ese proceso de dualidad antropológica, que en ese momento ya está proyectado hacia el cosmos y quiere adoptar entonces cierta especulación de apariencia lógica. Sería esto lo que explica la perdurabilidad de las religiones, seguimos viendo en sociedades condicionadas por ese dualismo que cree en un mundo de almas y espíritus; es algo que ya la ciencia ha eliminado de raíz, explicando las cosas por otra vía totalmente contraria a esa ilusión de tipo antropológico. De esa manera, vivimos en una civilización en el que la religión, algo que podemos extender a todo tipo de creencias sobrenaturales, tiene todas las de ganar, ofrecen todo por nada, como puede ser la inmortalidad; son creencias muy rentables y baratas. Esta lógica religiosa llega incluso a impregnar de tal modo el razonamiento humano, que algunos creyentes invierten la cuestión acusando de dogmatismo a aquellos que simplemente no entran en la falacia de tener que demostrar la afirmación negativa. No puede demostrarse que existe Dios, y lo mismo a la inversa; póngase en en lugar del ser supremo cualquier entidad sobrenatural que se quiera. Desde ese punto de vista, no habría en nuestra opinión que entrar en el juego de agnosticismo y afirmar sin tapujos un naturalismo claramente ateo. Es más, respecto a la idea tradicional de Dios puede decirse que la posición agnóstica es más bien irracional, ya que los rasgos que se le atribuyen son claramente contradictorios.

martes, 15 de abril de 2014

Combatiendo el dogma

La palabra "escéptico", empleada peyorativamente por algunas personas de afán dogmático, es a nuestro parecer hermosa. Su origen está en la Antigua Grecia y viene a significar algo así como "el que mira o examina cuidadosamente"; se puede decir que el fundamento de la actitud escéptica es la cautela, la circunspección. El escepticismo se convirtió en doctrina filosófica, de enorme valía en nuestra opinión para combatir todo dogmatismo, con un aspecto teórico, que afirma que no hay ningún saber firme ni una opinión absolutamente segura, y una vertiente práctica, que se niega a adherirse a ninguna opinión en base a lo que se llamó la "suspensión del juicio".

Como declara el periodista científico Mario Bohoslavsky en una especie de manifiesto escéptico, es inadmisible que la razón admita como cierto algo porque esté repetido hasta la saciedad -eso nos lleva a una famosa sentencia de un ministro nazi- o por su aceptación por mucha gente o porque lo afirme gente aparentemente ilustre. El camino de la lucidez siempre es más duro, menos transitado, obliga a detenerse ante cualquier afirmación, a ir con más lentitud y a examinar constantemente.
Se puede decir que lo contrario del escepticismo es la credulidad, la aceptación de la verdad sin ningún análisis, bien por falta de preparación intelectual, desidia, comodidad, respeto a la autoridad -sea cual fuere, muchas veces revestida de preparación técnica o científica-, respeto a lo establecido, entre otras razones. Desgraciadamente, algunas viejas supercherías se mantienen con otra forma, adaptadas a los nuevos tiempos -un tiempo en el que los valores de la Ilustración quizá no hayan triunfado o hayan fracasado en muchos aspectos-, y siempre encontramos embaucadores dispuestos a jugar con la buena fe de las personas, disfrazados muchas veces de científicos, utilizando un lenguaje técnico en su afán de adhesionarse el mayor número de personas.

Bohoslavsky habla de escépticos pasivos, que sonríen con desdén ante la estupidez de personas crédulas, y de escépticos combativos, que actúan contra el oscurantismo, desafían a los profesionales de la mentira con sus propios puntos de vista escépticos y no piensan que la gente sea tonta, sino que está desinformada. Nosotros apostamos por un escepticismo activo y, desgraciadamente, nos encontramos constantemente con personas que han abrazado "su" verdad y son incapaces de escuchar un posicionamiento crítico, de aceptar la condición seudocientífica de lo que afirman -al margen de su "validez" empírica, tal vez para ellos y para otras personas- y de entender que nada más lejos de nuestra intención que señalar su ignorancia o estulticia o de caer nosotros mismos en el dogmatismo en nuestro afán escéptico -este punto también se ha discutido en la historia del pensamiento, pero creemos que, a estas alturas y con las ideas claras, corresponde más al juego filosófico que a la realidad práctica-. Muchas de estas creencias -atentos a las sabidurías orientales tan de boga hoy en día- pueden tener una base verdadera, con cierta tradición filosófica, en el estudio de la naturaleza y el ser humano, pero el problema lo encontramos en su conversión en dogma, en que se planteen interrogantes que corresponden al terreno de lo sobrenatural y desemboquen en algo parecido a una religión, en que se acepte la seudociencia, lo paranormal, como una ideología y filosofía vital, y se acepte una supuesta "verdad" -en la religión tradicional sería revelada, en este caso la finalidad será parecida, de base falsamente natural o científica- que impide el progreso y el pensamiento crítico. No queremos confundir ni contraponer la tolerancia que se pueda tener hacia la búsqueda de salud o de alguna suerte de consuelo, que puedan buscar las personas en ciertas doctrinas o terapias alternativas, con un fuerte compromiso con una búsqueda del conocimiento que amplíe el horizonte del saber y una práctica vital coherente, la superstición siempre es dañina.

Anécdotas en nuestras vidas, donde personas presuntamente ilustradas se indignan dogmáticamente ante las dudas y preguntas que realizamos ante sus "verdades" encontradas, obligan a ese compromiso con el escepticismo. El problema no radica en que las personas practiquen lo que les venga en gana que les pueda reportar una serie de beneficios, el auténtico problema -y algo de pena diríamos- viene si las personas acaben creyendo científicamente que pueda existir energía negativa y positiva -el reiki es un ejemplo, pero podemos encontrar algo similar en el feng-shui o en el tai-chi, originados en China y que buscan la canalización de energía en el espacio y en el cuerpo humano, respectivamente-, una especie de conexión energética entre los seres vivos y que algunos "expertos" pueden manipular esa energía en bien de sus semejantes -y más irrisorio aún, la posibilidad de hacerlo… ¡a distancia! La lista de psicologías alternativas que poco o nada tienen que ver con el estudio serio de la mente es interminable. La terapia de regresión, por ejemplo, parece que tiene un origen sicoanalítico y pretende acceder a experiencias pasadas para poder cambiar contenidos de tipo inconsciente de nuestra mente que pueden ser causa de males actuales; los críticos de esta técnica afirman que los recuerdos pueden estar inducidos por la misma terapia, en lugar de ser inconscientes, tal y como ha demostrado múltiples veces la Psicología Cognitiva. Mencionamos esos casos, ya que nos resultaron cercanos con anécdotas en las que los escépticos pasamos por cerrados de mente ante cosa que consideramos sin ningún fundamento científico y con una cuestionable base empírica..

En el Mundo Occidental se puede decir que se vive una época de retroceso de la razón, el oscurantismo gana posiciones y las creencias son cada vez más anticientíficas y antirracionales. Puede afirmarse sin ambages que la sociedad española se caracteriza por una pérdida de formación cultural, por su escasa preparación científica, donde los medios no solo no divulgan el conocimiento sino que abundan en la especulación absurda y en datos acientíficos. Programas de gran éxito en los mass media divulgan sin pudor auténticas imbecilidades especulativas en lo paranormal, sin el menor análisis racional que actúe de balanza y presentados con cierto atractivo esotérico para que atraiga el morbo de la audiencia. Ya Hume afirmó hace tiempo, de manera brillantemente sencilla, que "las afirmaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias". Se puede extender lo mencionado anteriormente a la política y a los problemas sociales, con puntos de vista limitados, excesiva subjetividad -con todo lo que tiene de delicada tal afirmación, somos conscientes- y, finalmente, de clara manipulación. La mayoría de los medios produce programas incalificables: ocultismo, astrología y, en general, pseudociencia de toda índole, el falseamiento de la realidad más evidente que alimenta la ignorancia. A pesar de algunos, podemos considerar la historia también como una ciencia y observamos también como pseudoprofesionales manipulan los datos históricos por su propio beneficio y, entonces, la escasa memoria que poseen las personas jóvenes se encuentra además pervertida.

sábado, 5 de abril de 2014

¿Natural versus químico?

Tratamos de señalar en la entrada de hoy la falsa oposición entre químico, malo, y lo natural (o ecológico), bueno; pensamos sinceramente que no hay que realizar tal simplista asociación. Posiblemente, el antagonismo más aproximado sería entre lo natural y lo sintético, y tampoco podemos decir de forma obvia que uno u otro sea necesariamente bueno o malo.

Con frecuencia, hemos escuchado esa oposición entre lo "natural" y lo "químico" con la habitual apología de lo primero frente a lo segundo en aras de llevar una vida sana. No debería hacer falta aclarar que se trata de un antagonismo totalmente falso llevado hasta la exacerbación por nuestros amigos los practicantes de remedios "alternativos". La química no es algo artificial y peligroso, muy al contrario, se encuentra en todas partes. El profesor James Kennedy lo ha explicado muy bien mediante una serie de carteles en los que muestra como productos naturales perfectamente saludables están compuestos de mucha química.
Veamos las palabras del propio Kennedy (que, esperamos, no esté a sueldo de las multinacionales):
Quería erosionar el miedo que muchas personas tienen a los ‘químicos’, y demostrar que la naturaleza hace evolucionar compuestos, mecanismos y estructuras mucho más complicados e impredecibles que cualquier cosa que podamos producir en el laboratorio”.
La química ha sufrido de una imagen negativa en los últimos años. Los pesticidas, los venenos, las drogas y los explosivos parecen dominar la percepción que tiene el público de la química, mientras que las otras ciencias son vistas bajo una luz mucho más positiva. Esto se debe principalmente a que la química carece de un profesor público carismático como David Attenborough o Brian Cox, que actualmente inspiran a los alumnos a entrar en la biología y la física, respectivamente. La química sólo tiene a Walter White, de Breaking Bad, y le ha hecho mucho daño al ramo.
Estos carteles pretenden mostrar que la química no es artificial y peligrosa, sino que es natural y está en todas partes. La química de los objetos divertidos, amables y cotidianos como los plátanos es más complicada y más fascinante que la de, digamos, una bomba. 
Para este tipo de aversión a los productos químicos, que ya hemos visto que también son perfectamente naturales, se ha acuñado el término quimiofobia (es un neologismo no aceptado por la Rae, lo hemos comprobado; nosotros somos así en el uso del castellano). No estamos tampoco muy de acuerdo con la popularización de estos vocablos, que más bien parecen estigmatizar y convertir en una patología lo que puede ser perfectamente explicable en términos simplemente más lógicos: tiene el ser humano cierta querencia por los discursos tranquilizadores y, además, unos sesgos cognitivos de aquí te espero.
En los últimos años, existen muchas corrientes críticas con la industrialización, y no dejamos de darles la razón en muchos casos. Sin embargo, esa razonable crítica a algunos aspectos industriales deshumanizados y agresivos con el medio ambiente, por la obvia búsqueda de beneficio de un capitalismo que nos trae demasiadas crisis de todo tipo, no debe llevarnos al delirio conspiranoico. Es decir, el hecho de que estemos algo indefensos frente a la industria alimentaria no supone que exista una gran conspiración para envenenar a la población mediante la utilización de tóxicos en los alimentos. Por otra parte, el que queramos cambiar el sistema no debería hacernos caer en la la creencia en supuestas arcadias felices del pasado, en una supuesta era en la que humanidad vivía más saludablemente en contacto con la naturaleza (esto no solo suena algo ridículo de entrada, sino que no hay evidencia alguna al respecto); hay que mirar al futuro aprendiendo del pasado, no quedándonos prendados con una falsa idealización. Espero que lo hayamos dejado claro, huyendo de la polarización de una u otra posición extrema e irracional: cuestionable querencia por "lo natural" versus acrítica aceptación de lo industrial.

Volvamos al asunto de la falaz oposición entre química y naturaleza. No parece tenerse en cuenta que gran parte de las sustancias nocivas tienen un origen totalmente natural; las plantas que recogemos en el campo tienen multitud de compuestos que desconocemos y no sabemos tampoco en qué proporción se encuentran. En cuanto a los alimentos, por muy ecológicos que nos los quieran presentar, tienen igualmente cientos de compuestos sobre los que sabemos más bien poco; como se insiste, el metabolismo de cualquier célula es de gran complejidad y no todos los compuestos están caracterizados. El problema es que, efectivamente, tenemos una gran desinformación y nos mostramos indefensos frente a tanto mercader (de lo oficial y de lo alternativo); el remedio frente a ello no es creer en teorías simplistas que nos tranquilicen mediante alguna suerte de placebo (aunque, en esta ocasión, cuestionablemente inocuo), sino la permanente búsqueda de conocimiento veraz y de evidencia científica.
El problema de buscar causas cuestionables en los numerosos problemas presentes en la sociedad (patologías de todo tipo y muchos otros, que podemos extender a lo social) es que tendemos a elaborar una red alarmista que desinforma aún más y evitamos buscar las causas reales..

sábado, 29 de marzo de 2014

El placebo o alivio de ciertos síntomas


Vamos a ver si averiguamos algo sobre el llamado "efecto placebo", ya que todo lo relacionado con la sicología y la salud resulta fascinante y podemos también extenderlo a otros campos. Tal y como dice Ben Goldacre, en Mala ciencia, lo criticable de las medicinas alternativas (recordemos que entendemos por tal cosa aquellas no aceptadas por el método científico y no integradas, por lo tanto, en la medicina general), es ver cómo distorsionan, a base de tópicos, la concepción que tenemos de nuestros propios cuerpos. El paralelismo que se realiza es inmejorable, afirmando que la teoría del Bing Bang es infinitamente más interesante que el relato infantil de la Creación contenido en el Génesis. Lo que puede contarnos la ciencia sobre el mundo natural supera de largo cualquier teoría, más o menos esotérica, sobre unas pastillas curativas que es capaz de preparar un terapeuta alternativo. Si queremos buscar un terreno común, que desmonte algunas patrañas, es necesario buscar la relación entre nuestros cuerpos y nuestras mentes, tener en cuenta el papel cultural de la curación y hablar, por supuesto, del efecto placebo. Insistiremos en que Goldacre no es nadie que esté a sueldo del "sistema", de hecho critica tanto la manipulación de las farmacéuticas como la de la industria alternativa, y que sus artículos están bien legitimados citando las fuentes correspondientes.

Tal y como ocurrió con el curanderismo, los placebos pasaron de moda en cuanto el modelo biomédico empezó a ser efectivo. A finales del siglo XIX, ya anunciaban la defunción del placebo debido a ciertos casos evidentes (un médico inyectó agua, en lugar de morfina, a su paciente y éste se recuperó perfectamente). Incluso, hay quien lamentó el supuesto fin del placebo, ya que eran conscientes de que algunos factores en la medicina desde sus inicios, como la actitud tranquilizadora y el saber tratar adecuadamente al paciente, resultaban tremendamente eficaces. Sin embargo, y afortunadamente, su uso ha pervivido. Creo que podemos decir que existe cierto poder de la mente que pertenece a un terreno más o menos incognoscible. No obstante, planificar un experimento capaz de desgranar los beneficios sicológicos y culturales de un tratamiento con el fin de aislar los efectos meramente biomédicos, es más complicado de lo que parece, ya que no es posible comparar un placebo con ningún otro tratamiento. Ello es debido a que se considera incorrecto, desde puntos de vista evidentemente éticos, tratar a un paciente realmente enfermo con un efecto placebo. Además, no está muy bien visto por la comunidad médica, la cual defiende la evidencia empírica, este tipo de ensayos con placebo, debido a que se conoce lo fácilmente manipulable que son los resultados. Puede expresarse como que en el mundo clínico, tanto en médicos como en pacientes, no les interesa demostrar que un tratamiento funciona mejor que nada, sino si funciona mejor que el mejor de los existentes.

Lo que sí se puede realizar, de forma bastante ingeniosa, es comparar un placebo con otro. Por ejemplo, un médico especializado lo que hizo es tomar datos de ensayos controlados por placebo sobre medicamentos contra la úlcera gástrica (una buena idea, ya que resultan un excelente objeto de estudio al determinarse su presencia o ausencia por métodos muy objetivos). Al comparar dos tratamientos por placebo (dos pastillas de azúcar, en un caso, y cuatro en el otro), acabó descubriendo que, cuantas más pastillas, mejor funcionaba el placebo. Parece increíble, pero la respuesta está en que el placebo abarca mucho más que la simple pastilla, abarca el sentido o significado cultural del tratamiento. Lo que se quiere decir es que las pastillas no aparecen sin más en el estomago, ya que se administran de manera particular, adoptan formas diversas y las ingerimos con determinadas expectativas. Todo ello tiene un impacto sobre las ideas y creencias de la persona sobre su propia salud y, del mismo modo, sobre el resultando del tratamiento (la homeopatía es el ejemplo perfecto del efecto placebo). Para el que le resulte sorprendente la "eficacia" del efecto placebo, es posible mencionar numerosos ejemplos de experimentos que confirman la cuestión. Cierto estudio, por poner un ejemplo rápido, demostró que un fármaco similar al valium trataba más eficazmente la ansiedad cuando aparecía en forma de color azul, resultaba mejor que cuando se presentaba en forma amarilla. Desgraciadamente, las empresas fabricantes conocen muy bien los beneficios que aporta una imagen, por lo que invierten más en publicidad que en investigación y desarrollo. Otro estudio demuestra que la medicación estimulante tiende a presentarse en pastillas rojas, naranjas o amarillas, mientras que los antidepresivos y tranquilizantes suelen ser azules, verdes y morados. Más importante que los colores, es la cuestión de las formas, por ejemplo; en su momento las cápsulas parecían ser un medicamento más innovador. Otro factor influyente es la vía de administración, y tres experimentos separados han demostrado que las inyecciones de agua salina son más eficaces que las pastillas de azúcar para el tratamiento de problemas de tensión arterial, de dolor de cabeza y de dolores posoperatorios (no porque tengan mayor beneficio, sino porque la gente cree que una inyección es una intervención más drástica que el hecho de tragarse una simple píldora). Otros experimentos también han mostrado que ciertos efectos rituales (como la acupuntura) son más efectivos como placebo que una simple pastilla de azúcar.

El testimonio definitivo sobre la construcción social del efecto placebo, y aquí llegamos a un punto clave, es el que nos revela la extraña historia del envasado. Puede decirse que el dolor es un ámbito en el que cabría sospechar que las expectativas producirán un efecto particularmente significativo. Las personas acaban averiguando ellas mismas que es posible apartar el dolor de su mente, por lo menos hasta cierto punto, gracias a la distracción, o que ciertas condiciones estresantes pueden hacer que empeore. Experimentos han mostrado que el envase de los comprimidos y la marca que aparece en él tienen su propia efecto beneficioso sobre el dolor de cabeza. Por mucho que se insista en que ello es tirar el dinero, hay personas que siguen comprando analgésicos de marca (incluso, el mayor coste de los mismos acaba siendo un factor determinante). No nos desanimemos ante esta concepción del mundo en el que las personas parecemos conejillos de indias, ya que este conocimiento puede ayudar precisamente a crear formas de vida más saludables y a que estemos menos subordinados e esos factores (tantas veces, mercantiles y planificados).

Otros ensayos han evidenciado que no es tampoco necesario ceñirse a las pastillas y a los aparatos en el efecto placebo. Por ejemplo, está demostrado que lo que el médico diga y haga tiene un efecto en la curación. Incluso, sin hacer nada, solo por su manera de comportarse, los médicos pueden tener un efecto tranquilizador. También la información que se dé al paciente, como un "diagnóstico placebo", puede ser determinante. En el caso de los terapeutas alternativos, y aquí ya entramos en un terreno peligroso, no dan solo diagnósticos, sino "explicaciones placebo" (afirmaciones infundadas, no basadas en pruebas, a menudo fantásticas, acerca de la naturaleza de la dolencia del paciente, en la que se alude por ejemplo a "desequilibrios" o "energías"). Aunque se han mencionado efectos beneficiosos (y hay que mencionar que incluso en esos casos pueden darse también daños colaterales), hay que andarse con mucho cuidado si ciertas actitudes conducen a las personas a creerse su condición de enfermas y reforzar así creencias y comportamientos destructivos (como es el caso de medicalizar los muy habituales dolores musculares) obstaculizando así que la persona pueda seguir con su vida y progresar. Está claro que las investigaciones demuestran que la actitud cálida y tranquilizadora del médico son más eficaces, aunque ello encuentre desgraciadamente muchos obstáculos en el sistema sanitario real en el que vivimos. También se produce cierto dilema, teniendo en cuenta estos factores "placebo" que ayudan a mejorar al paciente, y es el hecho de no mentir al paciente enfrentado a lo pernicioso de una una excesiva información (que puede empujar a confundirlo y asustarlo aún más).

Lo que está claro es la denuncia a ciertos terapeutas alternativos, los cuales no reconocen en ningún momento que su posible eficacia se debe a ciertos rituales y a su relación con el paciente. Ellos insisten en que sus tratamientos tienen un efecto específico y medible sobre el organismo, algo inasumible si tenemos en cuenta la evidencia empírica. Las pruebas de la supuesta eficacia de la medicina alternativa al respecto suelen ser oscuras, los métodos mecanicistas y claramente decepcionantes desde un punto de vista intelectual. Insistiremos en que la ciencia, la cual solo conlleva un camino, es mucho más interesante. El efecto placebo revela la existencia de dilemas fascinantes y conflictos éticos que nos provoca la seudociencia, como es el caso de considerar ciertas terapias alternativas meramente como un timo, teniendo en cuenta el factor de que funciona el efecto placebo. Otra cosa a tener en cuenta, además de los beneficios, es que también se pueden producir efectos secundarios imprevistos. Creer en cosas no respaldadas por la evidencia empírica tiene un obvio efecto sobre la capacidad intelectual, por no hablar del hecho de "medicalizar" problemas, reforzar creencias contraproducentes acerca de las enfermedades y extender la pobre idea de que una simple pastilla es una respuesta apropiada a un problema social (además de a una modesta enfermedad de naturaleza vírica). Por otra parte, la medicina alternativa, reforzada por el placebo, tiende a denigrar a la medicina convencional (todos conocemos algunos ejemplos), a menudo aprovechándose de las malas experiencias con la misma. Acudir a la medicina alternativa, tantas veces se realiza en detrimento de tomar medidas eficaces para enfermedades muy graves (traicionando, de paso, la propia condición "holística" o "complementaria" de esas terapias, ya que denigran la auténtica medicina biomédica. El efecto placebo, que puede ser útil en ciertas ocasiones, no es reconocido la mayor parte de la veces por los terapeutas alternativos, ya que pretenden tener grandes y oscuras teorías sobre el cuerpo humano. El mercantilismo y el dogmatismo con la salud son tan criticables en médicos convencionales como en terapeutas alternativos. Solo cabe una idea más honesta e inteligente, aprovechar las numerosas investigaciones para perfeccionar los tratamientos que actúan mejor que el placebo, así como para mejorar la atención sanitaria sin engaño alguno al paciente.

sábado, 8 de marzo de 2014

Construyendo mitos: el cristianismo

Gonzalo Puente Ojea califica la historia de Jesús de "impresionante ficción legendaria", sustentada en el Evangelio atribuido a Marcos. Es lo que podemos describir como una substitución del Jesús histórico por el Cristo de la fe, algo que constituye una fractura insalvable y cuyas consecuencias llegan, desgraciadamente, a la sociedad de hoy. La apologética evangélica nos ha legado volúmenes de simplificación y tergiversación, por lo que hay que atender a los textos con sentido histórico y contextualizar en las realidades ideológicas, económicas, sociales y políticas de aquellos días para tratar de restaurar un Jesús acercado a la realidad.

Aunque es un poco triste señalar esto a estas alturas, todos nos hemos encontrado con personas supuestamente ilustradas que, de una manera u otra, aceptan los libros de La Biblia como fuentes historiográficas. Puede decirse que el Evangelio de Marcos es una obra que constituye un género literario original; aunque se refiera a determinados hechos, es obvio que debe clasificarse como un documento kerygmático (del griego kerygma, anuncio o proclamación), es decir, un instrumento para la predicación. Precisamente, a pesar de la también presente intención historiográfica de los Evangelios, los exégetas creyentes aluden a esa vertiente kerygmática para tratar de justificar las numerosas contradicciones e incompatibilidades entre los diferentes textos. Por lo tanto, el  Evangelio puede calificarse como un género literario de carácter histórico-teológico, cuyo propósito es certificar la autenticidad histórica y doctrinal de la figura de Jesús de Nazaret. Por supuesto, para realizar esa labor se subordina y adapta el soporte historiográfico a un molde dogmático, por lo que se pretende dar a conocer de una manera interesada. Estamos hablando de un texto que quiere inculcar una tesis teológica, la cual se profesa como una "verdad revelada", que tendría dos vertientes bien diferenciadas: proclamar a Jesús como heraldo del Reino de Dios y la de la Iglesia como proclamante del Cristo resucitado.

El relato presente en el Evangelio de Marcos no se desarrolla cronológicamente, sino de manera teológica, partiendo de la idea de la muerte de Jesús como propiciatoria del Reino y como confirmación de su figura mesiánica y como Hijo de Dios. Por lo tanto, no hablamos de una biografía histórica, sino de una construcción kerygmática desde la fe en la Resurrección (un hecho claramente inverificable, incluso dentro de esta tradición). Puente Ojea señala una contradicción entre esa consideración en el Evangelio de la figura de Jesús como mesiánica y la posterior justificación de su crucifixión como parte de un misterioso plan divino. Es lo que hay que calificar como la ambigüedad constitutiva del cristianismo como híbrido ideológico, se apropia de la esperanza tradicional de Israel, para dar cerrojazo e instaurar una economía de la salvación (una nueva alianza en la que la Iglesia se integra con vocación hegemónica de poder en el orden de dominación existente). Se trata de conciliar dos kerygmas contradictorios, el del Mesías Jesús y el de la Iglesia, por lo que basta con afirmar algo y, a la vez, lo contrario. Es una ambigüedad connatural al cristianismo, lo que le ha capacitado para adaptarse a todas las coyunturas históricas y explotarlas todo lo posible en beneficio de su dominación.

Michael Martin, en su concienzuda obra Alegato contra el cristianismo, dedicado un capítulo a la historicidad de Jesús; distingue en primer lugar entre un cristianismo ortodoxo, que admite obligatoriamos varias hipótesis sobre la existencia de Jesús al creer en su divinidad, y un cristianismo liberal, que niega la condición divina del profeta, pero que se muestra sorprendentemente acrítico con las contradicciones históricas y con las (muy) débiles fuentes al respecto. La historicidad de Jesús está fuertemente implantada en nuestra civilización, de tal manera que creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, la dan prácticamente por sentada. Incluso, feroces críticos con el cristianismo, de gran prestigio, como Bertrand Russell o Nietzsche, parecían aceptar la existencia histórica de Jesús al valorar algunas de sus enseñanzas morales. Es muy legítimo preguntarse si un personaje es histórico o resulta un mito, y es lo que hacen, afortunadamente, algunos autores como Martin o Puente Ojea. Otro de los autores contemporáneos, tal vez el más respetado, que ha cuestionado la historicidad de Jesús es G.A. Wells; su opinión escéptica se basa, en gran medida, en las opiniones de teólogos y expertos en la Biblia, ya que se admite sutilmente la condición legendaria de las historias evangélicas y la muy parcial intención religiosa de sus autores. Así, la condición como fuente histórica de los evangelios son más que dudosas al estar plagados de situaciones contradictorias y de hechos sumamente improbables, si sus autores son obviamente tendenciosos (que, además, escribieron mucho después de la supuesta vida de Jesús) y si la reivindicación existente en ellos no está confirmada por otros autores más independientes. Además, otras fuentes históricas, de carácter bastante débil como es el caso de Flavio Josefo, son más que sospechosas de haber sufrido la manipulación posterior de autores cristianos; todo esto obliga a mostrarse muy escéptico sobre la historicidad de Jesús.

La mayoría de los creyentes ignora, o quiere ignorar, el gran salto que hay entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe, y es probablemente esa ignorancia la que ha salvado de momento a la Iglesia del colapso. Lo que atañe a la clase mediadora, al clero, es un misterio el grado de honestidad y/o de ignorancia que se encuentra detrás de sus creencias. Lo que es obvio es que la crítica racional queda a un lado en la religión revelada, por lo que su institucionalización y la generación de una clase mediadora solo conlleva intolerancia y fanatismo. Estamos hablando de la raíz misma del cristianismo, que se caracterizó por la hibridación y la ambigüedad ideológica, lo que explica su eficacia como institución de poder. Puente Ojea describe muy bien a la Iglesia como instancia hegemónica totalitaria sin, además, ninguna legitimación histórica. Es curioso que los sacerdotes y creyentes realicen una continua apelación a la tolerancia, cuando es su propia Iglesia la que es un obstáculo para una sociedad plural. Ha sido, y es, este poder eclesiástico una forma de estabilización social mediante la legitimación de la clases dominantes y también como red de instituciones que ha mantenido una doble relación con esas clases: de confirmación divina de todo tipo de dominación terrenal por parte de los poderes hegemónicos (la Iglesia es uno de ellos), y de control externo e interno de las formas de esos mismo poderes para lograr el consenso colectivo y la legitimación histórica e ideológica. Es esa paradójica doble relación estabilizadora la que ha mantenido la ilusión de que el cristianismo pueda representar una posibilidad de emancipación para explotados y oprimidos. Sin embargo, una elemental información histórica nos hace comprobar que ha ocurrido exactamente lo contrario, coherentemente con el desarrollo del poder eclesiástico y con las bases doctrinales.

La función de la Iglesia parece haber sido mantener la manipulación y la dominación, aunque paralelamente difunda de forma retórica un incongruente deseo de reforma social. Los rasgos benéficos y paternales que se aducen habitualmente para justificar la institución eclesiástica no suponen ningún cambio real, solo aseguran la buena conciencia de sus miembros y siguen perpetuando esa ilusión de una posible reforma social que le otorgue un mínimo crédito. A pesar de que los tiempos han cambiado mucho desde que se realizó el primer análisis de este tipo, la religión sigue funcionando como un perfecto instrumento de control social, por lo que la clase dirigente (creyente o no) continúa utilizándolo. Conviene recordar la clásica frase "la religión es el opio del pueblo", entendida como consuelo ante los infortunios de la existencia, y también la de Lacan, "la religión es el alivio a costa del juicio". Existirán ciertos mecanismos sicológicos que conducen al individuo a la fabulación, pero lo que resulta intolerable es que instituciones de poder sigan negociando con esas debilidades inherentes a la existencia humana manteniendo toda una red con múltiples formas de coerción individual y colectiva sobre las conciencias y las conductas.

Nos hemos ocupado en el texto de hoy, sobre todo, de la historicidad de Jesús y de su salto a lo que la religión conoce como Cristo. Nos parece más que lógica una posición escéptica sobre ello, de tal manera que se rechace incluso una concepción liberal del cristianismo que lo considere un gran profeta; lo que sí parece incuestionable es la existencia de una fractura insalvable entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. No obstante, como las autores mencionados no han logrado una aceptación amplia, para futuros textos repasaremos lo pernicioso o no del cristianismo sin cuestionar necesariamente la existencia histórica de Jesús; como nuestra civilización está impregnada de los dogmas judeocristianos, nos vemos obligados a ello si creemos en el librepensamiento y en el progreso.


sábado, 1 de marzo de 2014

¿dios?

Esta obra, de Antonio Aramayona, invita a preguntarse sobre la cuestión de dios, o de los dioses, tal y como indica su título. De hecho, de entrada tenemos ya una pista de cómo se aborda el tema, cuando se escribe la palabra "dios" con minúscula inicial y se recuerda que se trata de un nombre común y no propio. Las exageraciones y abusos de algunos autores, a la hora de inculcar a la gente común una serie de afirmaciones religiosas, son objeto de severa crítica.

En esa línea, se recuerda que los tratados religiosos y teológicos, a lo largo de la historia, fueron escritos para ser entendidos solo por una minoría; el resto debía simplemente creérselos y tener fe, debiendo presuponer el misterio. Así, se ponen al descubierto los sinsentidos de la tradición religiosa y la manipulación de los profesionales de la religión. Los siete capítulos que componen el libro son breves, concisos y autónomos, independientes de los demás, aunque resulte lógico que haya algunas referencias entre ellos. Aramoyana utiliza además un lenguaje sencillo y accesible, puede decirse que especialmente dirigido a mentes adolescentes, aunque es disfrutable por todo tipo de público; se nota que se el autor es profesor de filosofía y ética en institutos de secundaria.

El auténtico quid de la cuestión es si el término "dios", entendido fundamentalmente como ser personal y creador de todo lo conocido, posee algún tipo de realidad verificable siendo la respuesta negativa de forma evidente. Hay que recordar algo tan sencillo que los fieles de las distintas tradiciones religiosas creen, de alguna u otro manera, que su deidad es la verdadera y que pertenecen a algún tipo de grupo o pueblo elegido; solo hay que observar esta peculiaridad de todas las religiones, esforzándose en proclamar su autenticidad, para comprender que todas son falsas. Otro absurdo es que la fe religiosa se blinda ante la sociedad con algo tan peculiar como comunicarse con seres sobrenaturales; si hacemos la prueba con algún otro tipo de entes, como puede ser alguna raza extraterrestre, con seguridad nos tomarán por dementes. Detrás de la fe religiosa se encuentra también algún tipo de soberbia, que lleva a los seres humanos a creernos el ombligo del universo olvidando que somos en realidad una especie muy joven en un planeta casi insignificante. La inmensidad del universo conduce a muchas personas a respuestas absurdas y metafísicas, así como a la necesidad de que exista un propósito en todo ello. Ni siquiera en el planeta tierra, la especie humana debería considerarse algo especial ni dar por hecho que la naturaleza es de nuestra exclusiva propiedad; el reino animal y vegetal existe mucho antes que nosotros, es un producto derivado de una evolución global en la que no existe jerarquía alguna.

Cada persona, con grandes excepciones que abren camino al librepensamiento y al progreso, suele vivir de acuerdo con las pautas de comportamiento y los esquemas mentales presentes en la sociedad y en la cultura donde nace y se desarrolla; de esa manera, se tiende a entender y examinar al resto del mundo según esos mismos parámetros, únicamente desde nuestra propia mirada. Ocurre a nivel individual y también social y cultural, se tiende a pensar que lo propio es mejor que lo de los demás; la religión hay que incluirla dentro de esa tendencia, la propia es la verdadera y el resto vienen a ser supersticiones y falsedades. Nada mejor que el conocimiento  y la experiencia sobre el mundo, sobre las diversas culturas, para curar ese complejo religioso de creernos el ombligo del universo. La historia de las religiones lleva a considerar la religión como un elemento sociocultural más, a la conclusión de que el ser humano creó a los dioses "a su imagen y semejanza". Todos los pueblos y culturas convierten a sus deidades en parecidos a sí mismos, con sus mismas peculiaridades étnicas; no es una conclusión moderna, ya Jenófanes de Colofón en el siglo VI antes de nuestra era analizó las religiones como un fenómeno social y cultural propio de cada pueblo. Los creyentes, sea cual sea la cultura en la que se encuentren, suelen tratar con suma familiaridad y obviedad la cuestión divina sin caer en que los rasgos de su deidad son demasiado humanos.

Aramayana señala en su obra algo, que también acabó siendo lógico y evidente, sobre lo que suelen ser las opiniones políticas de los creyentes. Al menos en la creencia monoteísta, Dios suele ser un gran monarca con dignidad suprema y poder absoluto; en la tradición politeísta existían tantos dioses, con mejor o peor suerte, como ámbitos humanos, por lo que cierta pluralidad estaba asegurada. En Occidente, durante demasiado tiempo, los monarcas no fueron cuestionados seguramente como reflejo de la tradición monoteísta; cuestionar el poder monárquico era tanto como hacerlo con el propio poder divino. No hay que andar demasiado para vincular la creencia religiosa con el conservadurismo y la reacción, con el respeto a la tradición y a la autoridad, siendo por lo común los creyentes reacios a aceptar el progreso también en el terreno político. Otro ámbito importante abordado por los librepensadores es la cuestión de la moral definitivamente desprendida del fundamento religioso. La tradición judeocristiana es tan infantil al respecto, que considera al ser humano (algo más a la mujer) como la raíz de todos los males; en origen, la situación paradisíaca que la divinidad dispuso se fue al traste debido al pecado original de desobediencia. En otras tradiciones orientales, el mal parece ser consustancial al mundo y casi inevitable, solo superable si se comprende la apariencia fugaz de la existencia y se acaba penetrando en no se sabe muy bien qué sentido más profundo del universo.

Sea como fuere, la deidad de turno suele ser descargada de responsabilidad sobre la presencia del mal en el mundo y el ser humano acaba siendo el culpable; es verdaderamente asombroso que tantos creyentes acepten ese triste papel sin el menor asomo de crítica, algo que acaba impregnando toda la actividad sociocultural e imposibilitando el avance en los diversos campos humanos. El dualismo religioso que se encuentra detrás de esta cuestión, la degradación material enfrentada al paraíso celestial ideal, aparece como sumamente perniciosa al invitar a las personas a considerar el mal en el mundo inevitable y a aceptar las penurias con resignación solo como un tránsito hacia una realidad superior. Afortunadamente, el conocimiento conduce a explicar gran parte de lo que se han llamado "males" en la existencia humana, viéndolos incluso como tríbulos de la vida perfectibles y sin considerarlos como un castigo o una prueba. Por supuesto, otra cuestión son las injusticias y crímenes de los sistemas políticos y económicos fundados por el ser humanos con tremendos abusos de los poderosos sobre los débiles; en ello, como en cualquier otro ámbito sociocultural, las instituciones religiosas también han tenido y siguen teniendo mucho que ver, aunque no son las únicas culpables.

martes, 18 de febrero de 2014

¿Es malvada la medicina convencional?

Así se llama uno de los capítulos del brillante libro Mala ciencia, de Ben Goldacre, y creemos que resulta significativo todo lo que en él se cuenta, tanto acerca de la manipulación que llevan a cabo los adalides de las terapias alternativas, como de la que produce la industria farmacéutica.

Primero de todo, hay que discernir entre lo que es un sistema sanitario y una práctica de los médicos deficientes, y lo que es en sí la filosofía de la medicina, basada en la evidencia empírica, la cual no puede nunca ser nunca negativa. Lo que se trata de decir es que gran parte de los medicamentos y de las prácticas médicas no van acompañadas de una validez empírica, por lo que son necesarios los estudios críticos en revistas científicas (los cuales existen, aunque veremos por qué no tienen el peso debido). Goldacre no explicará cómo manipulan la farmacéuticas a la comunidad médica; los especialistas deberían tener más armas para descubrir estos trucos (en Estados Unidos, la cosa llega a tal despropósito, que la industria se anuncia directamente al público en general). Antes que nada, es importante comprender cómo llega un medicamento al mercado; esto es así, debido a que es posible que las ideas extrañas que las personas albergan sobre la industria farmacéutica son de índole emocional, lanzándose a justificar cualquier otra cosa para buscar una alternativa. La mayor parte de las personas, al margen de su condición, seguro que tienen una idea socialista acerca del sistema sanitario, ya que resulta aterrador que la rentabilidad económica juegue algún papel en las profesiones con vocación social. Es por eso que no tardamos demasiado en considerar malvadas a las farmacéuticas, algo que es cierto con toda seguridad, pero que se realiza no pocas veces de manera irracional y resulta importante concretar por qué es así. Dos ejemplos racionales de la iniquidad de la industria son la permanente distorsión de los datos a su favor y en la retención de fármacos vitales contra el sida (impidiendo que vayan al mundo subdesarrollado). Eso es fácil de comprender, aunque hay veces que se canaliza esa comprensible batalla contra las farmacéuticas dando lugar a ciertas fantasías irracionales (como pueden ser la creencia en las terapias alternativas o la demonización de la propia medicina científica).

Desgraciadamente, la comercialización con nuestra salud es un hecho, la industria farmacéutica es una de las más importantes a nivel mundial. La misma idea de maximizar beneficios resulta incompatible con la de cuidar y atender a las personas. Una de las grandes falacias expresadas por la industria es que no pueden dirigir sus productos hacia los países deprimidos, ya que deben invertir sus beneficios en investigación y desarrollo; como es sabido, solo una mínima parte la emplean en ello, dedicando mucho más dinero y esfuerzo al marketing y la administración. Además, la explotación es un hecho en la industria, ya que cualquier fármaco que aparece en el mercado tiene una patente de diez años para ser fabricado en exclusiva; a ello hay que añadir la constante especulación, aumentando precios de productos que van teniendo demanda en el transcurrir del tiempo. Aunque hay otros estamentos involucrados (como los gobiernos), las empresas farmacéuticas tienen una enorme influencia sobre lo que se investiga (debido a su gran coste), sobre cómo se investiga, cómo se informa de los resultados y cómo se analizan e interpretan. Debido a que la industria no está interesada en ello, hay veces que ámbitos enteros de investigación no pueden llevarse a cabo. Los charlatanes de la medicina alternativa utilizarán esta manipulación de la industria para justificar sus productos, pero ya vemos que eso es un simple subterfugio (y, por supuesto, una ofensa moral para la verdad). Resultan escalofriantes las numerosas enfermedades desatendidas, solo porque se producen en países en vías de desarrollo (como es el caso del mal de Chagas, que afecta a gran parte de América Latina) y la tripanosomiasis, con 300.000 casos anuales en África). Según datos nada sospechosos de manipulación paranoica, solo un 10% de la carga sanitaria mundial recibe el 90% de la financiación total que se destina a investigación biomédica. En numerosos casos, solo es necesaria la correcta información y la voluntad de solventar problemas, ni siquiera es necesario una medicamento innovador ni un remedio mágico. Solo un cambio profundo en la política, junto a llevar todo lo lejos posible la idea de solidaridad con las regiones más desfavorecidas, pueden cambiar las cosas. Es uno de los (principales) motivos para tener ideas radicales (transformadoras, que acudan a la raíz de los problemas) en este mundo tan irracional.

Continuemos con la manipulación que sufre la comunidad médica por parte de las farmacéuticas. Cuando hablamos de los charlatanes de las seudociencias, que dirigen sus productos hacia el público de a pie, resulta más fácil detectar el fraude. Sin embargo, hablamos ahora de personas con gran formación científica, por lo que la manipulación será mucho más sutil y elegante. Las investigaciones que realiza la industria suelen hacerse con personas muy elegidas, como es el caso de personas muy jóvenes con escasas dolencias (susceptibles, por lo tanto, de mejorar con cualquier tratamiento). Otro factor a emplear es comparar el producto a comercializar con un simple placebo (algo sin valor clínico, ya que a nadie le debería importar que un medicamento es más efectivo que una simple pastilla con azúcar), una práctica muy extendida en la que no hay nada que perder y puede dársele todo el bombo que se quiera. Además, parece que es un hecho la manipulación que sufren estos ensayos clínicos cuando se compara un producto propio con uno de la competencia, realizando una administración inadecuada en este último caso. Aunque parezca increíble la burda manipulación que ello supone, que luego será debidamente adornada en la comercialización del producto, en Mala ciencia se dan referencias a estudios realizados de esa manera tan obviamente fraudulenta (cuando se no explica). En el caso de efectos secundarios, no pocas veces se dejan a un lado buscando la manera de no tener que preguntarse por ellos (como es el caso de la pérdida de la líbido en el caso de fármacos antidepresivos, minimizando este importante factor de riesgo). Si atendemos a los logros del producto, hay veces en que la manipulación se dirige a destacar los logros intermedios: por ejemplo, si lo que se reduce en realidad es el nivel del colesterol en sangre, se destaca que se está previniendo la muerte por cardiopatía (sin haber hecho un estudio al respecto). Además de todos estos engaños, y aunque los resultados finales sean muy negativos, siempre puede desviarse la atención de los datos cuestionables poniendo todo en un gráfico (lo bueno y lo malo) y mencionar lo malo en un texto solo de pasada. Lo más terrible es cuando se producen ensayos absolutamente negativos, ya que ni siquiera en ese caso desiste la industria; se limita a no publicar, o hacerlo con mucha demora. Se menciona al respecto el caso de los antidepresivos ISRS, en los que se ocultaron los efectos peligrosos que sugerían algunos ensayos, así como los que mostraban que no eran productos mejores que un placebo. Cuando hay mucho dinero y recursos, se puede invertir en numerosos ensayos y en numerosa manipulación.

No hay que caer en la paranoia, a pesar del panorama tan negativo que arroja la industria. En gran parte de las deficientes investigaciones que se producen, tiene que ver también la incompetencia de los actores. Además, existe algo llamado "sesgo de publicación", según lo cual es más posible que se publiquen los ensayos positivos que los negativos; puede ser comprensible (el hecho de querer descubrir algo notable u obtener algún reconocimiento), aunque habría que meter en la cabeza de los investigadores que descubrir algo que no funciona es también muy valioso, no es ninguna pérdida de tiempo. Sin embargo, aunque la persona decida publicar sus descubrimientos negativos, tampoco le va a resultar fácil que su artículo se reciba como algo "noticioso". Es un esfuerzo considerable pretender que una publicación reciba un texto con datos negativos, por lo que el llamado "sesgo de publicación" es, al parecer, algo muy común. En algunos casos, se produce de manera más evidente y fácil de comprender, como es el caso de la medicina alternativa (en las publicaciones especializadas, pocos datos negativos vamos a encontrar). Aunque en ese caso es más flagrante, en las publicaciones científicas también se produce (al igual que la manipulación que hacen las farmacéuticas a los médicos, de manera más sutil y elegante). El poder de las compañías farmacéuticas es tal, que se superan a sí mismas en pasar por alto los estudios negativos, publicando sus datos tergiversados varias veces y con diversas apariencias (dando la impresión de que existen ensayos positivos diferentes); además, lo más grave, se ocultan a veces daños perjudiciales muy perniciosos, enterrados bajo toda esta manipulación para resaltar los efectos supuestamente benefactores (hay veces que puede hablarse de desidia y confusión, pero el resultado es el mismo).

Afortunadamente, frente a estos investigadores que realizan una mala práctica o que están a sueldo de las farmacéuticas, existen muchas otras personas honestas que tratan de sacar a la luz la verdad, buscando publicar en ámbitos científicos o acudiendo a los congresos adecuados, y ello a pesar de los obstáculos y amenazas que encuentran. Lo que Goldacre propone, frente a toda esta manipulación industrial (supresión de resultados negativos, maquillaje de cifras, ocultación de datos inservibles para los patrocinadores...) es hacer un registro de ensayos clínicos, público, abierto y de obligado cumplimiento. Antes de poner en marcha un estudio, habría que publicar el protocolo que seguirá (la metodología) en algún lugar de acceso público. De esa manera, se resolverían las deficientes publicaciones y la ocultación de los datos sobre efectos secundarios; un ensayo inscrito y realizado, que luego no apareciera en la bibliografía especializada, sería sospechoso de ocultar algo. Como hemos visto, la comunidad médica está engañada por la mala praxis científica que realiza una industria controlada por las farmacéuticas (que maximizan beneficios y deja a un lado la salud de las personas). Desgraciadamente, los pacientes son más fáciles de influir por la propaganda de las empresas, y en Estados Unidos ya existe publicidad directa al respecto. Se produce un círculo vicioso en el que anuncios que supuestamente conciencian sobre una dolencia o afección, lo que hacen realidad es aumentar la demanda de los productos que (supuestamente) las previenen. De ahí también que las empresas fabricantes busquen connivencia con las asociaciones de derechos de los pacientes o con los medios de comunicación, ya que todos ellos acaban siendo piezas del mismo puzle irracional. Organizaciones que supuestamente defienden al consumidor acaban financiando productos muy populares, sobre cuya eficacia pueden lanzarse numerosas dudas si atendemos a una buena práctica científica. Las asociaciones, del tipo que fuere, lo que tienen que hacer es esforzarse en exigir una validez empírica rigurosa y en combatir que se comercialice con la salud. No es un panorama esperanzador, pero comprendiendo todos estos mecanismos y esforzándose en construir otro mundo (racional y científico, dirigido a ocuparse verderamente del bienestar de las personas), las cosas pueden cambiar (y mucho).