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miércoles, 26 de septiembre de 2018

Relativismo y dogmatismo en la historia


Indagamos esta vez en la historia de la filosofía para averiguar por qué pensamos como lo hacemos en la actualidad; para ello, nada mejor que la gran controversia entre los relativistas (favorecidos en época temprana por escépticos y sofistas) y los dogmáticos (y su idea de verdades absolutas), cuyo pensamiento se nos hace tan rechazable; ¿caemos con ello en el mero relativismo?

Lo que hoy somos y pensamos, al menos en lo que se conoce de manera cuestionable como civilización occidental, pienso que es una consecuencia de siglos de historia. Es por eso que si queremos indagar en esta controversia sobre el relativismo hemos de remontarnos a la Grecia del siglo V (antes de la era impuesta por los cristianos). En ese tiempo se iba fraguando un tipo de racionalidad bien diferenciada de la sustentada en el relato mítico, basada en la observación, la reflexión y la argumentación. Las primeras preguntas se establecían en torno a la naturaleza del mundo y su origen, hasta que Sócrates amplió las cuestiones al campo del conocimiento y de la ética (una especie de giro reflexivo hacia el interior del ser humano). En ese tiempo vivieron también los sofistas, como Protágoras o Gorgias, que consideraron que nada "es" en "sí mismo" y todo es relativo al ser humano. Según esta visión, no se puede apelar a un criterio sobrehumano para establecer una Verdad ni tampoco para solventar una controversia entre puntos de vista confrontantes. No hay ningún punto de vista que sea más verdadero que otro; según Protágoras, todos son equivalentes entre sí respecto a su grado de verdad. Es famosa la frase de Gorgias, "si algún ser existiera, éste seria incognoscible", o lo que es lo mismo, lo que conocemos no son seres, sino lo que nuestro propio conocimiento establece como seres.

jueves, 25 de mayo de 2017

Relativismo versus valores universales

El debate sobre el relativismo, que llega hasta nuestros días con religiosos y dogmáticos de todo pelaje tratando de imponer su absolutismo (ya sabes, un Bien y un Mal con mayúsculas, que parecen complementarse e intercambiarse a la perfección), se remonta a la Antigüedad. Ya los griegos, en el siglo V a.n.e., y principalmente gracias a los sofistas, se enfrentaron al hecho de que los valores no son eternos, ya que pierden fuerza según el contexto cultural. Los sofistas, a diferencia del platonismo, no apelan a trascendencia alguna y sí a lo social y lo político; son las personas, las integrantes de la sociedad, las que dan lugar a las leyes. Este relativismo sobre la ley se enfrenta a toda tradición fundada sobre lo sagrado, ya que es la asamblea popular la que decide cómo van a ser las cosas en una libre e igualitaria toma de decisiones. Por supuesto, las clases privilegiadas sabrían conciliar este relativismo o arbitrariedad con la ley con unos valores universales y eternos que aseguraran la existencia de la jerarquía y las diferencias sociales. Es una actitud, conservadora y elitista, que llega hasta nuestros días: por un lado, se acepta la existencia de diferentes pueblos y culturas, pero en todos ellos hay que acatar los valores universales y eternos de la organización política del Estado y de la sociedad jerarquizada. Es la hipocresía que sostiene por un lado ese relativismo cultural y la negación de toda abstracción, ya que el ser humano es concreto y particular, para acto seguido subordinarle a conceptos como Estado o Nación si nos ceñimos al terreno político.