Hoy, 22 de diciembre, en una mañana en la que el frío no acaba de llegar, me asalta un grupito en un céntrica plaza madrileña. Cordialmente, me desean feliz Navidad y devuelvo educadamente el parabién, aunque con una ligera adaptación al lenguaje laico. Un escalofrío me recorre la espalda cuando observo que, no muy lejos, hay un pequeño puesto con libros y folletos en los que se mencionan de forma pertinaz a Jesús y a la Biblia. Estoy a punto de una rápida frase para desembarazarme del corrillo, cuando uno de ellos, mucho más ágil que yo, impecablemente ataviado y de voz melosa, me espeta algo así como que tengo cara de necesitar al tal Jesús. La mayor parte de las veces, hago caso omiso, y pongo pies en polvorosa. Sin embargo, ese día me siento especialmente tocabemoles.
