Hace
más de un siglo, desde aquel 13 de octubre de 1909, que Francisco
Ferrer fue asesinado por el Estado y, todavía hoy, su figura y su obra
siguen siendo muy desconocidas. La Iglesia y la burguesía, atemorizadas
por los hechos de la Semana Trágica, le señalaron como responsable y el
poder político cumplió la sentencia. Su gran crimen sería ser un
fomentador del pensamiento libre, iniciador en España de la enseñanza no
confesional y un precursor del anarquismo moderno.
La Escuela Moderna
fundada por Ferrer se convertiría en un verdadero centro intelectual a
principios del siglo XX. Antes de ello, hubo precursores en España como
demuestra que en 1889, en el Congreso Internacional de Librepensamiento,
hubiera más de sesenta sociedades españolas. Odón de Buen, otra figura
muy reivindicable de la España contemporánea, llegaría a decir que el
principal objetivo del librepensamiento en España debía ser el
desarrollo y la protección de una educación libre. Por lo tanto, la
creación de la Escuela Moderna en 1901 se haría en un clima de cierto
apoyo laico y librepensador, pero la reacción de la Iglesia y de los
partidos sumisos al Estado no tardaría en llegar. Ferrer se esforzaría
por recoger y unificar todos los esfuerzos previos y tratar de dar un
impulso más sólido y coherente, con programas más claros y estudios
rigurosos. Tal y como él mismo diría: "Educar al niño de modo que se
desarrolle sin coacciones ideológicas, y publicar también los manuales
escolares susceptibles de alcanzar este fin", por lo que también crearía
una editorial como complemento a la escuela. Puede decirse que Ferrer
tuvo dos grandes objetivos: otorgar a los críos una educación libre de
todo prejuicio racial y clasista, y también desarrollar el espíritu
racionalista de los ya adultos. Como se desprende de su obra, Ferrer no
se limitaría a señalar los efectos devastadores de la desigualdad
social, sino que dedicaría sus esfuerzos educativos y divulgadores a
indagar en sus causas y combatirla de raíz, por lo que su pensamiento
político y social hay que verlo como inseparable de su obra pedagógica.
Los
boletines de la Escuela Moderna aparecieron en dos periodos: de octubre
de 1901 a junio de 1906, interrumpidos por el encarcelamiento de Ferrer
y el cierre de la Escuela, y de mayo de 1908 a julio 1909, de nuevo
cortados por la entrada en prisión del fundador. La colección completa
de estos boletines desapareció de las librerías y de la bibliotecas
públicas. Sol Ferrer (
Vida y obra de Francisco Ferrer, Barcelona,
1980) relata que, después de muchos años de búsqueda infructuosa,
apareció finalmente gracias al hijo de un antiguo colaborador. En los
boletines del primero periodo puede verse la preocupación de Ferrer por
adaptarse, en el orden material e intelectual, a las exigencias de los
progresos científicos (España era un país tremendamente atrasado en
muchos aspectos): se resumen la actividades de la Escuela, sus progresos
acompañados de estadísticas, las mejoras que se introdujeron, las
conferencias para padres, adultos y alumnos, las reseñas de excursiones,
los textos de composición de los alumnos (indicadores del espíritu de
la escuela) y, finalmente, las correspondencia con alumnos de otros
centros similares. Puede apreciarse en estos boletines la gran
preocupación por la ciencia, como son las cuestiones de la evolución
animal, el origen del mundo y de la vida o la formación de la tierra,
sin pretender nunca dar respuestas definitivas para estar abierto a
nuevas indagaciones. Las composiciones de los alumnos indican la
orientación educativa que reciben, según la cual se llama a reflexionar
sobre las cuestiones tradicionales para ampliar el horizonte sobre todos
los problemas humanos y sociales. El propio Ferrer, en su introducción a
Principios de Moral científica (dirigido al profesorado),
explica cómo quería desarrollar el espíritu de observación y de crítica
en sus alumnos, haciendo visibles ciertos hechos de orden social que
habitualmente se pasaban por alto. Las cuestiones sociales son, como es
evidente, primordiales en la Escuela Moderna, por lo que se denuncia la
falta de calidad en la enseñanza pública, el hecho de que las clases
humildes se vean empujados por ello a una educación de sus hijos que
desaprueban y se conciencia fuertemente sobre la necesidad de
reivindicar también las necesidades intelectuales. Curiosamente, algo
que da una idea de lo avanzado y audaz de su pensamiento, en el Boletín
del 28 de febrero de 1905 Ferrer responde al presidente de la Comisión
en pro de la supresión de las corridas de toros, partiendo igualmente de
lo inadmisible de la llamada "fiesta nacional": "Pero, dice, es más
bárbaro y más salvaje aún admitir y defender a un régimen basado en la
explotación del hombre por el hombre, que hace tan poco caso de la vida
humana".

En 1907, Ferrer escribió
La Escuela Moderna,
publicado después de su muerte, libro donde confirma y precisa su
pensamiento, además de mostrar lo que era y lo que se proponía con su
escuela. Era necesario pensar de nuevo la educación, imbuir a las
personas del pensamiento racional y científico para evitar que sigan
encadenados a un orden social perverso. Tal y como estaba concebida en
la sociedad, la educación era un instrumento adoctrinador por parte del
Estado y anulador del espíritu crítico, de ahí que toda reforma
estuviera condenada al fracaso. El objetivo de la Escuela Moderna será
formar hombres aptos para evolucionar sin fin, capaces de renovar la
sociedad y a ellos mismos. Por supuesto, como opuesta a la educación
tradicional, la Escuela de Ferrer es atea y se inspira en un
racionalismo científico que confía en el progreso y en un conocimiento
sólido; puede decirse que la fe es substituida por confianza en el
porvenir. La base de la educación es ejercitar en primer lugar el
razonamiento y el pensamiento del niño, a lo que se añadirá
posteriormente la formación de su personalidad; en ello, tomará parte
importante la iniciativa del educando para desarrollar su sentido moral.
De esta manera comienza el programa educativo de la Escuela Moderna:
hacer de los niños personas veraces, justas y libres de cualquier
prejuicio. Para ello, se insiste en dos medidas auténticamente
revolucionarias para la época: en primer lugar, la coeducación de los
sexos, algo necesario para acabar con los prejuicios entre sexos, para
fomentar la toma de conciencia mutua de los caracteres que distinguen o
complementan a unos u otros y para acabar con la herencia irracional de
la Iglesia transmitida de generación a generación; en segundo lugar, a
ojos de Ferrer resulta igualmente necesaria la coeducación entre clases
sociales para atacar de raíz los prejuicios en ese sentido y preparar
así el porvenir de unas nuevas generaciones, las cuales aprenderán en la
escuela el valor y dignidad de la persona al margen de su condición. Al
respecto de esta última medida, hay que decir que el proyecto de Ferrer
no niega la lucha de clases, pero muy sabiamente no pretende
resolverlas inmediatamente y se propone en primer lugar eliminar todo
prejuicio necio al respecto