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sábado, 25 de agosto de 2018

Por qué creemos en cosas raras

Ese es el título de un libro de Michael Shermer, subtitulado Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo.
Correspondiente a esa obra, repasamos a continuación algunos de los factores que inducen a las personas a creer cosas más que raras, los cuales son incluidos en la categoría de "lenguaje pseudocientífico":

Las anécdotas no constituyen una ciencia
Las anécdotas —las historias que se cuentan para apoyar una afirmación— no constituyen una ciencia. Sin testimonios de otras fuentes que las corroboren, sin pruebas físicas de algún tipo, diez anécdotas no valen más que una sola y cien no valen más que diez. Quienes cuentan una anécdota son narradores humanos falsables.

El lenguaje científico por sí solo no constituye una ciencia
Vestir un sistema de creencias con los atavíos de una ciencia recurriendo al lenguaje y a la jerga científicas, como en «ciencia de la creación» no significa nada sin testimonios, pruebas experimentales y corroboración. Como en nuestra sociedad la ciencia está investida de un gran poder místico, quienes desean respetabilidad, pero carecen de pruebas, intentan llenar lagunas buscando una apariencia y un lenguaje «científicos».

sábado, 17 de septiembre de 2016

Sueños lúcidos

Por mucho que se despotrique contra la mística de la religión y contra la pseudociencia de las terapias alternativas, no sé como diablos ocurre, que uno acaba dando de bruces con todo ello. Esa vez, no me pregunten ustedes por qué, me encontraba súbitamente rodeado de individuos cuyas palabras y actitud me producían, como no podía ser de otro modo, cierto déjà vu. La terminología, con algunas variantes, era la habitual en estos casos, algo relacionado con las "vibraciones" y constantes alusiones a la "energía", atribuyéndola de manera pertinaz cualidades morales y contradiciendo, así alegremente, las más elementales enseñanzas científicas. Lo que aportaba algo de originalidad, y tampoco demasiado no nos vayamos a engañar, a los postulados de aquellos seres extrañamente vaporosos es que no paraban de repetir a modo de mantra el epíteto "cuántico". También, una mención embelasada al poder del subconsciente y a lo maravilloso del universo onírico.

jueves, 9 de junio de 2016

Energías alternativas

Aquella persona empleaba con tal gratuidad el término "energía", que estaba poniendo a prueba mi habitual templanza de ánimo. Como tal vez imaginen ustedes, no se trataba de un uso acorde con el más elemental conocimiento científico. Era obvio que no. La gesticulación y el énfasis, con que se quería adornar la cuestión, eran inversamente proporcionales al contenido semántico de la palabra de marras. Al parecer, todos y cada uno de los seres humanos, según aquel categórico ser humano, tenemos una buena o mala energía. No sin dificultad, pude intervenir en la conversación, y aclarar que la energía como concepto científico no puede contener efecto benévolo o maléfico alguno. He de reconocer que aquella especie de gurú verborreico poséia habilidades oratorias notables. Carentes de contenido, seguro, pero habilidades a fin y al cabo.

sábado, 27 de febrero de 2016

La sorprendente energía vital

Recientemente, he oído hablar de un Vitalómetro, que al parecer también se conoce como Rueda de Egely (por su inventor). Este artilugio, supuestamente, mide la energía vital y alcanza un precio de más de 150 euros en la red (la verdad, desconocemos si se puede adquirir en tiendas, aunque no nos extrañaría). Recordemos que la energía vital, conocida como Chi (o Qi) en prácticas como la acupuntura, es la base de estas terapias, alternativas a la medicina científica. Y en esta última palabra está el meollo de la cuestión, ¿podemos o no demostrar que algo como el Cchi existe tal y como pretende el Vitalómetro? ¿Es la energía vital o no una hipótesis falsable? Esto es, si la ciencia nos puede demostrar que es falsa y echar por tierra entonces, con el nombre de pseudociencia, la terapia que usa como base dicho concepto.

Diremos que el precio antes mencionado del aparatito, no es que sea desorbitado, es que no debería costar ni un euro. Podemos improvisar el Vitalómetro a nivel casero, solo son necesarias una aguja, sobre una base, y un trozo de papel. En broma o en serio, podemos contemplar multitud de vídeos en la red en el que personas consiguen girar el papel alrededor de la aguja al acercar sus manos; la imaginación de cada uno encontrará alguna explicación: poderes telequinéticos, energía vital… La realidad es que la explicación es muy sencilla y está relacionada con el gradiente térmico (no con la energía vital): la diferencia de temperatura entre el aire frío y la temperatura de nuestras manos provoca que el aire se acaba calentando y ascienda. La explicación es muy sencilla sin necesidad de recurrir a determinados entes no demostrados como reales por la ciencia.

Al parecer el Vitalómetro tiene algunos precedentes; en la misma acupuntura hay algún aparato como sistema de diagnóstico, basado en la conductividad de la piel en algunos puntos. En otros casos, se mezcla un poquito de quinesiología y otro tanto de homeopatía para que nuestro método asegure que las enfermedades puede diagnosticarse por la medición de la resistencia eléctrica en la piel. Lo que nos dice la ciencia es que es un despropósito asegurar que todos los problemas de salud son eléctricos y con electricidad podamos curarlos. Todavía existe algún otro artilugio que asegura encontrar la localización de los diversos puntos de acupuntura. Recordemos que las personas somos un buen material para conducir la electricidad y esto es en realidad lo que estos aparatos indican; las zonas donde mejor conducción tenemos (por ejemplo, las zonas mojadas). Si aplicamos la termografía a la acupuntura, es tan sencillo como afirmar que las zonas donde nos pinchen tendrán un mayor temperatura (en la pantalla aparecerán de color más cálidos: rojos o amarillos). Por supuesto, cada uno puede aludir al Chi, o Qui, o a lo que quiera, para buscar la explicación.


sábado, 28 de febrero de 2015

Glosario de medicina alternativa (Primera parte)

Ante la avalancha de correos, tanto electrónicos como físicos, solicitando un mayor esclarecimiento sobre algunas terapias de la denominada medicina alternativa, proponemos en esta entrada un pequeño glosario sobre algunas de estas peculiares prácticas. Advertimos que, aunque se invoque severamente el método científico para exigir pruebas de lo afirmado, algunos de los comentarios son ferozmente subjetivos, ¡nosotros somos así! 

Nihilopatía: una de las medicinas alternativas más demandadas, por su sencillez y por encontrarse ya a la venta en farmacias en forma de pastillas de llamativos colores a un precio relativamente económico; se basa en tres principios sencillos de comprender incluso para un niños de cuatro años (como diría Groucho, ¡que me traigan a un niño de cuatro años): el principio fundamental es que es la nada, pura y dura, la que puede curar la enfermedad (es válida, como no podía ser de otra manera, cualquier tipo de trastorno); el segundo principio es que la mencionada nada, que recordamos es la que sanará a nuestro enfermo según un principio activo inexistente, se diluirá en dosis infinitesimales (es decir, no se pierdan ustedes, la nada diluida en dosis ridículas); por último, esta nada, aunque de venta en farmacias de forma generalizada, causará efectos muy particularizados en cada persona; no hacen falta más comentarios.

Porcinoterapia: como es sabido, del cerdo el ser humano aprovecha todo, tal vez porque somos mucho más parecidos de lo que nos gusta afirmar (unas personas más que otras, eso sí); por si no fuera suficiente para el pobre animal, se ha descubierto ahora que el semen del cerdo tiene propiedades curativas, ya que supuestamente puede prevenir o sanar a una persona afectada de según que trastornos reales o incluso ficticios; la posología no la explicamos, ya que nos entra la risa floja.

Rai-Chi: dentro de las llamadas terapias energéticas del biocampo, se trata de una de las más entretenidas; por supuesto, como tantas otras de estas prácticas, la premisa fundamental es que existe un campo de energía, a veces con aspiraciones universales e incluso cósmicas, que rodea y penetra (con perdón) el cuerpo humano con fines curativos; por supuesto, es necesaria la presencia de un experimentado, y sobradamente informado, terapeuta para aplicar dicha energía en el cuerpo del paciente (normalmente, con tocamientos, qué les vamos a contar); se advierte de que si ese campo energético, controlable gracias al entrenamiento en manos de un atractivo maestro, recibe el nombre de 'la fuerza', no hablamos de Rai-Chi, sino de otra ficción igualmente divertida.

Terapia espirituosa: curiosa fusión de la espiritualidad de baratillo, que ofrecen algunas de las irritantes prácticas New Age, con licores alcohólicos de lo más variopintos; según esta, no tan novedosa, terapia si ingieres algunos de estos líquidos, propuestos por algunas personas con túnica de elevada espirituosidad (los licores, nos referimos, aunque también las personas), pueden producirse alteraciones de la conciencia tan elevadas como para adentrarse alegremente en un mundo sobrenatural poblado de toda suerte de seres espirituales; las propiedades curativas gracias a este estado no parecen muy claras, pero está asegurado pasar un rato entretenido.

martes, 15 de abril de 2014

Combatiendo el dogma

La palabra "escéptico", empleada peyorativamente por algunas personas de afán dogmático, es a nuestro parecer hermosa. Su origen está en la Antigua Grecia y viene a significar algo así como "el que mira o examina cuidadosamente"; se puede decir que el fundamento de la actitud escéptica es la cautela, la circunspección. El escepticismo se convirtió en doctrina filosófica, de enorme valía en nuestra opinión para combatir todo dogmatismo, con un aspecto teórico, que afirma que no hay ningún saber firme ni una opinión absolutamente segura, y una vertiente práctica, que se niega a adherirse a ninguna opinión en base a lo que se llamó la "suspensión del juicio".

Como declara el periodista científico Mario Bohoslavsky en una especie de manifiesto escéptico, es inadmisible que la razón admita como cierto algo porque esté repetido hasta la saciedad -eso nos lleva a una famosa sentencia de un ministro nazi- o por su aceptación por mucha gente o porque lo afirme gente aparentemente ilustre. El camino de la lucidez siempre es más duro, menos transitado, obliga a detenerse ante cualquier afirmación, a ir con más lentitud y a examinar constantemente.
Se puede decir que lo contrario del escepticismo es la credulidad, la aceptación de la verdad sin ningún análisis, bien por falta de preparación intelectual, desidia, comodidad, respeto a la autoridad -sea cual fuere, muchas veces revestida de preparación técnica o científica-, respeto a lo establecido, entre otras razones. Desgraciadamente, algunas viejas supercherías se mantienen con otra forma, adaptadas a los nuevos tiempos -un tiempo en el que los valores de la Ilustración quizá no hayan triunfado o hayan fracasado en muchos aspectos-, y siempre encontramos embaucadores dispuestos a jugar con la buena fe de las personas, disfrazados muchas veces de científicos, utilizando un lenguaje técnico en su afán de adhesionarse el mayor número de personas.

Bohoslavsky habla de escépticos pasivos, que sonríen con desdén ante la estupidez de personas crédulas, y de escépticos combativos, que actúan contra el oscurantismo, desafían a los profesionales de la mentira con sus propios puntos de vista escépticos y no piensan que la gente sea tonta, sino que está desinformada. Nosotros apostamos por un escepticismo activo y, desgraciadamente, nos encontramos constantemente con personas que han abrazado "su" verdad y son incapaces de escuchar un posicionamiento crítico, de aceptar la condición seudocientífica de lo que afirman -al margen de su "validez" empírica, tal vez para ellos y para otras personas- y de entender que nada más lejos de nuestra intención que señalar su ignorancia o estulticia o de caer nosotros mismos en el dogmatismo en nuestro afán escéptico -este punto también se ha discutido en la historia del pensamiento, pero creemos que, a estas alturas y con las ideas claras, corresponde más al juego filosófico que a la realidad práctica-. Muchas de estas creencias -atentos a las sabidurías orientales tan de boga hoy en día- pueden tener una base verdadera, con cierta tradición filosófica, en el estudio de la naturaleza y el ser humano, pero el problema lo encontramos en su conversión en dogma, en que se planteen interrogantes que corresponden al terreno de lo sobrenatural y desemboquen en algo parecido a una religión, en que se acepte la seudociencia, lo paranormal, como una ideología y filosofía vital, y se acepte una supuesta "verdad" -en la religión tradicional sería revelada, en este caso la finalidad será parecida, de base falsamente natural o científica- que impide el progreso y el pensamiento crítico. No queremos confundir ni contraponer la tolerancia que se pueda tener hacia la búsqueda de salud o de alguna suerte de consuelo, que puedan buscar las personas en ciertas doctrinas o terapias alternativas, con un fuerte compromiso con una búsqueda del conocimiento que amplíe el horizonte del saber y una práctica vital coherente, la superstición siempre es dañina.

Anécdotas en nuestras vidas, donde personas presuntamente ilustradas se indignan dogmáticamente ante las dudas y preguntas que realizamos ante sus "verdades" encontradas, obligan a ese compromiso con el escepticismo. El problema no radica en que las personas practiquen lo que les venga en gana que les pueda reportar una serie de beneficios, el auténtico problema -y algo de pena diríamos- viene si las personas acaben creyendo científicamente que pueda existir energía negativa y positiva -el reiki es un ejemplo, pero podemos encontrar algo similar en el feng-shui o en el tai-chi, originados en China y que buscan la canalización de energía en el espacio y en el cuerpo humano, respectivamente-, una especie de conexión energética entre los seres vivos y que algunos "expertos" pueden manipular esa energía en bien de sus semejantes -y más irrisorio aún, la posibilidad de hacerlo… ¡a distancia! La lista de psicologías alternativas que poco o nada tienen que ver con el estudio serio de la mente es interminable. La terapia de regresión, por ejemplo, parece que tiene un origen sicoanalítico y pretende acceder a experiencias pasadas para poder cambiar contenidos de tipo inconsciente de nuestra mente que pueden ser causa de males actuales; los críticos de esta técnica afirman que los recuerdos pueden estar inducidos por la misma terapia, en lugar de ser inconscientes, tal y como ha demostrado múltiples veces la Psicología Cognitiva. Mencionamos esos casos, ya que nos resultaron cercanos con anécdotas en las que los escépticos pasamos por cerrados de mente ante cosa que consideramos sin ningún fundamento científico y con una cuestionable base empírica..

En el Mundo Occidental se puede decir que se vive una época de retroceso de la razón, el oscurantismo gana posiciones y las creencias son cada vez más anticientíficas y antirracionales. Puede afirmarse sin ambages que la sociedad española se caracteriza por una pérdida de formación cultural, por su escasa preparación científica, donde los medios no solo no divulgan el conocimiento sino que abundan en la especulación absurda y en datos acientíficos. Programas de gran éxito en los mass media divulgan sin pudor auténticas imbecilidades especulativas en lo paranormal, sin el menor análisis racional que actúe de balanza y presentados con cierto atractivo esotérico para que atraiga el morbo de la audiencia. Ya Hume afirmó hace tiempo, de manera brillantemente sencilla, que "las afirmaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias". Se puede extender lo mencionado anteriormente a la política y a los problemas sociales, con puntos de vista limitados, excesiva subjetividad -con todo lo que tiene de delicada tal afirmación, somos conscientes- y, finalmente, de clara manipulación. La mayoría de los medios produce programas incalificables: ocultismo, astrología y, en general, pseudociencia de toda índole, el falseamiento de la realidad más evidente que alimenta la ignorancia. A pesar de algunos, podemos considerar la historia también como una ciencia y observamos también como pseudoprofesionales manipulan los datos históricos por su propio beneficio y, entonces, la escasa memoria que poseen las personas jóvenes se encuentra además pervertida.

miércoles, 22 de enero de 2014

¡Llámalo energía!

Este va a ser un apartado más que jugoso para nuestro blog y, con seguridad, protagonizará varias entradas. Las llamadas terapias energéticas, o que podemos decir que tienen su base en la energía, es uno de los principales tipos de medicina alternativa. Como en todas estas, excepto aquellas que hayan terminado formando parte de una visión amplia de la medicina (lo que podemos llamar “ciencia” o, simplemente, que funcione), los beneficios obtenidos son inexistentes más allá de la sugestión y del efecto placebo (dedicaremos a ello también su espacio).

Las terapias de energía emplean, principalmente, dos fuentes: las llamadas terapias del biocampo, las cuales sostienen que existe un campo de energía  que rodea y penetra en el cuerpo humano (por supuesto, no hay ninguna evidencia de que exista tal cosa, estamos de nuevo en un absurdo); en segundo lugar, están las terapias bioelectromagnéticas o magnoterapia,  que aseguran utilizar beneficiosamente los campos electromagnéticos.
Vamos a referirnos en primer lugar, brevemente,  ya que no hace falta mucho recorrido científico e intelectual,  a la magnetoterapia , que también recibe los nombres de magnoterapia o imanoterapia.  Como resulta obvio, nos encontramos con otra seudociencia de tomo y lomo, ya que no está demostrado que la exposición a campos magnéticos tenga efectos beneficiosos más allá de nuestro recurrente amigo el efecto placebo. No obstante, algunas personas recurren a este remedio alternativo  tratando de renunciar a los analgésicos, ya que se trata de un recurso sencillo y sin efectos secundarios para (supuestamente,  y trataremos a partir de ahora de no gastar el uso de este adverbio) aliviar el dolor muscular o articular. Recordemos una de la principales máximas de este ensayo, que refuta ingeniosamente, de manera sencila y efectiva, una de las simplezas argumentales de los defensores de la medicina alternativa: “Si no hay efectos primarios, cómo diablos va a haber efectos secundarios”.
Caso aparte merecen las llamadas terapias del biocampo, entre las que se encuentran el reiki, el chi kung, la cristaloterapia, el toque terapéutico  o la radiestesia, entre otras lindezas alternativas algunas de ellas de exótico origen y milenaria tradición (ojo, en Occidente también hay ciencia y técnicas terapéuticas totalmente obsoletas).  Antes de analizar algunas de estas terapias, las cuales se basan en el fondo en lo mismo, nos gustaría decir algo sobre la cultura oriental. Aunque, de forma obvia, muchas de estas terapias alternativas nacen en la modernidad, o se adaptan en Occidente en base a creencias orientales tradicionales,  alguna de ellas tiene un claro origen religioso (para nosotros, como ya habrá quedado claro a estas alturas, eso supone oler ya a chamusquina); en cualquier caso, la línea de separación entre medicina y religión, en los casos que nos ocupan, es muy fina y hay que hablar claramente  de “creencias”. Uno de los casos más evidentes es el del chi kung, que bebe de las tradiciones budista y taoísta asegurando tantas veces ser un método para alcanzar un mayor (y, por ser suaves, más que cuestionable) estado de “iluminación” y “espiritualidad” (con todo lo que tienen estas palabras de ambiguedad y polisemia, lo cual se traduce tantas veces en que nada significan sin un sostén mínimamente racional). Es decir, no negamos que el chi kung, o cualquier otra terapia en la que estén implicados el ejercicio físico y el control de la respiración, pueda resultar beneficiosa si no entramos en objetivos terapéuticos  concretos; sin embargo, y ocurre casi siempre, cuando alguien te viene con una metafísica de baratillo basada en la “regulación energética”,  pues nos echamos a temblar y encendemos todos los pilotos del escepticismo para que nuestro “iluminado” interlocutor lo perciba con toda claridad (nosotros somos así y así nos expresamos).

En el caso de alguna medicina alternativa muy simple, como el es caso de la cristaloterapia o gemoterapia,  nos encontramos con el uso de algunos elementos naturales, como cristales o piedras “curativas”, para regular la energía del personal. Sin embargo, y como tenemos que tirar de alguna cultura milenaria o hipótesis seudocientífica de andar por casa, se recurrirá en este caso a los chakras y al aura (que viene a ser un trasunto místico de un campo electromagnético o lo que la ficción fantacientífica  más comercial ha denominado en el cine “la fuerza”). Los chakras, que dan mucho juego en este divertido universo alternativo,  son centros de energía  que se localizan en el cuerpo humano, pero que nadie sensato ha localizado todavía; esta creencia hunde sus raíces en el hinduísmo y, según algunas corrientes, son seis; según otras, siete (según nuestro criterio, tal vez una o ninguna). Sobre la palabra “aura”, que sufre como tantas otras de anfibología , no consideramos que merezca la pena extenderse demasiado; como los chakras, pretende ser una energía o radiación, que en este caso rodea el cuerpo humano, fundada en la imaginación o en la praxis seudocientífica de algún investigador de lo paranormal.
Hay un cierto número de personas que practican el reiki, tal vez una de las terapias “energéticas” más conocidas. Entre nuestras experiencias al respecto, hay que destacar una que, a pesar del evidente rechazo escéptico que destilamos, tuvo una coletilla final que nos pareció muy razonable; después de explicar el rollo de la sanación a través de la imposición de manos canalizando lo que llaman algo así como “energía vital universal”, dijo: “bueno, si quieres creer en esto”. Decimos que nos gustó el comentario, ya que quedó claro, en la explicación de esta persona, que se trata de una cuestión de “creencia”; sigue dando un poquito de apuro recordar que no hay evidencia alguna para pensar que existe una energía universal, y que además pueden utilizar las personas para sanar al prójimo. Recordemos la muy divertida canción de Joaquín Sabina, “Como te digo una co te digo la o”, en la que una maruja diserta sobre múltiples cosas, entre ellas las religiones (“Ponme una de cada, que están rebajadas en El Corte Inglés”) y, asegurando que “es de cajón que algo tiene que haber", llega a afirmar: “Llámalo equis, me parece bien. Llámalo energía,  mejor todavía”.

Como ya hemos insistido, la línea de separación entre las terapias alternativas  y algo parecido a una religión (dogmas, al fin y al cabo, no sujetos a crítica alguna) es tremendamente delgada. Desgraciadamente, muchos otros practicantes de estas terapias han adoptado una actitud  defensiva e infantil ante el escepticismo  y la consecuente actitud crítica; nos gustaría decir lo contrario, pero de nuevo topamos con gente (supuestamente) racional e inteligente, que parece haber sido invadido por alguna suerte de virus de lo absurdo y alcanzado otra certeza absoluta e irracional (¿no lo son todas?). Insistiremos en lo necesario del conocimiento para afrontar cualquier situación en la vida y los subterfugios que emplean tantas veces los charlatanes de según qué terapias; la jerga científica, mal empleada, está entre ellos, como es el caso del término "cuántico" o la apelación a leyes de la termodinámica para querer justificar lo injustificable. Hasta aquí hemos llegado; es con estas cosas que te das cuenta del fracaso de la ciencia como herramienta liberadora en eso que llaman la modernidad. Si alguien trata de vincular con gratuidad y alegría una ley científica con un concepto místico de lo más elemental,  pues uno no sabe ya a qué atenerse. ¿Es atribuible el éxito de todo suerte de teorías místicas y mistéricas simplemente al desconocimiento? Creemos sinceramente que no, la sociedad y los seres humanos tenemos demasiados problemas y el asunto se convierte en más complejo, a pesar de que ya hemos dicho que no viene mal un poquito de cultura científica; al menos, con ello la gente no se embarcará en un batiburrillo seudocientífico de lo más penoso. En el caso que nos ocupa en el texto de hoy, es posible que ni siquiera merezca la pena hablar de seudociencia; recordemos al bueno de Bertrand Russell y su concepción de “hipótesis falsable”: si Dios no lo es, ya que no es posible demostrar su inexistencia, la idea de la existencia de una “energía vital universal” no entra tan fácilmente en esa categoría y puede ser refutada hasta por un escolar.
Cuando mencionamos las terapias energéticas, entre las que están las llamadas de “toque terapéutico”, algunas de estas personas que las imparten aseguran ser capaces de curar a un paciente a veces incluso sin tocarlo, ya que están dotados del don de detectar la consabida “energía vital” y de manipularla beneficiosamente. De acuerdo, si tenemos la imaginación y las tragaderas de aceptar que existe esa energía, puede que ya abramos la puerta a (casi) cualquier cosa; un motivo más para rechazar de raíz estas teorías peregrinas. Recordaremos una frase que, con seguridad y que nos disculpe el dueño de la cita, será recurrente en este blog: "Si la gente cree en cosas absurdas, es muy posible que acabe haciendo cosas absurdas".