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domingo, 25 de septiembre de 2022

Los desmanes del pensamiento positivo

Aparentemente, no hay nada malo en ese irritante filosofía simple e ingenua de un pensamiento y una actitud abiertamente positivos; sin embargo, a poco que profundicemos encontramos una concepción maniquea de la psique humana, con base en cierto pensamiento mágico, además del germen para la frustración e incluso la alienación.

El pensamiento positivo, para gran parte de la gente y de los medios, al menos , parece resultar algo digno de atención y merecedor de una etiqueta abiertamente benévola. Multitud de frases, máxime en los últimos tiempos con el auge de las redes sociales y las nuevas tecnologías, recogen de manera extremadamente simple las bondades de una actitud positiva ante la vida. En mi opinión, hay varias lecturas sobre la cuestión, y todas sumamente irritantes. En primer lugar, se trata de una visión simplista sobre la existencia humana, y abiertamente maniquea, ya que se considera que existe una separación clara entre un pensamiento positivo y otro negativo. No hace falta indagar demasiado para recoger la tradición religiosa, y su concepción del bien y del mal; si hablamos, en concreto, de la judeocristiana, tenemos también las ideas del pecado y la virtud con mucha similitud en el caso que nos ocupa. A poco que observemos, esta visión maniquea impregna gran parte de filosofías y terapias de baratillo, que aseguran existen buenas o malas energías, vibraciones, pensamientos o como lo queramos llamar. Los seres humanos parecemos necesitar a menudo respuestas simples sobre nuestras existencia, pero tratemos de profundizar y ver que las cosas son más complejas.

viernes, 27 de mayo de 2016

La devastadora filosofía del pensamiento positivo

Había algo especialmente frío y agobiante ya a primera hora de aquella mañana. El periódico no invitaba tampoco a la tranquilidad existencial. Los titulares reincidían en una mediocre y mezquina clase política. El sistema económico, una y otra vez, relegaba a gran parte de los seres humanos a la más pura indigencia. Una mueca hosca y áspera se dibuja en mi rostro de forma inevitable. Cuando, como cada día, iba a coger el autobús para dirigirme al trabajo, algo tomó una deriva inesperada. Aquello que estaba frente a mí no pertenecía a la Empresa Municipal de Transportes. No. Era igualmente un vehículo, pero parecía conducir a una dimensión desconocida. Contradiciendo a aquellos que me acusan de estar cerrado a explicaciones alternativas, pensé en la teoría cuántica. Si existen universos paralelos, era el momento de comprobarlo.