Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de julio de 2025

Anarquismo y religión: otra vuelta de tuerca

Hemos defenestrado, no pocas veces, desde este blog, la religión desde un punto de vista anarquista; no cabe ninguna duda que así se produce en el anarquismo moderno, aunque matizaremos más adelante. El pensamiento anarquista es eminentemente naturalista (un término que, tal vez, gustará más que "materialista" si lo utilizamos en un sentido amplio); es decir, se esfuerza en buscar causas naturales en los fenómenos, sin incidir en las fantasías religiosas, y en transformar la realidad social desarrollando en un plano terrenal la acción y el pensamiento humanos (en lugar de trasladarlos a un plano sobrenatural).

En origen, el anarquismo radicalizó la idea de que la religión hacía más soportable a las personas los males de este mundo vendiéndoles la idea de una realidad ultraterrena en forma de paraíso; Marx, lúcidamente, consideró que se trataba de un alivio para el sufrimiento de las personas, pero caben pocas dudas de que se trata también de algo que ha servido a los poderes instituidos para mantener dócil a los humildes. Aunque la realidad es ahora mucho más compleja que este análisis, la gran pregunta de cara a una transformación revolucionaria de la sociedad es si la actitud religiosa ayuda en ese sentido. Volvamos al anarquismo clásico. No cabe duda de que la visión ácrata dirige sus furibundos ataques, sobre todo, al teísmo; a un Dios personal, omnisciente y todopoderoso, creador y legislador de los asuntos humanos (es la línea seguida por Feuerbach y Bakunin, aunque está implícito el rechazo a toda visión sobrenatural). Una excepción a este antiteísmo anarquista la constituye otro autor prestigioso, León Tolstói, que trató de conciliar el cristianismo con las ideas libertarias; su visión anarquista sobre la propiedad y el Estado quieren verse, tal y como señaló Kropotkin en su conocida entrada de la Enciclopedia Británica, tanto en los dictados de la razón como en las enseñanzas de Cristo. Las ideas anarcocristianas tolstoianas, como hemos dicho, pueden verse como la excepción de un anarquismo fundamentalmente antiteísta; resulta lógico expresarlo así, ya que el anarquismo moderno nace en Occidente, por lo que su visión contraria a la religión se centra principalmente en el monoteísmo.

viernes, 16 de mayo de 2025

La religión como principio en la historia de sumisión

Rudolf Rocker se atrevió a afirmar que existe una oposición interna entre religión y cultura; toda política tiene, en última instancia, su raíz en la concepción religiosa de los hombres, no se pueden vincular los factores político y económico, ya que éste último es de naturaleza cultural, íntimamente unido con todas las fuerzas creadoras de la vida social.

Existen puntos de contacto entre los fenómenos religiosos y los culturales, ya que ambos manan de la naturaleza humana, pero es necesario examinar más a fondo la relación existente entre ellos. Si religión y cultura arraigan ambas en el instinto de conservación del hombre, una vez que han cobrado vida toman caminos diferentes, al no existir entre ellas vínculos orgánicos, e incluso divergentes. No me gusta reducir el origen de la religión a la mera dominación, y el propio Rocker es cauto al respecto, y resulta practicamente imposible llegar al fondo de las concepciones religiosas mediante la especulación filosófica. Gracias a la ciencia, el hombre es más crítico a la hora de investigar el origen y desarrollo gradual de las religiones y tratar de comprender, así, los orígenes de la vida social y espiritual.

domingo, 23 de agosto de 2020

El nacionalismo como religión de Estado

Puede decirse sin ambages que la visión anarquista del nacionalismo -concepto político para nada unidimensional, ni por su propia amplitud y ambigüedad, ni por los numerosos rechazos que recibe- es negativa, las más de las veces, por unos nítidos principios ideológicos que pretenden superar la parcelación patriótica, étnica o identitataria, y establecer estrechos lazos de colaboración entre los pueblos con el fin de expandir la libertad y la cultura, conviene analizar con detalle un fenómeno complejo, enmarañado con el tiempo, que es utilizado por todas las opciones políticas estatalistas y jerarquizantes. Conviene dejar claro, a priori, la asociación política que conlleva el nacionalismo político al llamado "derecho de autodeterminación", que aspira inevitablemente a la creación de un Estado para administrar sus intereses, por lo que las ideas libertarias se muestran, obviamente, opuestas a semejante objetivo.

sábado, 24 de marzo de 2018

Sobre los dogmas y el totalitarismo

Es habitual escuchar el argumento, por parte de personas religiosas (los sumos pontífices lo hacen con cierta frecuencia), relativo a que fue la ausencia de Dios la que dio lugar a los horrores provocados en el siglo XX por regímenes como el nazi o el totalitarismo. No es que merezca mucha profundización dicha afirmación, ya que no solo es simplista, también sumamente distorsionadora, pero dado que hay que tantas personas que siguen vinculando moral a religión merece alguna atención. Esto es así porque la substitución de un dogma por otro, y es posible que algunas ideologías hayan encontrado un terreno fecundo en la mentalidad religiosa para desarrollarse, es el auténtico problema.

El pensamiento, que sería fecundo de otro modo, también en el terreno moral, haya un obstáculo en doctrinas, religiosas o no, que se limitan a cambiar el objeto de su idolatría y subordinación. Que la moral dependa o no de la religión, a estas alturas, no debería ser ya ni un debate. Es más, algunas virtudes son más evidentes en personas no religiosas que se rigen por la honestidad intelectual más que por cualquier dogma. Tal y como entendía Bertrand Russell esa integridad intelectual, consiste en decidir las cuestiones problemáticas en base a una prueba o bien dejar el asunto en suspenso si no hay pruebas concluyentes. Así, este punto de vista aparece como mucho más importante que cualquier sistema dogmático y puede ser infinitamente más beneficioso.

domingo, 1 de octubre de 2017

Creencias enfrentadas

Como ya hemos dicho en otras ocasiones, el nacionalismo no deja de ser una forma de creencia religiosa secularizada. Al igual que la religión, en la que solo hay una y verdadera, el nacionalismo sustituye a la divinidad por el Estado, del cual mana toda ley sagrada; así, podemos ver por parte de muchos españoles, en estos días de enfrentamientos entre creencias nacionalistas, aludir a la Constitución como si fuera la 'verdad revelada' para siempre. Por supuesto, se olvidan los intereses muy terrenales que se encuentran detrás, por parte de una minoría dirigente y privilegiada, por no hablar de la historia reciente de este país (sí, hay que hablar del franquismo, ya que lo que somos en la actualidad es un producto de lo ocurrido en el pasado, muy obvio). Volvamos al nacionalismo, con su lenguaje patriótico, grandilocuente, mítico y redentor, que al igual que la religión, nutre los deseos, ilusiones y personas de los seres humanos dejando a un lado la realidad, que está detrás, de toda opresión política y explotación económica. Este análisis, debería no ser necesario decirlo, es válido  tanto para todo Estado consolidado, como es el Reino de España, como para aquellas naciones que aspiran a construirlo, como sería el caso de una República de Cataluña. Un amigo mío, lúcido él como pocos, considera que el nacionalismo ajeno, cuando enerva de forma irracional a tantos es porque tienen otra creencia nacionalista que defender. No podemos estar más de acuerdo cuando apelamos, en nuestra crítica al nacionalismo (a todo nacionalismo) a una visión amplia de las comunidades humanas, cosmopolita y fraternal. Al igual que con la religión, no se trata de decidir cuál es mejor o el verdadera Estado-nación, sino cuestionar si son o no perniciosos al dividir a las personas y encubrír la opresión política.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Sylvain Maréchal, el antiautoritarismo ilustrado

Sylvain Maréchal es, sin duda, un precursor, no solo del socialismo utópico y del comunismo, también del anarquismo al ser un sorprendente opositor a toda forma de dominación; un brillante subversivo, radicalmente ateo y materialista, proveniente de la Ilustración

El anarquismo moderno, todavía, no existía y, sin embargo, a menudo podemos ver citado a Sylvain Maréchal como uno de los pocos (o el único) anarquista verdadero de la Revolución francesa. Lo que es seguro es que fue una de las influencias del antigubernamentalismo de William Godwin, el autor que coloca un puente hacia las ideas libertarias en la Modernidad. Precursor del socialismo, lo que hace que podamos etiquetar a Maréchal  de anarquista es su fuerte crítica, es cierto que a veces titubeante, a la autoridad. Este autor es fundamentalmente conocido por su participación en la fracasada Conjura de los Iguales de Babeuf, en 1796, cuyo manifiesto escribió, que pretendía instaurar una igualdad perfecta. El mismo Kropotkin, en su obra La Gran Revolución, lo menciona y considera que puede verse en él "una vaga aspiración" de lo que posteriormente se conocería como comunismo libertario. Por el contrario, Max Nettlau, en La anarquía a través de los tiempos, considera que puede observarse en este autor ya "un anarquismo muy claramente razonado", si bien, "en la forma velada de la vida feliz de una edad pastoral arcadiana". Más adelante, veremos el porqué de esta descripción. Hay que recordar, tal y como cita Nettlau, que Maréchal puso en su famoso manifiesto estas palabras: "desapareced, repulsivas diferencias entre gobernantes y gobernados"; como era de esperar, fueron desautorizadas por los dirigentes más autoritarios de la revolución. Hablamos, en suma, de un autor influyente, y citado en no pocas ocasiones, en el anarquismo decimonónico.

miércoles, 19 de julio de 2017

Memoria histórica y conciencia transformadora, tan necesarias

Cada vez estoy más convencido de que, al menos en España, de manera muy generalizada, no hay memoria, ni corta ni larga. Es muy difícil trabajar por la recuperación de la memoria historia, en un país en el que no parecen recordarse ni los últimos años. Todo el afán parece ser buscar una élite política (un gobierno, claro) que gestione adecuadamente, que nos resuelva las cosas, vamos. Esta situación, al margen de las ideas políticas que tenga uno (que sí, que todos tenemos eso que llaman "ideología", aunque algunas personas simplemente reproduzcan la ideología predominante), se produce en una sociedad en la que la ausencia de conocimiento y de análisis político es que cada vez mayor. Irremediablemente, ello lleva automáticamente a vincular la participación política con la mera votación periódica para la elección de los gestores de turno. Dicho de un modo algo más profundo, podemos decir que lo que predomina en la actualidad es un imaginario social reformista o revisionista (se quieren cambiar las cosas a nivel formal, pero manteniendo el sistema intacto) frente al imaginario reaccionario (se querrían mantener los rasgos de una sociedad tradicional y retrógrada; un ejemplo es el catolicismo en este país, y afortunadamente el laicismo va ganando terreno) y el imaginario revolucionario (que ya concretaremos más adelante cuál de ellos es nos parece verdaderamente transformador y progresista).

domingo, 25 de diciembre de 2016

Izquierda, progreso social y conocimiento científico

Paradójicamente, en la actualidad se ha establecido cierta relación entre los movimientos sociales, y podemos incluir también a la izquierda política (aunque, ya sabemos que hay varias), y lo que podemos llamar discursos alternativos en cuestiones sanitarias y, más o menos, espirituales. Lo que podemos llamar simple y llanamente "pseudociencia", vamos.  Esto es así, casi con total seguridad, debido a que en las actitudes progresistas (al menos, con esa pretensión) y socialmente transformadoras gustan mucho de la palabra "alternativo". Lo que ocurre, a nuestra manera de ver las cosas, es que el grado de confusión sobre cuestiones científicas es notable. Una cosa es el conocimiento científico, que en la teoría sí podemos considerarlo objetivo y neutral (aplicando diversos y razonables métodos, ninguna pretensión dogmática puede haber en ello), y otra muy distinta su aplicación. Al confundir una cosa con la otra, en el mundo en el que vivimos, donde los poderosos siguen dictando su ley, y tantas personas se ven desprovistas de las necesidades más elementales, gusta mucho, hasta extremos bastante delirantes, "lo alternativo".

sábado, 20 de diciembre de 2014

El origen de los valores humanos

Desechado cualquier tipo de determinismo natural o biológico, y ante la imposibilidad de que la ciencia nos dé todas las respuestas, conviene reflexionar sobre el origen de los valores. Defenderemos en este texto, frente a toda posición absolutista, la fortaleza de una moral fundada en el ámbito humano, propia de los deseos y aspiraciones de las personas, de carácter laico, ajena a lo trascendente e íntimamente vinculada a lo social y político; en definitiva, que favorezca el desarrollo de la humanidad


Dada la continua polémica sobre los valores humanos, hay que recordar una y otra vez los importantes interrogantes que este tema suscita y las profundas divergencias que parecen irresolubles y nos hacen caer una y otra vez en soluciones metafísicas. Desde el subjetivismo, los valores serían una creación humana, por lo que su origen dependería de las preferencias, puntos de vista o sentimientos de cada individuo; llevada al extremo, convertiremos esta postura en una suerte de relativismo moral, en un "todo vale" o dependencia de la opinión de cada persona. En cambio, el objetivismo considera que los valores existen por sí mismos, no siendo necesario que los individuos o las diferentes culturas los conozcan o los pongan en práctica; así, desde este punto de vista objetivo podría establecerse una guía universal del comportamiento humano. No obstante, la cuestión no es tan elemental. Si el relativismo moral, si entendemos por tal cosa simplemente el "todo vale", es rechazable, el absolutismo nos introduce en no pocos problemas; esta postura absolutista, que está obviamente relacionada con el objetivismo, hace caer con frecuencia en el dogmatismo: se trata de una postura que considera correctos solo determinados valores, despreciando los de otras culturas, e imponiéndolos a los demás. La idea de que existan valores absolutos, independientes del ámbito humano, se antoja una fantasía "espiritual"; en cualquier caso, nadie tiene derecho a imponer unos determinados valores humanos a los demás, lo cual no nos introduce en ningún tipo de "relativismo" (postura más bien caricaturesca, que suelen invocar los partidarios de las religiones y de todo tipo de absolutismo).


En nuestra acervo cultural, está profundamente arraigada la idea de que es necesario un garante de lo absoluto para decidir lo que es bueno o malo (de ahí la necesidad para algunas personas de la creencia en un ser supremo). Sin embargo, la historia nos demuestra, por un lado, que los valores son mutables, y por otro, que esta discusión sobre la fuente de los valores es ya muy antigua, no siendo necesario trascender en cualquier caso el ámbito humano. Desde la Antigua Grecia hasta Kant, ha habido ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no absolutistas ni sobrenaturales. La moral kantiana, que se basa en la "obediencia a reglas", no es plenamente identificable con el absolutismo; lo que está detrás de la visión de Kant, más bien, es el deseo de la universalidad de los valores humanos. Es algo que también nos introduce en no pocos problemas, ya que no todo el mundo va a estar de acuerdo con según qué comportamientos (como es el caso de la moral sexual o del aborto); lo que parece claro a estas alturas es que la moral no tiene por qué ser absoluta, y ello a pesar de las continuas acusaciones de una relativismo mal entendido. Los llamados utilitaristas, que consideran la utilidad como principio moral, son objetos de no pocos ataques; y, sin embargo, pueden ser vistos de manera amplia como partidarios de una visión moral "consecuencinalista"; según este punto de vista, muy pragmático, se considera que la moralidad de una acción debe ser juzgada por sus consecuencias.

No todo absolutismo deriva de la religión, pero es francamente difícil defenderlo en otros terrenos. Si acaso, es el nacionalismo en la modernidad el que ha rivalizado con al religión en posturas absolutistas; recordemos de nuevo la frase de Luis Buñuel: "Dios y Patria son un equipo imbatible; baten todos los récords de la opresión y del derramamiento de sangre". Que se hayan realizado tantas barbaridades a lo largo de la historia en su nombre demuestra la irracionalidad de los principios absolutistas, la negación de las consecuencias de esos actos (que da la razón a una moral inmanente y pragmática) e incluso la debilidad de todos esos imperativos categóricos cuando se encuentran fundados en abstracciones. No negamos la complejidad del asunto, y nos adelantamos a las acusaciones de relativismo, pero consideramos que los principios morales se defienden mejor en un plano humano, no desde el absolutismo o la trascendencia.

Por lo tanto, al menos como punto de partida y sin intención de ser categóricos, podemos apostar por una ética utilitaria y consecuencialista, en el sentido de ser una ética laica, estrechamente vinculada a lo social y a lo político, ajena a los trascendente y capaz de favorecer el desarrollo de la humanidad. Los valores humanos no son reducibles a la ciencia, delegando en ella lo que es bueno o malo, ya que ello sería también una forma de objetivismo. Bertrand Russell, aunque mantuvo siempre cierta puerta abierta a la posibilidad del "conocimiento ético", evolucionó hacia posturas que podemos denominar emotivistas; esto es, cuando decimos que algo tiene "valor", que es bueno, estamos dando expresión a nuestras propias emociones y no a un hecho que seguiría siendo cierto cuando nuestros sentimientos personales fueran distintos. Esta postura, obviamente subjetivista, no cae en el relativismo; a pesar de la imposibilidad de presentar un conjunto de proposiciones verdaderas sobre el bien con mayúsculas, existe la permanente aspiración de elevar nuestros deseos al interés de toda la humanidad. De esta manera, los valores está fuertemente relacionados con la política, ya que el individuo puede realizar el intento de que sus deseos se convierten en los de la colectividad si ello supone la mejora para el grupo. Así, al filósofo que expresa los más nobles sentimientos sobre la verdad, la bondad o la belleza no le parece solo estar expresando sus propios deseos, sino también estar señalando el camino para toda la humanidad ; a diferencia del que expresa deseos mezquinos, puede creer que sus deseos tiene un valor también impersonal.

De esta manera, la ética queda vinculada a la política cuando trasciende el ámbito de lo personal y consigue que su valores sean considerados buenos por la sociedad: desde este punto de vista, los valores personales son susceptibles ser universalizables u objetivables. No obstante, nos movemos en el terreno de los valores subjetivos, ya que es francamente difícil decidir si algo tiene un valor intrínseco o si existe una verdad objetiva. Para los absolutistas, se trata de una conclusión catastrófica, pero intentaremos demostrar lo contrario y fortalecer la posibilidad de transformar la realidad desde un punto de vista ético; apelando a valores objetivos, o no, poco vamos a conseguir para que las personas cambien su ética; en cambio, influyendo en sus deseos si puede ser posible cambiar su conducta. En otras palabras, sean los valores objetivos o no, podemos hacer mucho más para transformar el mundo influyendo en los deseos de la gente. Russell quiso aclarar, ante las acusaciones de irracionalismo, que un deseo no es en sí mismo racional o irracional; "razón" posee un significado preciso y claro, tiene que ver con la elección de los medios adecuados para lograr un fin que se desea alcanzar, pero no tiene nada que ver con la elección de los fines.

¿Qué podemos decir de la fraternidad, o solidaridad, tan del "deseo" de los anarquistas? Como concepto abstracto, la solidaridad puede presentar no pocas dificultades, pero como expresión de deseo individual se nos aparece como una aspiración libertaria legítimamente universalizable. La moral libertaria no está fundada en nada más allá de lo humano, en ninguna moral absolutista ni aun objetiva, sino en el deseo y las aspiraciones del individuo concreto y en los de las sociedades que ha creado, permanentemente susceptibles de mejora. Apelando a los deseos de los individuos, en los cuales se fundan los valores humanos a nivel personal y colectivo, es posible poner en cuestión los valores tradicionales y construir una nueva realidad en base a la solidaridad, es decir, en el reconocimiento en el otro y en sus propios deseos.