Desechado cualquier tipo de determinismo natural o
biológico, y ante la imposibilidad de que la ciencia nos dé todas las
respuestas, conviene reflexionar sobre el origen de los valores.
Defenderemos en este texto, frente a toda posición absolutista, la
fortaleza de una moral fundada en el ámbito humano, propia de los deseos
y aspiraciones de las personas, de carácter laico, ajena a lo
trascendente e íntimamente vinculada a lo social y político; en
definitiva, que favorezca el desarrollo de la humanidad
Dada
la continua polémica sobre los valores humanos, hay que recordar una y
otra vez los importantes interrogantes que este tema suscita y las
profundas divergencias que parecen irresolubles y nos hacen caer una y
otra vez en soluciones metafísicas. Desde el subjetivismo, los valores
serían una creación humana, por lo que su origen dependería de las
preferencias, puntos de vista o sentimientos de cada individuo; llevada
al extremo, convertiremos esta postura en una suerte de relativismo
moral, en un "todo vale" o dependencia de la opinión de cada persona. En
cambio, el objetivismo considera que los valores existen por sí mismos,
no siendo necesario que los individuos o las diferentes culturas los
conozcan o los pongan en práctica; así, desde este punto de vista
objetivo podría establecerse una guía universal del comportamiento
humano. No obstante, la cuestión no es tan elemental. Si el relativismo
moral, si entendemos por tal cosa simplemente el "todo vale", es
rechazable, el absolutismo nos introduce en no pocos problemas; esta
postura absolutista, que está obviamente relacionada con el objetivismo,
hace caer con frecuencia en el dogmatismo: se trata de una postura que
considera correctos solo determinados valores, despreciando los de otras
culturas, e imponiéndolos a los demás. La idea de que existan valores
absolutos, independientes del ámbito humano, se antoja una fantasía
"espiritual"; en cualquier caso, nadie tiene derecho a imponer unos
determinados valores humanos a los demás, lo cual no nos introduce en
ningún tipo de "relativismo" (postura más bien caricaturesca, que suelen
invocar los partidarios de las religiones y de todo tipo de
absolutismo).

En
nuestra acervo cultural, está profundamente arraigada la idea de que es
necesario un garante de lo absoluto para decidir lo que es bueno o malo
(de ahí la necesidad para algunas personas de la creencia en un ser
supremo). Sin embargo, la historia nos demuestra, por un lado, que los
valores son mutables, y por otro, que esta discusión sobre la fuente de
los valores es ya muy antigua, no siendo necesario trascender en
cualquier caso el ámbito humano. Desde la Antigua Grecia hasta Kant, ha
habido ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no absolutistas
ni sobrenaturales. La moral kantiana, que se basa en la "obediencia a
reglas", no es plenamente identificable con el absolutismo; lo que está
detrás de la visión de Kant, más bien, es el deseo de la universalidad
de los valores humanos. Es algo que también nos introduce en no pocos
problemas, ya que no todo el mundo va a estar de acuerdo con según qué
comportamientos (como es el caso de la moral sexual o del aborto); lo
que parece claro a estas alturas es que la moral no tiene por qué ser
absoluta, y ello a pesar de las continuas acusaciones de una relativismo
mal entendido. Los llamados utilitaristas, que consideran la utilidad
como principio moral, son objetos de no pocos ataques; y, sin embargo,
pueden ser vistos de manera amplia como partidarios de una visión moral
"consecuencinalista"; según este punto de vista, muy pragmático, se
considera que la moralidad de una acción debe ser juzgada por sus
consecuencias.
No todo absolutismo deriva de la
religión, pero es francamente difícil defenderlo en otros terrenos. Si
acaso, es el nacionalismo en la modernidad el que ha rivalizado con al
religión en posturas absolutistas; recordemos de nuevo la frase de Luis
Buñuel: "Dios y Patria son un equipo imbatible; baten todos los récords
de la opresión y del derramamiento de sangre". Que se hayan realizado
tantas barbaridades a lo largo de la historia en su nombre demuestra la
irracionalidad de los principios absolutistas, la negación de las
consecuencias de esos actos (que da la razón a una moral inmanente y
pragmática) e incluso la debilidad de todos esos imperativos categóricos
cuando se encuentran fundados en abstracciones. No negamos la
complejidad del asunto, y nos adelantamos a las acusaciones de
relativismo, pero consideramos que los principios morales se defienden
mejor en un plano humano, no desde el absolutismo o la trascendencia.
Por
lo tanto, al menos como punto de partida y sin intención de ser
categóricos, podemos apostar por una ética utilitaria y
consecuencialista, en el sentido de ser una ética laica, estrechamente
vinculada a lo social y a lo político, ajena a los trascendente y capaz
de favorecer el desarrollo de la humanidad. Los valores humanos no son
reducibles a la ciencia, delegando en ella lo que es bueno o malo, ya
que ello sería también una forma de objetivismo. Bertrand Russell,
aunque mantuvo siempre cierta puerta abierta a la posibilidad del
"conocimiento ético", evolucionó hacia posturas que podemos denominar
emotivistas; esto es, cuando decimos que algo tiene "valor", que es
bueno, estamos dando expresión a nuestras propias emociones y no a un
hecho que seguiría siendo cierto cuando nuestros sentimientos personales
fueran distintos. Esta postura, obviamente subjetivista, no cae en el
relativismo; a pesar de la imposibilidad de presentar un conjunto de
proposiciones verdaderas sobre el bien con mayúsculas, existe la
permanente aspiración de elevar nuestros deseos al interés de toda la
humanidad. De esta manera, los valores está fuertemente relacionados con
la política, ya que el individuo puede realizar el intento de que sus
deseos se convierten en los de la colectividad si ello supone la mejora
para el grupo. Así, al filósofo que expresa los más nobles sentimientos
sobre la verdad, la bondad o la belleza no le parece solo estar
expresando sus propios deseos, sino también estar señalando el camino
para toda la humanidad ; a diferencia del que expresa deseos mezquinos,
puede creer que sus deseos tiene un valor también impersonal.
De
esta manera, la ética queda vinculada a la política cuando trasciende
el ámbito de lo personal y consigue que su valores sean considerados
buenos por la sociedad: desde este punto de vista, los valores
personales son susceptibles ser universalizables u objetivables. No
obstante, nos movemos en el terreno de los valores subjetivos, ya que es
francamente difícil decidir si algo tiene un valor intrínseco o si
existe una verdad objetiva. Para los absolutistas, se trata de una
conclusión catastrófica, pero intentaremos demostrar lo contrario y
fortalecer la posibilidad de transformar la realidad desde un punto de
vista ético; apelando a valores objetivos, o no, poco vamos a conseguir
para que las personas cambien su ética; en cambio, influyendo en sus
deseos si puede ser posible cambiar su conducta. En otras palabras, sean
los valores objetivos o no, podemos hacer mucho más para transformar el
mundo influyendo en los deseos de la gente. Russell quiso aclarar, ante
las acusaciones de irracionalismo, que un deseo no es en sí mismo
racional o irracional; "razón" posee un significado preciso y claro,
tiene que ver con la elección de los medios adecuados para lograr un fin
que se desea alcanzar, pero no tiene nada que ver con la elección de
los fines.
¿Qué podemos decir de la fraternidad, o
solidaridad, tan del "deseo" de los anarquistas? Como concepto
abstracto, la solidaridad puede presentar no pocas dificultades, pero
como expresión de deseo individual se nos aparece como una aspiración
libertaria legítimamente universalizable. La moral libertaria no está
fundada en nada más allá de lo humano, en ninguna moral absolutista ni
aun objetiva, sino en el deseo y las aspiraciones del individuo concreto
y en los de las sociedades que ha creado, permanentemente susceptibles
de mejora. Apelando a los deseos de los individuos, en los cuales se
fundan los valores humanos a nivel personal y colectivo, es posible
poner en cuestión los valores tradicionales y construir una nueva
realidad en base a la solidaridad, es decir, en el reconocimiento en el
otro y en sus propios deseos.