A raíz de los atentados yihadistas, cada vez más numerosos en el primer mundo, se están publicando cosas demasiado amables sobre el Islam y la religión en general. Recientemente, y no sé cómo a un diario de renombre en España no le da un poquito de vergüenza publicar ciertas cosas, la carta de un lector aseguraba que "la religión musulmana al igual que la católica son religiones de paz" (sic) para acto seguido asegurar que los asesinos no tienen, al parecer, religión o solo tienen una: hacer daño. Es curioso, y estremecedor, cómo el ser humano tiene la nula capacidad de profundizar e indagar en las cosas, más allá de comentarios "buenistas" y "políticamente correctos". Vaya por delante que no considero a la musulmana peor que las otras religiones (especialmente, las monoteístas), que tal vez han sufrido otra evolución y adaptación a las instituciones, pero que cuando han tenido la sartén por el mango han cometido las mayores barbaridades contra herejes y heterodoxos. Mi talante libertario me hace considerar a las religiones, junto al nacionalismo (que no deja de ser una secularización de la idea religiosa), como una de las mayores lacras que mantiene enfrentada a la humanidad y que combaten por imponer, abiertamente o no, lo que consideran verdades absolutas. Junto a bellos mensajes, en los preceptos, dogmas y 'verdades reveladas' de las religiones podemos encontrar también incitaciones al odio y la violencia, incluso apología del genocidio como en el Antiguo Testamento. Esto es algo comprensible en textos, realizado a modo alegorías y mitos, que no dejan de ser producto de una determinada época; incluso, sus interpretaciones se han descontextualizado a menudo, para bien y para mal.
