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sábado, 17 de enero de 2026

¿No matarás? ¿Qué quedó de ese precepto judeocristiano?

Una conversación reciente con mi sobrina, bendita sea, acerca del precepto judeocristiano "No matarás", y en general sobre las tres religiones del libro con un mismo origen, me inspira unas cuantas reflexiones no exentas de lucidez. La lógica estribaba, bendita ingenuidad, en que si se trata de un mandamiento divino el no acabar con la vida del prójimo, cómo es posible llamar verdaderos judíos (no en el sentido étnico, claro, sino referido a los que profesan el judaísmo), o cristianos, o musulmanes, a todos aquellos que han asesinado, y siguen haciéndolo, por doquier. Se trata de una cuestión nada baladí, ya que por un lado nos invita a indagar en los orígenes de la moral humana, que mi condición ácrata quiere pensar obviamente que se trata de algo mucho más complejo de que una autoridad, sobrenatural o muy terrenal, dictamine la prohibición de algo. Por otra parte, el asunto también nos empuja a reflexionar una vez más, para congratulación de todos aquellos amantes del librepensamiento, sobre lo pernicioso o no de las creencias religiosas. Vamos allá, con notable entusiasmo, y en primer lugar aclararemos algo. Es habitual que, en la actualidad, cuando se perpetra un sangriento atentado en nombre del Islam, alguien asegure que, a diferencia de los cristianos, los musulmanes y otras creencias sí matan. Uf, no hace falta aclarar la interesada estupidez, en nombre de las tres religiones del libro se ha asesinado muchísimo sin que haga falta aclarar cuál de ellas lo ha hecho con más ahínco en nombre un nocivo concepto absoluto y alienante (sí, Dios). Claro, esto no contesta a la pregunta que nos ocupa, pero sí evidencia y explica que otros preceptos, u obligaciones, deben prevalecer en las creencias frente a aquel de no arrebatar la vida del vecino, por no pensar o creer lo mismo que tú. No hace falta que nos remontemos a las Cruzadas o la inquisición, en época contemporánea un muy cristiano dictador, en este inefable país llamado Reino de España, provocó una sangrienta guerra civil junto a una posterior y cruenta dictadura durante gran parte del siglo XX con la pérdida, directa o indirecta, de innumerables vidas por su causa. Por cierto, al alzamiento genocida de todos aquellos generales facciosos la muy cristiana Iglesia Católica lo llamó también Cruzada, lo cual nos hace ver dónde queda el quinto mandamiento en su muy flexible moralidad.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Sobre el determinismo social

Ya hemos hablado en otras ocasiones del "determinismo social", es decir, en palabras de Mario Bunge, la idea de que la sociedad determina las pautas de valoración y conducta; según la misma, toda tabla de valores y todo código de conducta emerge, se desarrolla y, eventualmente, desaparece junto con la sociedad en la que se inscribe. Frente al absolutismo del determinismo biológico y psicológico, el determinismo social es relativista, ya que cada sociedad adopta los valores y las normas que necesita.

Tal vez haya personas que rechacen la idea de estar socialmente determinado en aras de la libertad humana, y sin embargo resulta aún más odiosa la de un "determinismo biológico", algo que es mucho más antiguo (y anticuado, si atendemos a ciertas disciplinas). Si substituimos a Dios por la biología, entenderemos que nuestro destino esté igualmente escrito gracias a los genes, por lo que poco podemos ganar a favor de la libertad. Por lo tanto, es difíciamente discutible el hecho de que somos animales sociales y tenemos también la necesidad de comunicarnos y cooperar (o de competir, como en la sociedad capitalista, algo que solo resulta otra posibilidad social, no algo determinado). En cierto modo, puede verse como una paradoja: si hay una obligación biológica es la de vivir en sociedad (el aislamiento no es posible, lo que impide un verdadero desarrollo humano), y ésta puede poseer las características más variadas, las cuales conforman a su vez el carácter individual. El determinismo biológico tiene solo una pequeña parte de verdad, y es por eso que el determinismo social hay que verlo como relativista según las normas y circunstancias de la sociedad en que vivimos.

viernes, 22 de agosto de 2025

¿Es la doctrina cristiana un ejemplo ético a seguir?

Es habitual que los cristianos consideren la figura de Jesús como un ejemplo sobrehumano (nunca mejor dicho) de doctrina y comportamiento éticos. Por extensión, resultaría evidente, el seguidor de la religión cristiana, incluso aquellos de menor talante dogmático, tendría como modelo el mayor ejemplo moral y ético de la historia de la humanidad. ¿Es esto realmente así? Si demostráramos lo contrario, tal vez empezaría a tambalearse todo el edificio sobre el que se sostiene el cristianismo. Sí, algo ambicioso y poco modesto por nuestra parte, pero quién dijo miedo. Por supuesto, no entraremos, dentro de las siguientes reflexiones, en la historicidad de Jesús. Daremos por hecho que es posible que hubiese una figura con cierta similitud a lo que nos han contado habitualmente. No obstante, a pesar de esta notable suspensión de la incredulidad, hay que decir que resulta francamente difícil, a poco que uno indague, hacerse una idea sobre cuáles fueron exactamente los principios morales de aquel hombre. Es más, los primeros autores cristianos, como Pablo, no aluden a las enseñanzas éticas de Jesús tal y como se exponen en los evangelios. Hay buenas razones para suponer que lo que hoy conocemos como ética cristiana, son adiciones posteriores a la doctrina original. A pesar de ello, como la mayoría de los cristianos parece ignorar este problema, nosotros hoy también lo haremos para nuestra valoración.

sábado, 8 de marzo de 2025

La fuerza moral del pensamiento de Bertrand Russell

Un aspecto de la obra de Bertrand Russell muy importante, y estrechamente vinculado a la concepción libertaria como garante de una sociedad libre compuesta de individuos libres, es el de la educación. En este sentido, la educación estaría muy relacionada con la política, ya que ésta debe ocuparse verdaderamente del individuo y no quedar reducida a una mera técnica.


 Se ha dicho que tres son las cualidades principales que Russell afronta en su pensamiento educacional relativas al individuo: inteligencia, amor y valor. En un mundo cada vez más complejo, es necesario encontrar soluciones inteligentes, ya que sin ellas amor y el valor resultan estériles. Obviamente, sin amor la inteligencia y el valor resultan francamente peligrosos y potencialmente destructivos. Por último, es necesaria la valentía de caminar contracorriente y abrir nuevos senderos en un mundo donde las cualidades de la inteligencia y el amor no son suficientemente reconocidos. Russell consideró el siglo pasado que era necesaria la síntesis de estas tres cualidades para afrontar los graves problemas del mundo moderno, y hoy resulta tan o más reivindicable.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Nihlismo y espíritu de rebeldía

Camus se preguntaba en El hombre rebelde si negar a Dios no suponía cuestionar la misma idea de la moral y la justicia. Llegamos, así, con Stirner y con Nietzsche al nihilismo, a la destrucción de la moral como última faz de Dios. No obstante, el nihilismo de Stirner se diferencia del de Nietzsche por su vitalidad y satisfacción. El autor de El único y su propiedad no se conforma con acabar con Dios, también con toda "idea eterna", estemos hablando del Hombre de Feuerbach, del Espíritu de Hegel o de su concreción histórica y política en el Estado. Dios es una enajenación del yo, y todas sus formas y todos sus profetas no son más que distintas formas para negar al "único" que "yo soy".

El yo de Stirner nada tiene que ver con ningún Absoluto, se esfuerza el alemán en particularizarlo y darle forma real. La historia vendría a ser un esfuerzo para "idealizar" lo real y, a partir de Jesucristo, esa meta está lograda, por lo que empieza otra tarea, que es "realizar" lo ideal. Todo ello es para Stirner un intento de doblegar al principio único, vivo y concreto, en nombre de una serie de abstracciones (Dios, Estado, sociedad, humanidad...). Incluso, Stirner identifica el ateísmo con otra forma de devoción eterna, ya que substituyen a la deidad por el culto al Estado o al hombre. Naturalmente, y como creo que he insisto demasiadas veces, esta visión de Stirner es objeto de muchas críticas, también dentro del mundo libertario. A pesar de ello, su obra se reedita una y otra vez, reconociendo el valor de su pensamiento, no de forma absoluta, sino como continuo contrapeso a una filosofía social nada abstracta y todo lo justa posible. Tomado de forma tajante, el pensamiento estirneriano es posible que esté más cerca de un liberalismo extremo, cuya noción de la libertad niega los vínculos sociales, y de su visión del individuo aislado y motivado estrictamente por la utilidad, que del anarquismo. Por otra parte, las abstracciones y el sometimiento humano a ellas es algo objeto de plena crítica en las ideas libertarias, de ahí el interés de este autor. El egoísmo puede adoptar muchas formas, pero en continua tensión con los valores sociales y solidarios del ser humano; nociones como "fraternidad", al igual que el mismo concepto de "amor", solo cobra sentido "real" en un ámbito de acción humana y en una praxis desarrollada por individuos particulares. La pasión destructora de Stirner, a diferencia de Bakunin, no produce un nuevo horizonte en el que todo esté por construir.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Ateísmo, moral y conciencia

Iniciaremos a continuación el repaso a una serie de conceptos desde el pensamiento ateo, tradicionalmente acaparados por la religión y todavía fuertemente influenciados en la actualidad, aun aceptando la imposibilidad de lograr una cohesión y uniformidad y atendiendo también a algunos obras de reciente publicación. Para iniciar el análisis de la moral, recordaremos en primer lugar la frase de Albert Einstein: "Si la gente es buena solo porque teme el castigo y espera una recompensa, somos efectivamente un grupo lamentable".

domingo, 21 de abril de 2024

Ateísmo y nihilismo, ¿son comparables?

A estas alturas de la historia, todavía parece haber personas que identifican ateísmo con ausencia de moral. El ateísmo, a priori, no implica gran cosa sobre la moral, tampoco rechazarla. Se dice que hay ateos que son nihilistas en sentido peyorativo, en su sentido más pobre, es decir, un nihilismo meramente negativo, conservador o más bien reaccionario, ya que se remonta a Hobbes y su concepción de un estado natural en el que no existen nociones de lo bueno y lo malo, y en el que los seres humanos vendríamos a ser bestias egoístas en guerra unos con otros.

 

Por supuesto, nos atrevemos a decir que es un minoría de ateos la que piensa de este modo y es más bien una mayoría de "creyentes", del tipo que fuere, la que acepta un mundo político y económico basado en esos presupuestos hobbesianos. Empleamos entonces el término creyentes, simplemente como sinónimo de "conservadores", es decir, los que aceptan el mundo tal y como lo colocan ante sus ojos, por muy injusto e irracional que se muestre. Es una terminología tal vez muy suave cuando hablamos de reducir al ser humano al nivel de la bestia, incapaz de transformar el medio, condicionado entonces por fuerzas externas y preocupado solo por su propia supervivencia. Precisamente, lo que nos diferencia de las bestias es la capacidad de elección, de proporcionar contenido a la moral, y no empleamos este término de manera restrictiva, sino todo lo contrario. Los ateos, una mayoría al menos de los que conocemos, consideramos que la moral no deriva de ninguna fuerza externa al ser humano y a las sociedades que ha creado, sino que surge de su propia potencialidad, de la capacidad que poseemos para transformar nuestro mundo con la única limitación de las leyes naturales (en las que, obviamente, no existe ninguna condición humana determinante previa).

domingo, 25 de febrero de 2024

Sobre el hedonismo (las distintas concepciones del placer)

La palabra Hedonismo, como puede suponerse, proviene del griego: hedoné suele traducirse por "placer". Filósofos como Anaxágoras consideraban que significaba ciertas sensaciones producto de los sentidos. En la época de los sofistas (siglo V a.C.), era frecuente considerar que el placer era causado por la armonía o buena disposición de los distintos elementos del cuerpo.

Por otra parte, con hedonismo se ha aludido a un bien, ya que es considerado que el placer es el mayor bien. Ese bien puede considerarse un bienestar en sentido literal, en el sentido de la armonía o buena disposición que antes se ha mencionado. De todas formas, hay que aceptar en la historia de la humanidad que, al haber tantas maneras de entender el placer, lo mismo ocurre con el hedonismo; esa discusión sobre el término se ha producido no pocas veces en el terreno de la moral, por lo que se ha considerado también que el hedonismo es una tendencia dentro de la filosofía moral.

sábado, 4 de noviembre de 2023

La ciencia y el deseo moral (apartando las concepciones religiosas)

En Religión y ciencia, Bertrand Russell daba a priori la razón a los que consideran que la ciencia no tiene nada que decir sobre los valores. Sin embargo, aclaraba que no estaba de acuerdo con deducir de ello que la ética contiene verdades que no pueden ser probadas o refutadas por la ciencia. Tradicionalmente, el estudio de la ética consta de dos partes: la que concierne a las reglas morales y la que se ocupa de lo que es bueno por sí mismo. La historia de la humanidad puede observarse, desde el punto de vista de la ética, como una evolución de una situación en la que las reglas de conducta son importantes, hasta otra en la que se da más importancia a la reflexión y a los estados del "espíritu". Para los místicos y religiosos, suponemos que para los sinceros, las reglas externas les parecerán solo adaptables a las circunstancias y valoran más una buena conducta que mane del interior del individuo. Una de las formas de evitar las reglas externas fue la creencia en la "conciencia"; según la visión religiosa, Dios habría puesto en cada corazón humano lo que es recto y solo hay que escuchar la voz interior. Russell recuerda que hay, al menos, dos dificultades para esta teoría: primero, que la llamada conciencia parece decir cosas diversas a cada hombre, después, la psicología ha ido dando respuestas a los distintos sentimientos de cada individuo. Como buen científico, Russell apela a las leyes causales para comprender por qué existe tanta diversidad en lo que motiva la conciencia. Mediante la intronspección, hay veces que los sentimientos parecen misteriosos, al haber olvidado como se originaron, y no resulta raro que tantas personas a lo largo de la historia hayan considerado que eran un producto divino. Russell considera que la conciencia es un producto de la educación, algo con lo que podemos estar de acuerdo en gran medida, y puede ser dirigida a un lugar o hacia otro a conveniencia del educador. Para liberar a la ética de unas reglas externas, hay que poner en duda la visión religiosa sobre la conciencia.

sábado, 11 de marzo de 2023

La ética y su concreción humana en el anarquismo

Ética deriva de una palabra griega que significa costumbre, y es por eso que con frecuencia se ha definido dicho concepto como "doctrina de las costumbres". Aristóteles consideraba que las virtudes éticas son aquellas que se desenvuelven en la práctica (en la vida social, relativas a la justicia, el valor, la amistad, etc.), diferenciadas de las virtudes propiamente intelectuales, que se denominan dianoéticas (todo aquello que tiene que ver con la inteligencia o la razón, como son la sabiduría o la prudencia). En la evolución posterior de la ética, llegará a identificarse cada vez más con la moral, por lo que hay que hablar de una ciencia que se ocupa de los objetos morales.
No obstante, es complicado diferenciar entre la ética, entendida como los sistemas morales, y el conjunto de normas y actitudes de tipo moral propio de una determinada sociedad o de un periodo histórico. Es por eso que los que se han ocupado de la historia de la ética, es frecuente que se limiten a un uso filosófico del concepto, es decir, examinado en sus fundamentos para encontrar una base racional de las ideas o de las normas. Antes de Aristóteles, donde se coloca el punto de partida de la ética, ya existen reflexiones en los filósofos presocráticos en las que se preguntan las razones por las que los hombres se comportan de cierta manera. Sócrates podría ser el fundador de una reflexión ética autónoma, aunque se suele considerar que la misma no hubiera sido posible sin el sistema de ideas morales en el que vivía el filósofo y, de forma importante, sin las cuestiones lanzadas acerca de ellas por los sofistas (recordemos que con ellos nace la oposición entre lo que es por naturaleza y lo que es por mera convención). Platón continuará la obra de Sócrates en los primeros tiempos, aunque luego emprenderá un camino muy diferente, trabajando en un concepto abstracto del bien y subordinando la ética a la metafísica. Más interesante, y fundamental para la historia, es el trabajo de Aristóteles al plantear la mayor parte de los problemas que luego ocupará la atención de filósofos posteriores: relación entre las normas y los bienes, relación entre la ética individual y la social, clasificación de las virtudes, análisis de la relación entre la vida teórica y la vida práctica... Es la vinculación entre teoría y prácticas éticas la que interesó posteriormente a escuelas y autores post-aristotélicos, siendo frecuente en esa comparación que se establezca la primacía de la vida práctica. Hay que recordar la pluralidad del pensamiento griego, de tal manera que aunque se solían jerarquizar en todas las escuelas los bienes concretos a los que debía aspirar el hombre, existía discrepancia en cómo encontrar la deseada tranquilidad de ánimo: búsqueda de la impasibilidad (en los estoicos), desprecio de las convenciones (cínicos) o persecución del placer moderado (o, para expresarlo mejor, equilibrio racional entre las pasiones y su satisfacción, según los epicúreos).

domingo, 29 de mayo de 2022

Sobre la conciencia

Según el Diccionario de Filosofía, de Ferrater Mora, el término conciencia tiene al menos dos sentidos: en primer lugar, la percepción o el reconocimiento de algo (una cualidad, una situación...), o de algo interior, como las modificaciones del propio yo; en segundo lugar, es el conocimiento del bien y del mal. El segundo sentido se suele expresar mejor como "conciencia moral", del que nos ocuparemos en otro momento, y resulta significativo que en algunos idiomas se empleen términos distintos para expresar los dos sentidos mencionados. El primer sentido, a su vez, puede desdoblarse en otros tres: el sicológico, en el que la conciencia es la percepción del yo por sí mismo (puede hablarse de modificaciones del yo sicológico, por lo que el termino conciencia se suele confundir habitualmente con el de autoconciencia); el epistemológico o gnoseológico, en el que la conciencia es primariamente el sujeto del conocimiento (se habla entonces de la relación conciencia-objeto similar al conocimiento), y el sentido metafísico, en el que la conciencia se suele denominar el Yo (supuestamente, previa a toda esfera sicológica o gnoseológica).

jueves, 25 de mayo de 2017

Relativismo versus valores universales

El debate sobre el relativismo, que llega hasta nuestros días con religiosos y dogmáticos de todo pelaje tratando de imponer su absolutismo (ya sabes, un Bien y un Mal con mayúsculas, que parecen complementarse e intercambiarse a la perfección), se remonta a la Antigüedad. Ya los griegos, en el siglo V a.n.e., y principalmente gracias a los sofistas, se enfrentaron al hecho de que los valores no son eternos, ya que pierden fuerza según el contexto cultural. Los sofistas, a diferencia del platonismo, no apelan a trascendencia alguna y sí a lo social y lo político; son las personas, las integrantes de la sociedad, las que dan lugar a las leyes. Este relativismo sobre la ley se enfrenta a toda tradición fundada sobre lo sagrado, ya que es la asamblea popular la que decide cómo van a ser las cosas en una libre e igualitaria toma de decisiones. Por supuesto, las clases privilegiadas sabrían conciliar este relativismo o arbitrariedad con la ley con unos valores universales y eternos que aseguraran la existencia de la jerarquía y las diferencias sociales. Es una actitud, conservadora y elitista, que llega hasta nuestros días: por un lado, se acepta la existencia de diferentes pueblos y culturas, pero en todos ellos hay que acatar los valores universales y eternos de la organización política del Estado y de la sociedad jerarquizada. Es la hipocresía que sostiene por un lado ese relativismo cultural y la negación de toda abstracción, ya que el ser humano es concreto y particular, para acto seguido subordinarle a conceptos como Estado o Nación si nos ceñimos al terreno político.

martes, 9 de mayo de 2017

Reflexiones sobre el nihilismo

El término "nihilismo" se utiliza, no pocas veces, aludiendo a la absoluta falta de principio moral o político. En un sentido más profundo, tal vez el primer filósofo que utilizó el término fuera William Hamilton, el cual consideró que el nihilismo es la negación de la realidad sustancial. Hamilton consideró que Hume era un nihilista, al negar que exista una realidad sustancial -o que, en realidad, existan sustancias- y solo cabe sostener que se conocen fenómenos. Desde este punto de vista, el nihilismo sería idéntico al fenomenismo -el cual tiene, a su vez, diversas vertientes-. Este nihilismo de Hamilton sería llamado posteriormente "nihilismo epistemológico". Se diferencia del nihilismo moral -negación de que haya principios morales básicos-, pero está tal vez muy emparentado con el nihilismo metafísico -pura y simple negación de "la realidad"-. El propio Hamilton aludió con frecuencia al sofista Gorgias de la Antigüedad, según el cual no hay nada -y si hubiera algo, sería incognoscible; y si fuera cognoscible, seria inexpresable, inefable o incomunicable-. También se ha mencionado al escéptico Pirrón a propósito del nihilismo; aquí nos detenemos con atención, cuando se equipara muy a menudo nihilismo y escepticismo radical y se considera que ambos apuestan por una especie de universal "negacionismo". El escepticismo se ha manifestado muchas veces como duda de que haya nada permanente en el movimiento y en el cambio, mientras que el nihilismo se ha entendido como la afirmación de que todo cambia continuamente y de que todo varía en función del sujeto.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Acusaciones religiosas con "mala fe"

Muy a menudo, y creo que la experiencia personal de los ateos combativos lo corrobora, incluso en gente del ámbito académico, se relaciona ateísmo con dogmatismo. De hecho, esto quizás a un nivel más coloquial, se quiere ver el ateísmo como una nueva religión. "Religión atea" o "ateísmo dogmático" es, ni más ni menos, un oxímoron. En cambio, "fundamentalismo religoso" parece más bien un pleonasmo.

Parecen acusaciones interesadas, esas de dogmatismo y relativistas morales a los ateos, que tal vez tengan algún sentido como argumento ad hominem (es decir, obviamente, habrá ateos que puedan ser algo de eso), por parte de religiosos y teístas. Es posible que su propia lógica dogmática y teológica les lleve a pensar que, necesariamente, los ateos queremos inaugurar una nueva religión. Estas afirmaciones, con el transfondo de un supuesto "relativismo moral" que da mucho juego retórico, realizadas con asiduidad por los papas y demás representantes religiosos, contienen una considerable dosis de ignorancia y/o mala fe (y no tratamos de hacer un chiste). Ha sido todo un debate en la historia el de la moral, asociada o no a la religión. Mi conclusión es que el absolutismo, la verdad con mayúsculas, el que precisamente ha permitido a los creyentes realizar cualquier acto depravado en su nombre.

miércoles, 21 de enero de 2015

Los nuevos ateos

En este blog, en no pocas ocasiones, se ha mencionado (pero no, necesariamente, seguido al dedillo) el nuevo ateísmo de un Dawkins, de un Hitchens o, aunque yo no lo situaría en el mismo saco que los anteriores por sus rasgos más filosóficos y posmodernos, de un Onfray. En todas las obras de los autores mencionados, algo menos en la de Daniel Dennett, he encontrado cosas de valor para el pensamiento libre y para el progreso social.

Hay quien sitúa ese neoateísmo en el mundo post-11S, algo que no sé si es del todo cierto y que tampoco resulta muy sostenible si observamos que el objeto del ataque es la creencia religiosa de un modo general, y la tradición judeocristiana no sale mejor parada que la islámica. A los autores neoateos, especialmente a Dawkins, se les acusa de atacar la teología desde una inadmisible arrogancia. Esto me recuerda aquel chiste en el que un creyente acusa a un ateo, precisamente, de arrogancia y éste le responde algo así como lo siguiente: "Y esto lo dices tú, que piensas que un ser eterno, omnipotente y absolutamente bueno te ha creado". Tampoco me convencen las criticas a los neoateos cuando simplemente argumentan que "no saben de lo que están hablando"; las acusaciones en ese sentido las he oído por parte de toda suerte de creencias sobrenaturales, terapias alternativas y otras inefables propuestas seudocientíficas, y que suele traducirse ante la falta de evidencias, de la clase que fuere, como algún tipo de apelación al misterio.

No obstante, y a pesar que es de agradecer que prolifere el pensamiento ateo (algo que, insistiré una y otra vez, para mí es principalmente sinónimo de librepensamiento), siempre he mantenido una reserva para todo discurso solo en parte subversivo, y ese puede ser el caso de los autores que nos ocupan. El ateísmo es, para el que subscribe, una parte de la cultura antiautoritaria, por lo que las críticas se dirigen a todo tipo de dominación (religiosa, política y económica). También se ha acusado a Dawkins y Hitchens, desde posiciones ciertamente izquierdistas como es el caso de Terry Eagleton (el cual se dirige a ellos como "Ditchkins" y utiliza alguna gracieta más de dudoso gusto), de defender el statu quo. No diré para nada que esos nuevos ateos tengan un prurito libertario (tal vez Onfray algo más), pero no considero que sus posiciones sean conservadoras bajo ningún concepto, ni siquiera que hayan defendido alguna forma de Estado (al menos, en las obras que nos ocupan). Otro asunto es el manido reduccionismo científico del que también se les acusa, algo así como mantener que "la ciencia tiene todas las repuestas"; de una u otra forma, se esté o no de acuerdo con ellos, en sus obras han aparecido preocupaciones por la moral, por lo que esa acusación nuevamente me parece una caricatura. En cualquier caso, insistiremos, la crítica a la creencia religiosa no es meramente intelectual o cognitiva; por supuesto, se la considera una mera proyección o fantasía, pero se la combate (que es quizás lo intolerable para muchos, que la crítica adquiera un horizonte muy amplio) en aras del progreso, especialmente social y moral (no meramente científico, el cual ha demostrado un lado demasiado oscuro).

Estoy muy de acuerdo con Erich Fromm cuando dice que la religión desaparecerá, de acuerdo, pero que algo debe ocupar su lugar. Ese algo puede ser el humanismo y el socialismo, y utilizo esas palabras con una intención plenamente libertaria, por lo que de nada sirve criticarlas de modo estrecho, tal y como considero que se hace habitualmente. Eagleton, en Razón, fe y revolución, parece reconocer que el balance histórico final sobre la religión se desborda hacia el lado negativo, pero dirige su critica, en mi opinión sin demasiado recorrido, hacia esos nuevos ateos, ferozmente reduccionistas para él, los cuales define como racionalistas liberales. Eagleton tiene una análisis claramente marxista, nos recuerda que incluso el fanatismo religioso tiene bases materiales y recuerda la responsabilidad del Occidente capitalista al respecto. Es de agradecer, en cualquier caso, que se recuerde esto, aunque me resulta dudoso que alguien pudiera negarlo. Más de una vez, menciona a Marx en una cita que alude a la religión como "alivio de los afligidos"; creo que se trata de una semejante a la mucho más utilizada de "opio del pueblo", que tal vez no se entienda del todo bien, ya que alude igualmente a consuelo y no tanto a "anestesia", como creo que se suele interpretar. Es posible que Marx tuviera en gran parte razón (aunque siempre estemos tentados, a nuestra vez, de acusarle de reduccionista), pero en cualquier caso el objetivo es combatir todo tipo de aflicción, lo mismo que tratar de que todas las personas tengan un horizonte amplio a la hora de acceder al conocimiento (es eso, ya tan añejo, pero más necesario que nunca que llamamos revolución social). Es posible que sea inherente a la condición humana el afligirse, de una forma o de otra, pero da la sensación de que los dogmas religiosos (ideas inmutables, no lo olvidemos) juegan con ello en su beneficio, en lugar de tratar de combatirlo. La fe, e incluso los mitos, tienen muchas lecturas, es cierto, y no hay que contraponerlos siempre de manera simplista frente a la lógica y el positivismo, sino tratar de comprender los diversos factores que los alimentan. El objetivo es hacerse preguntas, mostrar un escepticismo, precisamente frente a todo conservadurismo y pensamiento fijo, con intención de mejorar el conocimiento y la acción humana. Es por eso que las preocupaciones morales y sociales forman también parte de ese proceso, no quedan subordinadas a una ciencia y una razón desprovistas de humanidad.

sábado, 20 de diciembre de 2014

El origen de los valores humanos

Desechado cualquier tipo de determinismo natural o biológico, y ante la imposibilidad de que la ciencia nos dé todas las respuestas, conviene reflexionar sobre el origen de los valores. Defenderemos en este texto, frente a toda posición absolutista, la fortaleza de una moral fundada en el ámbito humano, propia de los deseos y aspiraciones de las personas, de carácter laico, ajena a lo trascendente e íntimamente vinculada a lo social y político; en definitiva, que favorezca el desarrollo de la humanidad


Dada la continua polémica sobre los valores humanos, hay que recordar una y otra vez los importantes interrogantes que este tema suscita y las profundas divergencias que parecen irresolubles y nos hacen caer una y otra vez en soluciones metafísicas. Desde el subjetivismo, los valores serían una creación humana, por lo que su origen dependería de las preferencias, puntos de vista o sentimientos de cada individuo; llevada al extremo, convertiremos esta postura en una suerte de relativismo moral, en un "todo vale" o dependencia de la opinión de cada persona. En cambio, el objetivismo considera que los valores existen por sí mismos, no siendo necesario que los individuos o las diferentes culturas los conozcan o los pongan en práctica; así, desde este punto de vista objetivo podría establecerse una guía universal del comportamiento humano. No obstante, la cuestión no es tan elemental. Si el relativismo moral, si entendemos por tal cosa simplemente el "todo vale", es rechazable, el absolutismo nos introduce en no pocos problemas; esta postura absolutista, que está obviamente relacionada con el objetivismo, hace caer con frecuencia en el dogmatismo: se trata de una postura que considera correctos solo determinados valores, despreciando los de otras culturas, e imponiéndolos a los demás. La idea de que existan valores absolutos, independientes del ámbito humano, se antoja una fantasía "espiritual"; en cualquier caso, nadie tiene derecho a imponer unos determinados valores humanos a los demás, lo cual no nos introduce en ningún tipo de "relativismo" (postura más bien caricaturesca, que suelen invocar los partidarios de las religiones y de todo tipo de absolutismo).


En nuestra acervo cultural, está profundamente arraigada la idea de que es necesario un garante de lo absoluto para decidir lo que es bueno o malo (de ahí la necesidad para algunas personas de la creencia en un ser supremo). Sin embargo, la historia nos demuestra, por un lado, que los valores son mutables, y por otro, que esta discusión sobre la fuente de los valores es ya muy antigua, no siendo necesario trascender en cualquier caso el ámbito humano. Desde la Antigua Grecia hasta Kant, ha habido ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no absolutistas ni sobrenaturales. La moral kantiana, que se basa en la "obediencia a reglas", no es plenamente identificable con el absolutismo; lo que está detrás de la visión de Kant, más bien, es el deseo de la universalidad de los valores humanos. Es algo que también nos introduce en no pocos problemas, ya que no todo el mundo va a estar de acuerdo con según qué comportamientos (como es el caso de la moral sexual o del aborto); lo que parece claro a estas alturas es que la moral no tiene por qué ser absoluta, y ello a pesar de las continuas acusaciones de una relativismo mal entendido. Los llamados utilitaristas, que consideran la utilidad como principio moral, son objetos de no pocos ataques; y, sin embargo, pueden ser vistos de manera amplia como partidarios de una visión moral "consecuencinalista"; según este punto de vista, muy pragmático, se considera que la moralidad de una acción debe ser juzgada por sus consecuencias.

No todo absolutismo deriva de la religión, pero es francamente difícil defenderlo en otros terrenos. Si acaso, es el nacionalismo en la modernidad el que ha rivalizado con al religión en posturas absolutistas; recordemos de nuevo la frase de Luis Buñuel: "Dios y Patria son un equipo imbatible; baten todos los récords de la opresión y del derramamiento de sangre". Que se hayan realizado tantas barbaridades a lo largo de la historia en su nombre demuestra la irracionalidad de los principios absolutistas, la negación de las consecuencias de esos actos (que da la razón a una moral inmanente y pragmática) e incluso la debilidad de todos esos imperativos categóricos cuando se encuentran fundados en abstracciones. No negamos la complejidad del asunto, y nos adelantamos a las acusaciones de relativismo, pero consideramos que los principios morales se defienden mejor en un plano humano, no desde el absolutismo o la trascendencia.

Por lo tanto, al menos como punto de partida y sin intención de ser categóricos, podemos apostar por una ética utilitaria y consecuencialista, en el sentido de ser una ética laica, estrechamente vinculada a lo social y a lo político, ajena a los trascendente y capaz de favorecer el desarrollo de la humanidad. Los valores humanos no son reducibles a la ciencia, delegando en ella lo que es bueno o malo, ya que ello sería también una forma de objetivismo. Bertrand Russell, aunque mantuvo siempre cierta puerta abierta a la posibilidad del "conocimiento ético", evolucionó hacia posturas que podemos denominar emotivistas; esto es, cuando decimos que algo tiene "valor", que es bueno, estamos dando expresión a nuestras propias emociones y no a un hecho que seguiría siendo cierto cuando nuestros sentimientos personales fueran distintos. Esta postura, obviamente subjetivista, no cae en el relativismo; a pesar de la imposibilidad de presentar un conjunto de proposiciones verdaderas sobre el bien con mayúsculas, existe la permanente aspiración de elevar nuestros deseos al interés de toda la humanidad. De esta manera, los valores está fuertemente relacionados con la política, ya que el individuo puede realizar el intento de que sus deseos se convierten en los de la colectividad si ello supone la mejora para el grupo. Así, al filósofo que expresa los más nobles sentimientos sobre la verdad, la bondad o la belleza no le parece solo estar expresando sus propios deseos, sino también estar señalando el camino para toda la humanidad ; a diferencia del que expresa deseos mezquinos, puede creer que sus deseos tiene un valor también impersonal.

De esta manera, la ética queda vinculada a la política cuando trasciende el ámbito de lo personal y consigue que su valores sean considerados buenos por la sociedad: desde este punto de vista, los valores personales son susceptibles ser universalizables u objetivables. No obstante, nos movemos en el terreno de los valores subjetivos, ya que es francamente difícil decidir si algo tiene un valor intrínseco o si existe una verdad objetiva. Para los absolutistas, se trata de una conclusión catastrófica, pero intentaremos demostrar lo contrario y fortalecer la posibilidad de transformar la realidad desde un punto de vista ético; apelando a valores objetivos, o no, poco vamos a conseguir para que las personas cambien su ética; en cambio, influyendo en sus deseos si puede ser posible cambiar su conducta. En otras palabras, sean los valores objetivos o no, podemos hacer mucho más para transformar el mundo influyendo en los deseos de la gente. Russell quiso aclarar, ante las acusaciones de irracionalismo, que un deseo no es en sí mismo racional o irracional; "razón" posee un significado preciso y claro, tiene que ver con la elección de los medios adecuados para lograr un fin que se desea alcanzar, pero no tiene nada que ver con la elección de los fines.

¿Qué podemos decir de la fraternidad, o solidaridad, tan del "deseo" de los anarquistas? Como concepto abstracto, la solidaridad puede presentar no pocas dificultades, pero como expresión de deseo individual se nos aparece como una aspiración libertaria legítimamente universalizable. La moral libertaria no está fundada en nada más allá de lo humano, en ninguna moral absolutista ni aun objetiva, sino en el deseo y las aspiraciones del individuo concreto y en los de las sociedades que ha creado, permanentemente susceptibles de mejora. Apelando a los deseos de los individuos, en los cuales se fundan los valores humanos a nivel personal y colectivo, es posible poner en cuestión los valores tradicionales y construir una nueva realidad en base a la solidaridad, es decir, en el reconocimiento en el otro y en sus propios deseos.

martes, 2 de diciembre de 2014

El ateísmo contemporáneo y su relación con los valores humanos

Como continuación de la entrada anterior, repasamos algunas de las visiones contemporáneas sobre la moral y la conciencia, desde posiciones abiertamente contrarios al pensamiento religioso y sobrenatural.

Richard Dawkins, biólogo considerado neodarwinista, considera que nobles impulsos como la amabilidad, el altruismo o la empatía se originan en el cerebro y se dirigen en primer lugar hacia la familia cercana, pero pueden extenderse como regla general. No profundizaremos aquí en la visión genética de Dawkins, no uniforme en el mundo científico y denunciada en ocasiones como biológicamente determinista, pero insistiremos en este autor por su prestigio y conocido ateísmo combativo. Derivar nuestro sentido de lo correcto o lo incorrecto de nuestro pasado evolutivo, conlleva ciertas dificultades al ser difícil comprender sentimientos como la compasión desde el punto de vista de la selección natural. Sean cuales fueren las reglas de la evolución, altruistas o competitivas, no es posible hablar simplemente de determinismo biológico, ya que se filtran a través de la influencia de lo que llamamos civilización, con sus tradiciones, leyes y costumbres. Como modo de mejorar la conciencia, Dawkins considera que la ciencia y la evolución, incluso con sus lagunas, resultan mucho más adecuadas para mejorarla que el pensamiento religioso y elude la posibilidad de fantasear con nuestros miedos y necesidades. Frente a los que asocian, necesariamente, el sentimiento religioso a la condición humana, ya que parece manifestarse de un modo u otro, habría que insistir en lo saludable de la independencia mental. Una comprensión adecuada del mundo real puede asumir el mismo rol inspirativo que, tradicionalmente y de manera distorsionadora, ha asumido la religión.
Desde la Antigua Grecia hasta Kant, hubo ya muchos intentos de derivar la moral de fuentes no religiosas. De hecho, tal como señala Dawkins, los imperativos categóricos de Kant se fundan en el deber, por el bien del deber, apartando a Dios, lo cual ha supuesto que se haya pensado que el filósofo alemán, aunque no pudiera admitirlo en la sociedad de su tiempo, era en realidad ateo. La universalidad de los principios morales, que es lo que está también detrás de los imperativos kantianos, es válida en algunos casos, pero plantea problemas en otros, ya que no todo el mundo estará de acuerdo en según qué comportamientos. En el caso de la moral de tipo kantiano, no tiene que ser una visión plenamente identificable con el absolutismo moral, puede hablarse de "deontología" o "ciencia del deber", es decir "obediencia a reglas". Entre las visiones morales modernas, están además los llamados "consecuencialistas", más pragmáticos, según los cuales la moralidad de una acción debe juzgarse por sus consecuencias (los utilitaristas, a menudo mal entendidos también, pueden considerarse como un tipo de consecuencialistas). Como afirma Richard Dawkins, no todo absolutismo deriva de la religión, pero es muy difícil defenderlo en otros campos.

Si la moral originada en las religiones es siempre exclusivista y totalizante, exigiendo además obediencia a los creyentes, una moral capaz de mejorar la vida y de facilitar el desarrollo, incluso con aspiración de ser universal, no necesita de orígenes divinos y todo ser humano puede comprenderla en mayor o en menor medida sin acudir a ninguna "verdad revelada". Es más, desde el ateísmo se ha criticado la moral religiosa, siempre absolutista, entendida como una verdad con mayúsculas, cuando en su nombre se han producido los mayores crímenes a lo largo de la historia; el ateo siempre considerará la moral religiosa como sospechosa, ya que detrás se encuentra la imposición y las mayores aberraciones hacia los no creyentes, por lo que acaba convirtiéndose en un instrumento de poder. Frente a los que consideran que una moral sin Dios no puede darse, la lógica hace pensar que la humanidad, en los albores de su existencia, empezó a dar contenido a las normas morales y potenció así los instintos constructivos del ser humano; en caso contrario, no habríamos llegado hasta aquí. Con el devenir de la historia, la idea de Dios se fue haciendo innecesaria, por lo que una ética puramente humana, basada en la convivencia social, la justicia y la fraternidad, enemiga de todo dogmatismo, puede exigir un mayor compromismo con lo real. La creencia religiosa surge de debilidades y angustias humanas, muy comprensibles, pero son infinitamente más aceptables  una incredulidad fundada en el esfuerzo por buscar la verdad, sin engaño alguno, y una moral fraterna, sin excusas sobrenaturales ni trascendentes. En esta línea, hay que recordar a Bertrand Russell cuando habla igualmente de renunciar al dogmatismo y adoptar la duda racional en todo ámbito humano; desde su punto de vista, ello ayudaría a erradicar los grandes males del mundo, ya que sin posiciones absolutistas resulta francamente difícil no considerar la gran responsabilidad que tenemos con el prójimo.

Otro ateo que ha tenido gran popularidad en los últimos años, el recientemente fallecido Christopher Hitchens, considera que el desarrollo del pensamiento ha supuesto que la humanidad se vaya apartando de toda verdad revelada y toda fe dogmática; desde este punto de vista, la razón, la conciencia y la moral solo pueden ser innatas en el ser humano, susceptibles de ser perfeccionadas o deterioradas y no es necesario apoyarse en ninguna explicación espiritual o metafísica. Desde su ateísmo combativo, Hitchens presenta varias e importantes objeciones al pensamiento religioso: distorsión cognitiva sobre el conocimiento y la razón, servilismo, solipsismo, represión sexual... recogiendo la herencia de Freud, considera que las creencias de los hombres estás sustentadas en última instancia en ilusiones, respuestas a sus necesidades y deseos más apremiantes. Tal vez la ciencia y la razón no resultan suficientes para establecer valores, pero sí son necesarias, por lo que hay que desconfiar de toda aquella doctrina que las reduzca; el intelecto y la moral se potencian gracias al conocimiento y la creatividad humanas, por lo que se identifica aquí ateísmo con una libertad plena para la indagación.
El filósofo André Comte-Sponville, en otra interesante obra sobre el ateísmo de reciente edición denominada El alma del ateísmo, nos propone un punto de vista diferente sobre los valores humanos. Su ateísmo lo funda en lo que denomina "fidelidad", usando una palabra con la misma etimología que la palabra "fe", a unos valores judeocristianos de larga tradición; su falta de creencia en Dios no le impide abrazar la moral fundada en la religión y considerar su importancia como elemento de cohesión en la sociedad. El temor de Comte-Sponville está en que la falta de creencia desemboque en el nihilismo, algo que él considera sinónimo de barbarie; su deseo parece ser fiel a dos polos: los valores religiosos tradicionales y el proyecto modernizador de la Ilustración. En este sentido, el filósofo francés se aparta del nuevo ateísmo de Dawkins y Hitchens, y especialmente de la tendencia posmoderna de Michel Onfray, que parte de Nietzsche para considerar que es precisamente el ateísmo el que nos proporciona la salida del nihilismo radicalizando e innovando los postulados de la Ilustración. El ateísmo de Onfray apuesta por una razón decididamente antirreligiosa y antimetafísica, que impida a los seres humanos caer en la tranquilidad existencial y el infantilismo mental permanente; el estilo directo e incendiario de este autor le lleva a considerar que el ser humano tiene una inclinación hacia la credulidad y la ceguera, por lo que las dificultades de la vida le empujan a las fábulas y los mitos.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Manifiesto humanista

El primer humanismo nace en la Antigüedad, no solo entre los filósofos y poetas de las sociedades griega y romana, también se vislumbra en la China de Confucio o en el movimiento Charvaka de la India. Un humanismo plenamente identificado con la modernidad eclosiona durante el Renacimiento, donde se dan importantes aportes para el avance científico, y será a partir de la Ilustración donde nacen nuevos valores democráticos y de justicia social. Así, el humanismo moderno ha contribuido a edificar una nueva perspectiva ética donde son primordiales los valores de la libertad y la felicidad, así como los derechos humanos de carácter universal.

Son cuatro los grandes manifiestos y Declaraciones humanistas emitidos durante el pasado siglo XX: el Manifiesto Humanista I, El Manifiesto Humanista II, La Declaración Humanista Secular y la Declaración de Interdependencia; el quinto gran documento aparece ya cuando se apaga el siglo con el nombre de Manifiesto Humanista 2000. Sus firmantes tenían el propósito de aportar soluciones a los problemas que encaraba la humanidad a las puertas del siglo XXI; el Manifiesto conllevaba una intención abiertamente renovadora en el pensamiento, algo que debe ser siempre el sello distintivo del humanismo, y se presenta como un documento susceptible de ser continuamente revisado. 
 El Manifiesto Humanista I apareció en 1933, poco después de la gran depresión económica. Su firmantes fueron 34 autores americanos, entre ellos el filósofo John Dewey, y recomendaba un tipo de humanismo religioso no teísta como alternativa a las grandes religiones organizadas; en el campo económico, apostaba por una planificación nacional y social. El contexto donde aparece el Manifiesto Humanista II (1973) es de la revolución sexual y la lucha por los derechos civiles; este documento suscitó un amplio debate en el que autores de diversas ideologías saludaron la profundización en los valores democráticos y la defensa de los derechos humanos; a nivel económico, y a pesar de existir partidarios del libre mercado en la firma del manifiesto, se pretendía llevar también la democracia a este ámbito y procurar una economía que beneficiara realmente al conjunto de la sociedad. Es en 1980 cuando aparece la Declaración del Humanismo Secular, publicada por el Consejo para el Humanismo Laico fundado por Paul Kurtz; en este nuevo documento existe ya un espíritu antiautoritario y contrario a las creencias sobrenaturales; se pone énfasis en el uso de la razón y de la investigación científica, así como en la libertad individual, los valores humanos, la diversidad y la cooperación. Todavía aparecerá un nuevo documento, en 1988, llamado Declaración de Interdependencia, en el que se realiza un llamamiento a favor de una ética global de cara a los grandes cambios que se estaban produciendo en el mundo.

Será ya cuando acaba el siglo cuando se ve necesario un nuevo Manifiesto en un contexto de grandes transformaciones globales. A pesar de existir los medios, gracias a la ciencia y la tecnología, para mejorar la vida, la felicidad y la libertad de todos los seres humanos, la realidad es muy distinta: gran parte de las personas del planeta sigue pasando una necesidad intolerable; el crecimiento progresivo de la población resulta alarmante de cara a la explotación de los recursos; los problemas medioambientales siguen siendo muy graves; la desigualdad entre los países, y también entre clases en el seno del mundo desarrollado, es inadmisible; graves enfermedades no terminan por erradicarse e incluso se revitalizan; los enfrentamientos por cuestiones nacionales, étnicas o religiosos continúan… Este análisis, con mayor amplitud, está presente en el Manifiesto del año 1999, y eso unos años antes de una nueva y grave crisis económica que ha hecho cuestionar aún más el dogma del libre mercado. Los propósitos del documento pasan por el uso de la inteligencia crítica y por un esfuerzo cooperativo para solucionar los problemas sociales y para mejorar las condición humana. Lo que se denuncia también es la existencia de tendencias contrarias a la ciencia y a la modernidad de origen místico o religioso y de moral tradicional o conservadora; a pesar de ello, se deja muy claro que se apuesta por la multiculturalidad y por la diversidad de todo tipo, pero negando el aislamiento y aportando soluciones sólidas y reales. El Manifiesto arremete también contra el movimiento filosófico de la posmordenidad, por negar la objetividad de la ciencia y cuestionar los valores modernos; se considera que hay una considerable carga mística también en la corriente posmoderna y apuesta por la ciencia como herramienta universal para que se expresen todos los seres humanos al margen de su contexto cultural.


Naturalismo científico e innovación tecnológica
El nuevo Manifiesto Humanista tiene un fuerte compromiso con el naturalismo científico, ya que considera que es una herramienta que capacita a los seres humanos para construir una visión coherente del mundo, fundamentada sólidamente en el conocimiento y capaz de superar las viejas herencias metafísicas y teológicas. Se cree que los métodos de las ciencias son los más fidedignos encontrados para incrementar el conocimiento y para tratar de resolver los problemas humanos. Es necesario extender dichos métodos científicos a otros ámbitos humanos y acabar con las restricciones en la investigación, exceptuando por supuesto si ello vulnera los derechos de las personas. El naturalismo científico se basa en un materialismo no reduccionista, ya que se considera que los procesos y sucesos naturales están mejor documentados cuando van referidos a causas materiales. Esta visión no niega la necesidad de contemplar y apreciar las diversas expresiones culturales y morales de la existencia humana. En definitiva, se aboga por una madurez en la humanidad dejando atrás todo pensamiento mágico y mitológico, siendo sustituidos por un conocimiento de las leyes naturales bien fundamentado.

Los humanistas, aunque puedan parecer a priori demasiado optimistas sobre la aplicación tecnológica, no niegan los graves problemas que ello ha conllevado. Ha sido así debido a que dichas aplicaciones tecnológicas, con gran frecuencia, ha estado determinadas por consideraciones económicas y por usos políticos y militares.
De cara al bienestar humano, se proclaman los siguientes puntos:
-Se critica cualquier esfuerzo para limitar la investigación tecnológica, para censurarla o restringirla de cualquier manera.
-Se sostiene que la mejor manera de tratar todo lo relacionado con la aplicación tecnológica es el debate bien informado, y no la apelación a dogmas absolutistas o a consignas emocionales.
-Es necesario desarrollar innovaciones tecnológicas que satisfagan las necesidades y los objetivos humanos, y hacerlo con sabiduría y humanismo.
-Hay que favorecer las innovaciones tecnológicas que reduzcan al máximo los impactos sobre el medio ambiente.
-Debe favorecerse la propagación de tecnologías intermedias para ser utilizadas por los más desfavorecidos.

Ética y razón
En la cosmovisión humanista, resulta primordial la realización de los más elevados valores éticos; se considera que el aumento del conocimiento científico capacitará a los seres humanos para tomar elecciones más prudentes. Los humanistas, durante la historia de la humanidad, han aportado sólidos fundamentos seculares para la acción moral; es por eso que se niega que la piedad religiosa sea el único garante de la virtud moral. La sociedad debe acoger la coexistencia de una amplia pluralidad de valores morales. En cuanto a la ética humanista, no necesita premisas religiosas o teológicas y se basa en elecciones respecto a los intereses, aspiraciones, necesidades y valores humanos.
Repasamos a continuación los principios clave de la ética humanista:
-El valor central es la dignidad y la autonomía del individuo; se debe maximizar la libertad de elección: libertad de pensamiento y conciencia, el libre pensamiento y la libre investigación.
-La libertad a la que apelan los humanistas debe ser ejercitada con responsabilidad.
-Se defiende una ética de la excelencia basada en la capacidad de elegir libremente, la creatividad, el gusto estético, la prudencia en las motivaciones, la racionalidad y en cierta obligación para desarrollar el talento de cada uno.
-El humanismo conlleva responsabilidad con los demás, altruismo y solidaridad.
-Se insiste en la necesidad de proporcionar educación moral a niños y jóvenes.
-Se recomienza la razón como herramienta para fundamentar juicios éticos; los principios y valores humanos pueden justificarse mejor a la luz de la investigación reflexiva.
-Se acepta la importancia de la herencia moral del pasado, pero se intenta siempre desarrollar nuevas soluciones para los dilemas morales.
-Se aboga por el respeto a una ética de principios, por lo que el fin nunca justifica los medios; se denuncian las ideologías y sistemas políticos que, con fervor religioso, utilizaron los peores medios para un supuesto bien mayor.

El Manifiesto Humanista supone, como ya se visto en muchos puntos, un compromiso con el bienestar de la humanidad en su conjunto en aras de un mundo mejor y más seguro con un fuerte compromiso ético. Para ello, se establecen una serie de derechos y responsabilidades, como es la obligación de un esfuerzo auténtico para acabar con la pobreza y la desnutrición, para que las personas de cualquier parte del mundo cubran sus necesidades primordiales; asimismo, la educación y el enriquecimiento cultural deben ser una conquista universal. A nivel político, aunque los firmantes del manifiesto son obviamente progresistas, pueden existir diferentes sensibilidades ideológicas; sea como fuere, un espíritu libertario está presente en el documento cuando se pide sustituir los estados soberanos que forman las Naciones Unidas por una asamblea formada por los diversos pueblos; por supuesto, en esa visión debe darse una maximación de la autonomía, la descentralización y la libertad para cada grupo local de cada parte del mundo. Existe también una fuerte denuncia de un sistema económico basado en los oligopolios; uno de los problemas de acceso al conocimiento es la difusión de cualquier falacia seudocientífica por parte de los medios si ello supone rentabilidad económica.
Existe un gran optimismo en los firmantes del manifiesto, pero tratando de marcar una vía concreta para los problemas de la humanidad, y apelando a la voluntad y responsabilidad para lograr una vida mejor. Para ello, se rechaza cualquier visión trascendentalista que abandone la razón y la libertad, ya que los seres humanos solo pueden mirar hacia sí mismos para obtener la salvación. Se apela al cosmopolitismo y a la fraternidad universal, ya que todos formamos una gran familia humana a través de nuestra diversidad y de la pluralidad de nuestras tradiciones.

Enlaces de interés:
Manifiesto Humanista 2000 (texto íntegro)
"El humanismo secular"
"Lo importante de un humanismo laico" 
"Sobre el humanismo y su plena interpretación"

martes, 3 de junio de 2014

La moralidad apartada de la religión

Aunque parezca algo increíble a estas alturas, todavía hay mucha gente que cree que necesitamos la religión (y no hablo solo de los creyentes) para tener alguna concepción de la moralidad. Sin pretender ser categórico, me da la impresión que suele ser al contrario, la creencia religiosa suele ir acompañada de una profunda intolerancia hacia lo que le es ajeno. En cualquier caso, como lo más importante, hay que concluir que las consideraciones morales no suelen tener mucho que ver con la religión ni, y esto es lo más importante, proceden de ningún factor sobrenatural.

Richard Dawkins, en El espejismo de Dios, menciona varias obras como fuente al afirmar que nuestro sentido de lo correcto y de lo incorrecto podría derivar de nuestro pasado darwinista. A primera vista, esto pueda parecer dificultoso, el tratar de comprender sentimientos como la compasión desde el punto de vista de la selección natural. El darwinismo explica que la unidad en la jerarquía de la vida que sobrevive y supera el filtro de la selección natural tiende a ser egoísta. Esa unidad de selección natural no es el organismo, ni el grupo o la especie, es lo que Dawkins llama el "gen egoísta", la única entidad que resulta adecuada al adoptar la forma de información y sobrevivir, o no, durante muchas generaciones.

Los genes, para asegurar su propia supervivencia, influyen sobre los organismos individuales. Existen circunstancias en las que los genes promueven comportamientos altruistas en los individuos, como es el caso del cuidado de los parientes cercanos. Este caso, al que puede denominarse "altruismo familiar", es uno de ellos; otro más extenso, parece cercano al "apoyo mutuo" de Kropotkin (no mencionado, sorprendentemente, por Dawkins). Se trata del "altruismo recíproco", y se menciona a Robert Trivers como el introductor en la biología evolutiva, y recibe el nombre de "simbiosis" cuando hablamos de especies diferentes: la asimetría en las necesidades y capacidades origina un trato (en la naturaleza y en las sociedades humanas). Insisto, la teoría de Trivers parece una puesta al día de una tradición que se remonta a Kropotkin, según la cual los individuos, de igual o diferente especie, se ayudan unos a otros porque así consiguen beneficios a largo plazo. La selección natural favorece los genes que predisponen a los individuos, en los casos de la mencionada asimetría natural, para otorgar cuando son capaces y para pedir cuando no lo son. Del mismo modo, también favorecen las tendencias a recordar obligaciones, a generar resentimientos, a procurar el orden en las relaciones de intercambio y a castigar a los tramposos que toman pero no dan en su turno.

Por lo tanto, en el mundo darwinista existen el parentesco y la reciprocidad como pilares similares del altruismo, aunque se dan otras estructuras secundarias. Especialmente en la sociedad humana, existen la reputación, buena o mala de un individuo, y el poder del lenguaje. Los biólogos reconocen el valor en la supervivencia de, no solo de ser bueno, sino de tener una buena reputación al respecto. Otros expertos mencionan un cuarto factor altruista en la evolución, que consiste en ganar publicidad favorable gracias a una dosis adicional de comportamiento generoso (generosidad conspicua). Desde la Prehistoria, es posible que el modo de vida de los humanos haya favorecido el desarrollo de estos cuatros factores altruistas: el entorno familiar, la extensión hacia otros individuos no parientes, la búsqueda de una buena reputación y la llamada generosidad conspicua. Por ejemplo, aunque no siempre la realidad de la sociedad actual favorezca esa visión debido a otros factores, es fácil ver como hombre primitivo  a aquel que solo favorece a su familia y se muestra hostil hacia los extraños.

No obstante, hay que aclarar algo sobre la selección natural. Ésta, no favorece la evolución de una conciencia cognitiva sobre la moralidad para nuestros genes, sino la de una regla general, la cual funciona en la práctica para promocionar a los genes que la han generado. Los impulsos producto de la presión darwinista, como puede ser la procreación como razón para el deseo sexual, son independientes de este mismo deseo. Es decir, el conocimiento de una planificación familiar no reduce en absoluto la fuerza del impulso del deseo sexual. Eso mismo puede ocurrir cuando hablamos de impulsos como la amabilidad, el altruismo o la empatía, los cuales podrían manifestarse primariamente en el cerebro solo hacia la familia cercana, pero que pueden extenderse como regla general. Estos impulsos, que acaban trasngrediendo la lógica de la selección natural, pueden considerarse "errores" en el darwinismo (algo que se menciona científicamente, sin ninguna intención peyorativa), pero son grandes y preciosos "errores" que nos hacen humanos. Hay que tener siempre en cuenta que estas reglas de la evolución (ya sean altruistas o beligerantes), que nos siguen influyendo hoy en día, son filtradas a través de la influencia de la llamada civilización, con sus tradiciones, leyes o costumbres (entre las que se encuentra, por supuesto, solo como una más, la religión).