viernes, 26 de enero de 2018

Religión y jeraquía social

Entre las múltiples críticas que realizamos a la religión, desde una perspectiva libertaria (y entendemos este término como estrechamente vinculado al librepensamiento y a la emancipación social e individual), está la legitimación que supone de las jerarquías.

Aunque esta visión requiere matizaciones, y solo alcanza su plena expresión con el monoteísmo, podemos considerar que la idea de que "todo el poder viene de Dios" alcanza un reflejo en un orden social rígidamente jerarquizado. Las cosmogonías religiosas determinan también las estructuras sociales. No es posible que existan personas autónomas en el pensamiento religioso, y sí "fieles", "súbditos", "ovejas" (parte de un rebaño) o toda suerte de miembros de un grupo subordinados a un jerarca o a una tradición. A pesar de su cambio de estrategia ante los nuevos tiempos, máxime ahora con un nuevo pontífice aparentemente progresista, el objetivo de la Iglesia siempre ha estado en obtener el poder absoluto, presuntamente establecido por la máxima figura de la divinidad. Incluso, algo tan obvio en el transcurrir de los tiempos como es la visión laica, la separación entre Iglesia y Estado, es un evidente peligro para el poder religioso (y una falacia en la práctica, ya que se prima en tantos países la confesión católica). Aunque el poder político, concretado en alguna forma de Estado, posee el mismo peligro, en el caso de las estructuras ecleasiásticas es más evidente la imposibilidad de opinar sobre sus leyes, siendo necesaria una clase mediadora capaz de interpretar la "legítima" e "infalible" voluntad divina.

sábado, 20 de enero de 2018

Sobre la construcción dinámica de la identidad personal

La construcción de la identidad personal, en contra de toda identidad estática y colectiva, debe tener en cuenta la diversidad y complejidad de lo social; debe ser un proceso dinámico y en constante revisión de toda idea preestablecida, lo cual supone el rechazo del dogmatismo y un permanente sentido crítico de la realidad

Cuando hablamos de identidad personal, nos referimos a la "individualidad", que hay que diferenciar del individualismo o atomización imperante en las sociedades contemporáneas, insolidario e incapaz de una auténtica conciencia social. Es decir, un individualismo rechazable, que lo relega todo a la subjetividad, obviando los conflictos sociales que están detrás de tantos problemas. No es de extrañar que gran parte de las personas corran a abrazar viejas o nuevas formas de religiosidad, o todo tipo de creencias, que prometen la "curación" o "salvación" personal. Desde nuestro punto de vista, en esta cuestión se encuentra el origen de una profunda distorsión de la "espiritualidad" o, para que nos entendamos mejor, de la manera de entender los valores humanos. Pero, volvamos a la cuestión de la identidad. Esta, entendida como una proceso de individuación, debería ser auténticamente humanizadora y emancipadora, por lo que es necesario un proceso educativo que haga que la persona se implique en la construcción social y cultural de su personalidad. De forma paulatina, vamos construyendo nuestra identidad personal mediante múltiples interacciones con los demás en contextos que deben ser complejos y plurales; por lo tanto, no se trata de un proceso con un principio y un final, sino dinámico, constantemente estimulado para la innovación. De lo contrario, no es de extrañar que las personas caigan en el estatismo y la alienación, volvemos de nuevo a las creencias en algo permanente, no sujeto a crítica, con la cual nuestra propia identidad se convierte en algo inamovible. No resulta extraño el enfado monumental de ciertas personas, cuando criticas sus creencias dogmáticas, ya que al hacerlo estás cuestionando indirectamente su propia identidad sagrada e inmutable.

martes, 2 de enero de 2018

Fomentar el pensamiento crítico

Los que me conocen, ya saben que soy un pertinaz, testarudo y acérrimo defensor del pensamiento crítico (y, ojo, también autocrítico, no existe uno sin el otro), considero su falta uno de los grandes problemas de la sociedad, por lo que procuro no dejar nunca de fomentarlo. A poco que se indague, pueden encontrarse fácilmente diversos puntos que ayudan a nuestros hijos, en fase educacional, a tener un pensamiento crítico, profundo e independiente.

La verdadera cuestión, no es solo si los chavales pueden ser educados en el pensamiento crítico, es si la mayor parte de los adultos lo tiene y la respuesta parece ser negativa. Una obviedad, la educación de un ser humano no se limita a ciertos años, sino que se extiende a lo largo de toda una vida. Esto es así porque la independencia de criterio y la autonomía (por otra parte, como toda forma de utopía personal y colectiva) es algo a perseguir constantemente, sin que se alcance nunca, ya que jamás el conocimiento, como la verdad, es absoluto.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Sugerencias para la enseñanza del pensamiento crítico

Robert H. Ennis es un filósofo de la educación que define el pensamiento crítico como reflexivo y razonable, y centrado en lo que la persona pueda decidir hacer o creer; es un pensamiento reflexivo porque analiza resultados y situaciones, y es razonable al predominar la razón sobre otras dimensiones del pensamiento.
Echemos un vistazo a lo que nos aconseja Ennis en la educación del pensamiento crítico.


1.- A lo largo de todo el proceso, dar énfasis a la agilidad para la búsqueda de alternativas (hipótesis alternativas, conclusiones, explicaciones, fuentes de evidencia, puntos de vista, planes).

2.- Poner de relieve la búsqueda de razones y evidencias. Preguntar frecuentemente "¿por qué?" de un modo no amenazante (tanto si estás de acuerdo con los alumnos como si no y, por supuesto, cuando estás inseguro) o estás intentando averiguar qué es lo que quieren decir. Otra buena pregunta es "podrías decir algo más?". Preguntar "¿por qué?", aunque es el modo más conciso de descubrir los motivos, es a veces amenazador.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Religión, anarquismo y posmodernidad

 ¿Qué hay de cierto en lo que aseguran los pensadores posmodernos? La posmodernidad se caracteriza por la crítica a cualquier discurso totalizante, algo que debería poner en cuestión a las religiones y a todo tipo de dogmatismo. Lejos de esto, lo que llaman "época posmoderna" ha abierto la puerta a toda suerte de creencias espirituales y pseudocientíficas. ¿Existe algo llamado "anarquismo" posmoderno? Defendemos que las ideas libertarias, con su huida de toda solución definitiva y de toda trascendencia, y con su convicción en la transformación de la vida para abrir nuevas posibilidades inmanentes, han sido la excepción entre las corrientes surgidas en la modernidad

La llamada posmodernidad ha aumentado la sospecha sobre la razón, que ya iniciaron otros autores en los dos últimos siglos. El cuestionamiento del racionalismo moderno ha desembocado, en gran medida, en un abierto desencanto de la razón. Si se llegó a confiar en la existencia de un "mundo verdadero", por encima de las meras experiencias, en una realidad última o fundamento, ahora los posmodernos consideran que solo es posible un "pensamiento débil" que conduce al relativismo. Lo paradójico es que la religión, que se afana también en la búsqueda de esa "realidad última", de un absoluto, debería ser lo más opuesto a los rasgos que presenta la posmodernidad. Lyotard, autor en los años 70 de conocidos ensayos sobre la posmodernidad, consideró que los relatos religiosos configuran la visión del mundo, es decir, lo que puede decirse dentro de una determinada cultura; así, la religión supondría también uno de esos grandes discursos o metarrelatos denunciables por la posmodernidad. Sin embargo, al denunciar también la razón como constructora de la realidad, al considerarla también como un "absoluto", se produce cierto respeto por el misterio presente en la inescrutable pluralidad de lo real y se prima la experiencia sobre el conocimiento para abordar las grandes cuestiones de la vida.

jueves, 9 de noviembre de 2017

La cultura religiosa, beneficiosa o no

Vamos a lanzar unas cuentas reflexiones sobre la creencia religiosa y el ateísmo: si es sostenible intelectualmente una posición atea, realizamos un análisis de la religiosidad como parte de una cultura autoritaria, y evaluamos si la religión beneficia a la sociedad. En primer lugar, algo obvio, reside en el creyente la llamada "carga de prueba", es decir, tiene la obligación de estar dispuesto a demostrar la veracidad de su proposición (naturalmente, cuanto más insólita es la proposición, más pesada resulta la carga de prueba, ya que el que recibe la propuesta necesitará un mayor esfuerzo).

La persona crítica que recibe la proposición del creyente tendrá que realizar en primer lugar una suspensión de juicio, deberá indagar, examinar los hechos concretos del caso, la claridad del razonamiento, las consecuencias derivadas de la razón, las evidencias a favor o en contra de una u otra postura, los motivos de la persona que propone... Lo que se dice es que la proposición de que el "concepto clásico de Dios" (y aquí se enumeran una serie de atributos, como el hecho de una cosmovisión basada en la creación de este supuesto ser) sea real resulta extraordinaria, por lo que el proponente debe valorar la veracidad y objetividad como en el caso de cualquier otra propuesta de ese calibre. Por supuesto, si una posición resulta insostenible o infundada, es mejor abandonarla antes de que se convierta en incongruente. Desde este punto de vista intelectual, un universo sin dioses resulta teóricamente más eficiente y más probable en la práctica, por lo que la posición atea es claramente sostenible. Incluso, si se pretende justificar la creencia debilitando los criterios hasta un punto que resulta impráctico, es posible así justificar cualquier creencia mística. Desde este punto de vista, y para ser consecuente, habría que creer en todos los dioses (y en conceptos similares no sujetos a examen crítico, ya que el asunto se extiende a otros ámbitos) o en ninguno.

sábado, 28 de octubre de 2017

La evolución del librepensamiento

Parece ser que el término "librepensador" puede tomarse de dos maneras, una en sentido amplio y otra en concreto. Según el primero, puede llamarse librepensadores a todos aquellos que no se adhieren a un dogma dado. En ese sentido, pueden serlo tanto los libertinos como los libertarios, pero también, ojo, los deístas (aquellos que quieren creer en un dios creador, pero niegan su culto, revelación o intervencionismo).

En sentido estricto, atendiendo entonces a la historia, los librepensadores son una serie de autores ingleses del siglo XVIII caracterizados por el racionalismo (según la época de la Ilustración), la tolerancia religiosa, la defensa del mencionado deísmo y de la religión natural y, en algunos casos, por el materialismo y el ateísmo más o menos explícitos. El primero en merecer ese calificativo pudo ser John Toland, deísta y opositor a todo lo sobrenatural en el cristianismo y en la religión en general. La manera que tenía de entender la "religión natural" era como una racionalización de la creencia religiosa y una especie de síntesis de todas las existentes; parece ser que al final de su vida derivó hacia posiciones materialistas y panteístas, eliminando todo carácter positivo de la religión y propugnando un nuevo culto basado en la fraternidad humana y en la adoración de lo natural. Otro librepensador destacado de esa época fue Anthony Collins, enemigo del dogma, del fraude y de la superstición (que para él, también deísta, sería un camino para descubrir lo que habría de verdadero y razonable en las Escrituras), y partidario del libre examen para toda creencia y toda afirmación. Pero estos autores, a los que se puede considerar en la línea de otros anteriores al uso del término, por muy heterodoxos y "librepensadores" que les podamos considerar para su época, no dejaban de ser cristianos, creyentes que trataron de desprender a la religión de su apoyo político y otorgarle una justificación natural y ética.