La
crítica libertaria a cualquier estructura de dominación implica una
búsqueda amplia del campo de experimentación humana, contingente y no
trascendente, así como un cuestionamiento permanente de toda certeza
absoluta; especialmente, si se presenta con falaces máscaras de
emancipación. Albert Camus dijo: "pese a todo, hay que imaginar a un Sísifo feliz,
su recompensa no está en culminar la meta, sino en el propio esfuerzo
desplegado para caminar hacia una meta que sabe inalcanzable". Todo es
movimiento en la vida, flujo y reflujo, y deberíamos rechazar las
tramposas falacias de los "lugares de placidez". Deberíamos tener
presente, de manera constante y no necesariamente con un "programa"
apriorístico, ese "proyecto revolucionario" (por llamarlo de algún modo)
que implica una mejora constante en nuestras vidas y que se muestra en
permanente tensión ante lo instituido del mundo sociopolítico y ante las
certezas de todo pensamiento. Es el anarquismo, en su perfecta síntesis
entre sus orígenes modernos y su futuro posmoderno, el movimiento que
mejor asume la falta de asideros de esta época. Porque esa, en
principio, falta de seguridad y estado de confusión permanente que
supone la posmodernidad parece anular los postulados de la modernidad.
lunes, 5 de junio de 2017
martes, 30 de mayo de 2017
El anarquismo epistemológico
Todos acabamos conociendo personas a los que, parece, les ha ido bien
con según qué "terapias alternativas" y yo, que soy polemista por
naturaleza, repito una y otra vez mis argumentos sobre estas medicinas,
supuestamente sin base científica, y sobre las posibles causas de que
tengan algún éxito. Primero, y una vez más, quiero dejar claro que aquí
la expresión, la actitud y la conducta de cada uno son libres, allá cada cual en lo que decide confiar; lo digo porque este tipo de debates suscitan todo tipo
de reacciones, no siempre las adecuadas, y lo principal es que se pueda
discutir abiertamente sobre cualquier cosa. Mis tópicos sobre la falta
de legitimidad científica, sobre la sugestión, los efectos placebo y la
mezcla de disciplinas en las terapias (en las que la cuestión
"espiritual" y la fe del paciente, me da la impresión de que no carecen
de importancia en algunos casos) se enfrentan a las acusaciones, que
también son "lugares comunes", de dogmatismo y cerrazón, falta de
apertura a otras culturas y excesiva occidentalización.
jueves, 25 de mayo de 2017
Relativismo versus valores universales
El debate sobre el relativismo, que llega hasta nuestros días con religiosos y dogmáticos de todo pelaje tratando de imponer su absolutismo (ya sabes, un Bien y un Mal con mayúsculas, que parecen complementarse e intercambiarse a la perfección), se remonta a la Antigüedad. Ya los griegos, en el siglo V a.n.e., y principalmente gracias a los sofistas, se enfrentaron al hecho de que los valores no son eternos, ya que pierden fuerza según el contexto cultural. Los sofistas, a diferencia del platonismo, no apelan a trascendencia alguna y sí a lo social y lo político; son las personas, las integrantes de la sociedad, las que dan lugar a las leyes. Este relativismo sobre la ley se enfrenta a toda tradición fundada sobre lo sagrado, ya que es la asamblea popular la que decide cómo van a ser las cosas en una libre e igualitaria toma de decisiones. Por supuesto, las clases privilegiadas sabrían conciliar este relativismo o arbitrariedad con la ley con unos valores universales y eternos que aseguraran la existencia de la jerarquía y las diferencias sociales. Es una actitud, conservadora y elitista, que llega hasta nuestros días: por un lado, se acepta la existencia de diferentes pueblos y culturas, pero en todos ellos hay que acatar los valores universales y eternos de la organización política del Estado y de la sociedad jerarquizada. Es la hipocresía que sostiene por un lado ese relativismo cultural y la negación de toda abstracción, ya que el ser humano es concreto y particular, para acto seguido subordinarle a conceptos como Estado o Nación si nos ceñimos al terreno político.
martes, 9 de mayo de 2017
Reflexiones sobre el nihilismo
El término "nihilismo"
se utiliza, no pocas veces, aludiendo a la absoluta falta de principio moral o político. En un
sentido más profundo, tal vez el primer filósofo que utilizó el término
fuera William Hamilton, el cual consideró que el nihilismo es la
negación de la realidad sustancial. Hamilton consideró que Hume era un
nihilista, al negar que exista una realidad sustancial -o que, en
realidad, existan sustancias- y solo cabe sostener que se conocen
fenómenos. Desde este punto de vista, el nihilismo sería idéntico al
fenomenismo -el cual tiene, a su vez, diversas vertientes-. Este
nihilismo de Hamilton sería llamado posteriormente "nihilismo
epistemológico". Se diferencia del nihilismo moral -negación de que haya
principios morales básicos-, pero está tal vez muy emparentado con el
nihilismo metafísico -pura y simple negación de "la realidad"-. El
propio Hamilton aludió con frecuencia al sofista Gorgias de la
Antigüedad, según el cual no hay nada -y si hubiera algo, sería
incognoscible; y si fuera cognoscible, seria inexpresable, inefable o
incomunicable-. También se ha mencionado al escéptico Pirrón a propósito
del nihilismo; aquí nos detenemos con atención, cuando se equipara muy a
menudo nihilismo y escepticismo radical y se considera que ambos
apuestan por una especie de universal "negacionismo". El escepticismo se
ha manifestado muchas veces como duda de que haya nada permanente en el
movimiento y en el cambio, mientras que el nihilismo se ha entendido
como la afirmación de que todo cambia continuamente y de que todo varía
en función del sujeto.
sábado, 29 de abril de 2017
Rasgos y actitudes en creyentes y no creyentes
En una entrada reciente, hablamos en este blog de los estudios que demuestran que las sociedades con mejores indicadores de bienestar son las que reportan mayores índices de ateísmo. A nuestro modo de ver, y estamos lejos de pretender ser imparciales (sin sarcasmo), no es algo para nada sorprendente. Es decir, es perfectamente lógico que las personas con mayores inseguridades en el mundo material (el único realmente existente, en nuestra humilde opinión), acudan a toda suerte de seguridades ultraterrenas. Es por eso que, lo que sí sorprende, es la actitud de algunos medios y personas asombrándose por algo que, al menos, está razonado desde hace un par de siglos. Ahora, vemos, que también está evidenciado. Analicemos, por su indudable interés, y sin ningún ánimo estrictamente científico, algunos de los puntos que muestran estos estudios de la Universidad de Rochester.
jueves, 20 de abril de 2017
Tasas de ateos y creyentes
Diversos estudios, como los del sociólogo Phil Zuckerman, establecen
una relación entre el progreso de una sociedad y su tendencia a la
irreligiosidad o el ateísmo. Es decir, en aquellas comunidades donde
existe una aceptable distribución de alimentos, una sanidad pública
aceptable y un acceso a una vivienda digna la religiosidad disminuye.
Por el contrario, donde se dan las carencias más elementales, como en
países africanos, del Sudeste Asiático o de Sudamérica, no hay apenas
ateos y las personas se refugian en la religión. Recordemos el texto de
Marx, que alude a la religión como "el alivio de los afligidos"; con
algunas excepciones, la evidencia nos dice que, efectivamente, hay una
correlación elevada entre altos niveles de inseguridad, individual o
colectiva, y una alta tasa de descreimiento. Por supuesto, nos
adelantamos a las críticas y recordamos los regímenes totalitarios en
los que se han prohibido las creencias religiosas, y caracterizados
también por el fracaso económico y la falta de libertades. En estos
sistemas, por supuesto, hay que poner en cuestión las estadísticas de
ateos, marcadas por unas intolerables prohibición y represión. Por el
contrario, existe también teocracias en los que, obviamente, las
personas no son tampoco libres para pensar lo que deseen. Cuando
hablamos de ateísmo y creencia religiosa, realizamos el análisis de por
qué la gente adopta una u otra postura en un contexto con unas dosis
aceptables de libertad de conciencia.
jueves, 2 de marzo de 2017
La denuncia en Bakunin de la moral religiosa
Como
ya es sabido, para Bakunin la religión es un primer despertar del
hombre en forma de sinrazón; un primer destello de la verdad humana, de
la moralidad, de la justicia y del derecho, a través del velo divino de
la falsedad. Solo gracias a la liberación del yugo de la divinidad,
puede conquistarse la razón, la libertad y la auténtica justicia.
Bakunin identifica la religión con el absurdo, algo que hace que el
hombre se pierda manteniendo la mirada en lo divino, en lugar de en lo
humano. La moralidad, las ideas de justicia y del bien, tienen su origen
en la condición humana primaria, ya que el hombre atribuyó a Dios lo
que en realidad está fundado en su estadio animal. Si las diversas
escuelas idealistas, identifican la moralidad con el individuo aislado,
para Bakunin solo puede encontrarse en individuos asociados. El
individuo aislado, al igual que Dios, supone una ficción, atribuible a
la fantasía de los creyentes o a una razón infantil, que finalmente se
desarrolló y se dogmatizó gracias a teólogos y metafísicos. El autor de Dios y el Estado,
concluye que la falsedad de un alma inmortal está estrecha e
irracionalmente vinculada a la ficción de la moralidad individual, a la
aceptación absoluta de una moralidad divina y a la negación de la
moralidad humana. Dios habría escrito en cada corazón humano una ley
divina, lo que a la postre supone negar la posterior existencia social
del hombre. Bakunin identifica esta visión religiosa, incluso la más
sutil que han podido elaborar ciertos metafísicos, por considerar la
sociedad meramente como un medio de desarrollo de la moralidad divina y
no como una meta. Así, la verdadera meta es la salvación individual
ignorando a los demás individuos al hundirse cada hombre en la
contemplación del absurdo místico (en la subordinación a Dios).
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